¿Estamos condenados a repetir la historia familiar o podemos romperla por completo?
A propósito de la última novela de Vanessa de la Torre, una reflexión sobre el falso dilema de la rebeldía.
¿Estamos condenados a repetir la historia familiar o podemos romperla por completo?
A propósito de la última novela de Vanessa de la Torre, una reflexión sobre el falso dilema de la rebeldía.

René Magritte DÉCALCOMANIE, 1966
Hace unos días terminé de leer El olor del fin del mundo, la novela de Vanessa de la Torre. Una historia de amor ruda, intensa, atravesada por la pandemia. Pero mientras avanzaba entre sus páginas, me descubrí pensando un poco menos en el romance y más en mí misma. En cómo viví esos años. En lo que me aterraba y en lo que no. La novela me dejó con una pregunta que todavía no me abandona: ¿la vida consiste en repetir la historia que heredamos o en rebelarnos desesperadamente contra ella?
Lo que la pandemia reveló
Nunca tuve miedo a la muerte durante ese encierro. Lo que me perturbaba era otra cosa: la desigualdad abriéndose frente a nosotros como una grieta irreversible. Pensaba en los niños (as) que dejaron de aprender, en quienes no podían recluirse porque vivir al día no admite cuarentenas morales; en las diferencias obscenas entre quienes podían protegerse y quienes simplemente salían a sobrevivir.
Mi familia en Colombia vivía la crisis desde el miedo absoluto: desinfectaban todo, evitaban cruzar la puerta, seguían el libreto de la precaución. Yo, en cambio, salía. Me movía entre ollas comunitarias, talleres infantiles y actividades solidarias aquí en Santiago. Intentaba mitigar, aunque fuera un centímetro, la brecha que se estaba abriendo.
Éramos personas mirando el mismo acontecimiento y sintiendo cosas opuestas. No porque alguien estuviera en el error, sino porque cada biografía filtra la realidad de manera distinta. Lo que consideramos intolerable suele tener raíces mucho más antiguas que nuestro presente.
Ceder hasta desaparecer
A raíz de esta pregunta hablaba con un amigo que creció viendo a sus padres discutir permanentemente; recuerda haber pensado, desde su mirada de niño, que lo mejor que podían hacer era separarse. Para él, la conclusión fue evidente y temprana: el conflicto destruye. Entonces, de forma inconsciente, se grabó una promesa: nunca levantar la voz, no discutir, procurar ceder siempre y volcarse por completo a hacer feliz a su pareja.
Durante años, su estrategia pareció funcionar. Tuvo una relación estable, larga y aparentemente armónica. Hasta que apareció algo más difícil de detectar: una grieta silenciosa. No había peleas, pero tampoco verdad; no había conflicto, pero tampoco espacio real para existir plenamente.
Con los años, llegó una comprensión dolorosa: no era amado, no era realmente visto. Se había convertido en parte del paisaje. Un paisaje cordial y amable, lleno de cariño y compañerismo, pero donde faltaba el amor de fuego, ese impulso vital que nos diferencia de ser simplemente muy buenos amigos y nos convierte en una pareja. Y él no peleaba por recuperar ese espacio para su vida, simplemente porque no podía permitirse el riesgo de repetir la historia de sus padres.
Después de casi veinte años, la relación terminó. No por exceso de fricción, sino por la total ausencia de ella. El intento desesperado de escapar de un patrón terminó construyendo su propia trampa.
Mi propia historia
Yo crecí en un entorno restrictivo. Un mundo donde la libertad estaba vigilada, donde muchas veces había que mentir para poder vivir la vida, y donde el control aparecía disfrazado de protección. Allí aprendí una lección que marcó todo lo que vino después: vivir consiste en conquistar espacios.
Por eso, durante años, quise hacerlo todo. Viajar, explorar, expandirme, no dejar que nadie limitara mi experiencia del mundo. Ese impulso tiene algo profundamente vital: te empuja a descubrir y a tomar decisiones propias. Pero también cobra un costo silencioso.
Cuando toda limitación empieza a parecerse demasiado a aquello de lo que intentaste escapar, decir “no” se vuelve difícil. Poner límites empieza a sentirse sospechoso, como si cualquier renuncia fuera una pequeña derrota frente al pasado. Mi amigo y yo habíamos llegado al mismo vacío por caminos opuestos.
El falso dilema
La novela de De la Torre no resuelve su historia con una respuesta limpia. Y hace bien. La vida rara vez funciona en extremos tan simples.
Durante mucho tiempo pensé que existían solo dos posibilidades: repetir el pasado o destruirlo por completo. Como si la libertad consistiera únicamente en oponerse. Pero la madurez muestra algo más incómodo: incluso cuando creemos haber escapado, muchas veces seguimos orbitando alrededor del mismo centro. No repetimos la historia, pero tampoco logramos salir invictos de ella.
No todo lo heredado es una cadena, y no todo lo nuevo representa una liberación. Hay patrones que conviene romper, es cierto, pero hay otros que vale la pena comprender antes de desechar.
La verdadera ruptura no consiste en hacer exactamente lo opuesto a lo que vino antes para demostrar que somos libres. A veces consiste, simplemente, en elegir con conciencia qué batallas conservar y qué espacios podemos transformar.
메타데이터
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