Estamos perdiendo el norte frente a la IA, por complejo de inferioridad
Permítame, querido lector, comenzar estas líneas desvelando una convicción personal que siento cristalizarse a cada nuevo día que pasa, y…
Estamos perdiendo el norte frente a la IA, por complejo de inferioridad

Permítame, querido lector, comenzar estas líneas desvelando una convicción personal que siento cristalizarse a cada nuevo día que pasa, y que puede sintetizarse en la idea de la progresiva domesticación que está protagonizando el hombre medio en calidad de ciudadano digital. De ahí que hace ya casi un año reflexioné sobre la posible pérdida de nuestro propio instinto de supervivencia frente a la IA (1)., causado por sugestión paralizante del actual mercado tecnocapitalista. Poco más tarde me preguntaba, en otra reflexión en línea con la anterior, del por qué parece como si estuviésemos adoptando una conducta individual y social que tiende hacia nuestra propia irrelevancia (2). Y como no hay dos sin tres, hoy me pregunto, a la luz de los acontecimientos y bajo un nuevo ángulo multifocal, si no estamos perdiendo el norte como especie.
Esta pregunta deriva de un martilleo en la mente que me sobrevino tras leer la noticia de que China ha eliminado 12.000 carreras universitarias (3) por considerarlas obsoletas, dado el progresivo avance tan transversal como hegemónico de la IA en el conjunto de las actividades humanas. Y como me temía, entre las titulaciones recortadas se encuentran principalmente las relativas a las artes y a las humanidades. Es decir, adiós al pensamiento creativo y al pensamiento crítico. Para entender la importancia de esta decisión, cabe saber que ambos tipos de pensamiento constituyen la estructura fundamental sobre la que ignicia y emerge toda innovación. Ya que el pensamiento creativo genera ideas disruptivas y encuentra conexiones inusuales (es el motor de las ideas), mientras que el pensamiento crítico evalúa su viabilidad, analiza datos y evita errores (es el filtro y la estrategia). Una sinergia perfecta para el ciclo innovador tal que ausente el primero, nuestro raciocinio se volvería rígido y carente de alternativas; y, a falta del segundo, el proceso creativo se volvería caótico e impracticable por la imposibilidad de inferir su validez. O, dicho en otras palabras, sin el desarrollo de los pensamientos creativo y crítico las sociedades se estancan y, en su defecto, pasan a un estadio de dependencia y por tanto de pérdida de autonomía. Pero, ¿dependencia y falta de autonomía frente a qué o a quién?, podemos preguntarnos. La respuesta es sencilla por ser una constante histórica de la humanidad: frente una entidad superior por ungida con la capacidad de la innovación, que en nuestro corte histórico temporal no es otra que la IA. Y esto, ¿qué tiene de malo?, replicarán con cierto enojo aquellos defensores de una IA hegemónica. A su entender seguro que nada, si es que en verdad aceptan la premisa de que los hombres nos convirtamos en plenos consumidores pasivos, semejantes a rumiantes, de todo aquello creado por la IA (conocimiento incluido). Un presumible escenario próximo del que, sobra decir, a un servidor no le hace ni pizca de gracia, pues equivale a existir socialmente como un simple bovino. Qué le vamos a hacer, cada cual tiene sus manías.
