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¿Dónde estoy yo cuando no hay nadie para mirarme?

Cuando no hay ojos que beban de mi forma ni oídos que rocen mi nombre, me pregunto si sigo siendo o si apenas quedo como un susurro sin…

Juan Álvarez in El Intersubjetivista · 2025-05-08 02:00 · 51 claps · 2.1 min read
#introspección #oscuridad #presencia #silencio #esencia
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¿Dónde estoy yo cuando no hay nadie para mirarme?

Cuando no hay ojos que beban de mi forma ni oídos que rocen mi nombre, me pregunto si sigo siendo o si apenas quedo como un susurro sin garganta. La sombra me pregunta por la luz, y la luz — ausente — se disuelve en la pregunta. ¿Cómo apago, entonces, la oscuridad?

Cierro los párpados y me vuelvo hacia adentro. Allí no hay espejos ni murales. Allí, donde la voz no necesita pronunciarse porque ya se entiende, la oscuridad no es carencia: es materia, es espera. No falta, simplemente aguarda.

Camino, casi sin aliento, por los corredores infinitos del pensamiento, esos espacios sin muros donde cada paso es una pregunta que se repliega en sí misma como una flor nocturna. No sé si avanzo hacia Dios, o si tan solo persigo el eco remoto de mi propia voz, resonando en las cámaras vacías del alma. Y me detengo, no porque llegue a algún lugar, sino porque la idea — una centella súbita — me toma por el borde del espíritu y me obliga a mirar hacia dentro.

Si algo es oscuro por falta de luz, me pregunto: ¿no será la luz, en su forma más pura, una manifestación secreta de la oscuridad revelándose a sí misma? ¿Y si lo luminoso no es su opuesto, sino lo expresado de lo invisible? Tal vez, no tengo que apagar la oscuridad, sino sentarme con ella como se sienta uno con un amigo que ha callado por años. Hay silencios que no significan ausencia, sino presencia contenida.

Como el fuego que no destruye al agua, sino que en su ardor la transforma en vapor. Como el agua que no apaga al fuego, sino que lo obliga a mutar. Así también, la oscuridad y la luz no se vencen: dialogan. Conversan en un lenguaje que antecede a la vista. Un lenguaje hecho de equivalencias sutiles, de danzas eternas donde ambos se inclinan ante el otro sin perderse.

Me pregunto: ¿quién soy cuando nadie me recuerda? Y el silencio — ese anciano que nunca interrumpe — me muestra su bastón hecho de tiempo. Comprendo entonces que no estoy en el ojo que me mira, sino en el acto mismo de mirar, aunque no haya objeto. Yo soy el mirar que se contempla, incluso en la ceguera.

Soy como el perfume que existe aunque no haya nariz que lo descubra. Como el sabor que reposa en la fruta, aún sin boca que lo pruebe. Soy persistencia sin testigo. No estoy aquí para ser visto, sino para ser, simplemente porque soy.

Y así lo entiendo: apagar la oscuridad no es encender la luz, sino dejar de temerle. Es entrar en ella sin lámparas, con los ojos abiertos del alma, y ver — con la ceguera del corazón — que la oscuridad no es enemiga, sino morada. Apagarla es rendirse a su abrazo sin disolverse, sabiendo que entre lo oculto y lo revelado no hay distancia, sino ritmo.

¿Dónde estoy cuando no hay nadie para mirarme? Estoy en mí. No como figura, sino como fuente. No como eco, sino como voz antes del sonido. Estoy en el temblor que precede a la palabra, en la promesa que aún no se pronuncia. Estoy, porque el ser no depende de ser percibido, sino de la voluntad de sostenerse, incluso en el olvido.

Y así, aunque no me nombren, me pertenezco.


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