Una carta que empieza con distancia y termina con gracias
Hoy viví una despedida. Pero esta vez no fui yo la que se fue. Fui la que se quedó.
Una carta que empieza con distancia y termina con gracias
Hoy viví una despedida. Pero esta vez no fui yo la que se fue.
Fui la que se quedó.
Sentí mil cosas: angustia, nostalgia, alivio, apego, desapego, vértigo. Todas emociones que, en algún punto, se parecen al miedo. Pero la peor sensación me invadió cuando vi pasar el bus que se llevaba a mis (ya ex) convivientes a su nuevo destino. Me quedé en el balcón, esperándolo. Y en cuanto pasó, me vi en otro balcón, en otro tiempo.
No era yo la que miraba. Era mi mamá. Allá en el segundo piso del departamento de la calle Río Gallegos, en Neuquén. Ella miraba pasar el avión. Yo me iba. Y hoy, por primera vez, entendí desde otro lugar lo que puede haber sentido. Se me estrujó el alma.
La extrañé con una intensidad que no se explica. Lloré en el acto. Como lloro ahora, mientras escribo esto. El tiempo es tan efímero. Y nunca sabemos cuánto nos queda acá, en esta tierra, en este plano. Ni cuánto les queda a los otros.
Y volvió el miedo.
Me pregunté de nuevo: ¿Qué estoy haciendo acá? ¿Qué sentido tiene todo esto si me estoy perdiendo la diaria con mi gente?
Las ganas de aventuras siguen vivas. Pero también el deseo de un mate dulce con mi mamá. Las charlas de nada. Las risas de todo.
Y eso que la tengo. La tengo cerca en el corazón y viva en el cuerpo. Pero no en lo cotidiano.
Desde ese balcón entendí, por un momento, lo que esa mujer que me trajo al mundo habrá sentido tantas veces. Porque la que siempre se fue — y se va — soy yo. La primera de sus cuatro hijos. La que conoció antes que a nadie.
Pensé en esos pocos días que compartimos cada año. Días que exprimimos con charlas, peleas, risas, paseos, silencios. Todo junto. Todo en poco tiempo.
Qué dura es la distancia. Qué compleja se vuelve la vida cuando una es consciente de sus elecciones. Cuando cumple sueños, pero a veces se pregunta si el precio no es demasiado alto.
Las mamás siempre duelen. Porque son raíz y alas al mismo tiempo.
Todo en ellas es sembrar, regar, ver crecer y dejar ser. Y yo tengo la suerte inmensa de que la mía me dejó ser. Me dio espacio, me acompañó de lejos, me sostuvo desde el silencio. Me dio permiso, aunque no lo pidiera.
Gracias, ma. Por ser. Por estar. Por mirarme sin retenerme. Te amo.

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