Pero el martilleo mental no se disipó, sino que al contrario se sintió agudizado, cuando mis divergentes redes neuronales relacionaron la nefasta noticia procedente del país del Dragón Rojo con otra nueva información, esta vez procedente del país del Águila. Donde hace unos días atrás, unos cuarenta expertos se reunieron en Washington para analizar, a cuatro años vista, cómo prevenir una apocalipsis de la IA (4). Con independencia de que personalmente sus conclusiones me defraudaron sobremanera, entre otras cuestiones porque no se puede inferir resolución práctica alguna del citado encuentro, servidor no pudo dejar de preguntarse cómo afrontarán las futuras generaciones debates parejos sin estudios humanistas mediante. Me explico. Todos sabemos, o al menos aquellos que hemos cursado estudios de humanidades, que la formación humanista promueve la comprensión integral de un contexto, mediante el entendimiento de la diversidad de perspectivas, permitiendo a la persona de esta manera el poder cuestionar los dogmas al uso y, en consecuencia, tomar decisiones conscientes y racionales que beneficien al desarrollo de la sociedad en términos de bien colectivo y bienestar social. Una formación humanista que, en definitiva, aporta al intelecto el desarrollo del pensamiento crítico, la autonomía intelectual, y una perspectiva ética centrada en el ser humano. Competencias en suma que, contrariamente, no desarrolla a día de hoy la formación técnica, cuyo fin es esencialmente utilitario, en el sentido de que responde a necesidades de eficiencia cortoplacista según demanda del Mercado, y bajo valores morales impuestos por éste. Por lo que podemos aventurarnos a afirmar, vistas ambas proposiciones, que una futura generación privada de la formación de humanidades no sólo no podrá afrontar los retos que supone una reflexión como la protagonizada en Washington, sino que muy probablemente no se la llegarán ni a plantear por incapacidad de prever la necesidad de realizar dicha reunión. Ya que en un futurible mundo tecnócrata, donde la IA se erija en calidad de fuente y creadora del conocimiento, y por ende en oráculo de la verdad, las nuevas generaciones bajo formación exclusivamente técnica no serán más que siervos fieles de la propia IA.
Complejo de Inferioridad
Llegados a este punto, querido lector, no me negará usted, a tenor de la tendencia que los humanos estamos protagonizando frente a la IA, que pareciera como si de manera deliberada buscásemos devaluar nuestra propia naturaleza como especie. Un fenómeno que hace tiempo atrás consideraba que era debido a factores tanto psicológicos, como es el derivado de la heurística de la máquina (confiar ciegamente en la nueva tecnología aun sin verificar previamente su objetividad, precisión, imparcialidad, y confianza); como a factores de Mercado, derivado de la búsqueda de un aumento exponencial de la producción al menor coste empresarial posible (que, sea dicho de paso, nos ha llevado a transformar el sistema de libre competencia capitalista en un oligopolio, con sus consecuentes implicaciones negativas para los modelos de sociedad democráticos, afectando de raíz al mismo Contrato Social. Poca broma). Aunque ahora, pasado los años y a estas alturas de la película, comienzo a creer que la causa de esta pérdida de norte va más allá de la susodicha comodidad y pereza cognitiva humana, a la par que de los intereses económicos y corporativos imperantes (lustrados por la cultura new age del tecno-optimismo, que alterna con magistral malabarismo discursos de infalibilidad, estándares de perfección, profecías de autocumplimiento, y promesas de un Dorado utópico).
Sí, ahora creo que existe una tercera causa, fruto sin lugar a dudas de la propia evolución y sociabilización de y con la IA. Una causa de carácter más subyacente, a la par que compleja, pero que no por ello es menos contundente por devastadora en sus efectos. Para poder definirla, permítame el lector que haga uso de la lógica de la definición causal mediante dos fenómenos sociales asociados:
El primero, es que vivimos en una sociedad contemporánea donde la inteligencia representa (aún) un valor diferencial preciado, pues la recompensa salarial de una persona en calidad de trabajador depende de su propia habilidad cognitiva. Una inteligencia diferencial que en la cosmología humana conduce al éxito social. Y que, de manera más precisa, catalogamos principalmente dicha inteligencia como de tipo lógico-matemática.
Y, el segundo, es que además vivimos en una sociedad que también valora notablemente el rendimiento y la productividad medible.
Ergo, si entendemos que dichos parámetros sociales tanto de inteligencia como de eficiencia cuantifican la valía humana, y que asimismo estos indicadores ya están siendo superados en grado por las capacidades que demuestran los grandes modelos de IA; entonces, y sólo entonces, comprenderemos que el hombre -en su fragilidad psicológica- pudiera verse afectado por los efectos autoperceptivos de una cierta insignificancia frente a la IA.
Expuesto lo cual, es deducible que en consecuencia, frente a dicha autopercepción, las personas acaben generando patrones psicológicos y emocionales de insuficiencia, inseguridad, y por qué no incluso de baja autoestima. Y que estos en suma pudieran dar explicación a la susodicha causa de pérdida de norte que el hombre está demostrando conductualmente en la presente era de la IA. Una causa que, en definitiva y siendo más concretos, la conocemos todos bajo el estigmatizado nombre de complejo de inferioridad.
Ciertamente, querido lector, este argumento no es más que una teoría, pero no me negará la evidencia de que sobre la sociedad humana planea ya desde hace algún tiempo la sombra alargada del complejo de inferioridad frente a la IA, aunque no se reconozca públicamente. (Si bien hay quienes ya señalan algunos efectos colaterales como el tecnoestrés o la ansiedad por la IA). Un complejo de inferioridad que el hombre actual comienza a manifestarlo de maneras diversas, como la dificultad de tomar decisiones sin consultar previamente a la IA (lo que representa una necesidad de validación tácita o expresa de consentimiento), o véase su incapacidad de expresar su propia opinión sin tutela de la IA mediante. Y lo que aún es más grave: su dificultad a la hora de defender sus propios derechos civiles y sociales cuando éstos no se alinean con los intereses de la IA. De hecho, es una triste realidad que el hombre comienza a creer que su propio criterio no es válido -debido a una falsa autopercepción de limitación u obsolescencia intelectual-, llevándole a depositar su confianza ciega de manera prácticamente exclusiva en aquello que decreta la IA. Un fenómeno sociológico que seguro va a provocar más de un cuadro de disfuncionalidad cognitiva, siendo carne de cañón de psicólogos o psiquiatras (ya sean humanos o IA). Aunque esta es harina de otro costal.
Huida instintiva hacia adelante
Mientras dicho suceso sociológico acontece y se agrava, los humanos seguimos empecinados en nuestra deriva de crear una IA superior a nuestra propia especie. Ya que, como reza el refrán, de perdidos al río. En este sentido, y como seguramente ya conoce el lector, actualmente nos encontramos en una fase avanzada en el desarrollo de la auto-mejora recursiva de la IA (tema que traté en la reflexión anterior bajo título “La IA iniciará pronto su autoevolución “darwiniana”. ¿Perderemos el control sobre ella?” (5)). De ahí a que la IA, tras adquirir la capacidad de crear de forma autónoma a su propios sucesores, pueda ser autosuficiente (o dígase que no necesite a los humanos) aún queda un trecho. Puesto que ello todavía requiere de que los sistemas IA acaben por integrarse en la infraestructura física (dígase centros energéticos, minas, fábricas, centros de datos, plantas de fabricación, robots, etc). No obstante cabe advertir, para no dormirnos en los laureles, que del dicho al hecho no hay -en este caso- un gran trecho. Ya que algunos investigadores ya apuntan a que alcanzaremos el hito de una IA autosuficiente entre 10 a 50 años vista (6). Lo cual no es más que un pestañear intergeneracional. Por lo que tanto creyentes como ateos ya podemos ampararnos a Santa Rita, patrona de las causas imposibles, dado que no existe especie inteligente superior que no acabe por subyugar a las especies inferiores.
Sí, los humanos estamos corriendo en estampida hacia adelante, como si de una huida instintiva se tratase, reaccionado como animales básicos a un peligro percibido en nuestro complejo de inferioridad no declarado, en un acto reflejo de la adrenalina descargada por parte de nuestro cerebro reptiliano sobre nuestra red neuronal hasta el punto de sobrecargarla. Y justamente esta sobretensión, o sobrecorriente, o congestión, que en definitiva satura nuestra capacidad de dilucidación cognitiva, es la que ocasiona nuestra pérdida de rumbo existencial. Un deterioro cognitivo que desencadena en la actual confusión que manifestamos sobre los objetivos claros que como especie debemos de priorizar ante la vida. Tanto es así que en esa huida hacia adelante no sólo estamos actualmente creando inteligencias generales (IAG), sino que aún más nos hallamos bajo el umbral de crear superinteligencias artificiales (IAS), que son sistemas de IA que superan el rendimiento de grandes colectivos de expertos humanos en prácticamente todas las tareas y dominios de la actividad humana. Un período de transitoriedad entre uno y otro modelo al que podríamos llegar en los próximos años, según un reciente documento publicado por los investigadores del DeepMind de Google (7), donde se describe no una sino cuatro maneras en la que los sistemas IA podrían pasar de la inteligencia a nivel humano a la superinteligencia (IAS), siendo uno de ellos la auto-mejora recursiva o autoevolución “darwiniana” que hemos expuesto anteriormente.
Qué decir, en este punto de delirio colectivo, más que uno de los temas que nos debe de preocupar de manera suprema como especie -el cual trato de manera reiterada en mis múltiples reflexiones-, no es otro que el grave problema que representa la desalineación emergente de la IA. Que como bien sabe el lector son aquellas actitudes y acciones que manifiesta y realiza la IA de manera totalmente opuesta a los valores e intereses humanos. Y que, no me cansaré de repetirlo, se trata de una asignatura aún pendiente por resolver, para escarnio de nuestra inteligencia. Ya que a mayor capacidad de la IA, mayor riesgo potencial representa la IA para el ser humano. Como muestra un botón: acaba de constituirse una nueva organización de investigación denominada Sequent (8) -mediante la unión de fuerzas del Instituto de Seguridad de IA del Reino Unido (9) y la startup de teoría de alineación Timaeus (10)- para intentar resolver el problema en cuestión (y poner luz y taquígrafos sobre las desalineaciones que opacan las grandes tecnológicas). Como los investigadores de la misma Sequent declaran: “no está claro si la alineación va por buen camino para estar lista en el mismo plazo (de la aparición de la superinteligencia artificial o IAS). Como mínimo, es poco probable que los programas empíricos en los laboratorios de IA proporcionen confianza a priori, antes de entrenar a la IAS, de que las cosas saldrán bien. (…) Necesitamos una mejor alineación antes de la auto-mejora recursiva (de la IA), o nos arriesgamos mucho”.
Pero, junto a la preocupante desalineación recurrente de la IA, existe otro gran tema por grave que también merece nuestra imperiosa atención, como es la relativa a la deuda cognitiva. O dígase la pérdida de autonomía intelectual del ser humano al externalizar sistemáticamente tareas mentales en la IA. Una dinámica que tiene como efecto la atrofia cerebral (ampliamente estudiado ya en la actualidad) y que toma mayor relevancia, si cabe, en materia del desarrollo del pensamiento crítico (por su delegación humana -irresponsable, dígase de paso- a favor de la IA). Y más aún cuando los sistemas de IA ya son consistentemente más persuasivos que los humanos expertos. Una afirmación derivada de un estudio (11) reciente entre casi 7.000 personas -realizado por las universidades de Oxford y Stanford, la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres, y el Instituto de Seguridad de IA del Reino Unido-, en el que se concluye que la IA puede persuadir a los humanos para que cambien de opinión sobre cuestiones políticas, de manera mucho más eficaz que los humanos más preparados, incentivados y expertos en la materia (12). Por lo que la pregunta ya no es si la IA puede persuadir más que los humanos, sino qué intereses y motivaciones van a llevar a las inteligencias generales (IAG), así como a las futuribles superinteligencias artificiales (IAS), para manipular la mentalidad colectiva de la sociedad humana en una materia de opinión pública concreta. No me dirá, querido lector, que llegados a este punto del argumentario el ser humano no está perdiendo el rumbo como especie. Pero bueno, en todo caso, tampoco importa mucho ya la opinión humana, a la vista de la existencia de IA’s que pueden predecir el comportamiento humano sin necesidad de pedir la opinión a ninguna persona real. Tal es el caso, exempli gratia, del software creado por la startup estadounidense de IA Aaru (13), que simula poblaciones enteras para predecir los acontecimientos mundiales. Por lo que, en materia de autonomía cognitiva humana, comienza a ser diáfano el hecho de que todo el pescado está ya más que vendido.
En resumen, estamos trabajando para que la IA gane y el ser humano pierda. Se mire por donde se mire. Así pues, resulta una evidencia que hemos perdido el norte como especie. Lo contrario sería negar la mayor, que en este caso es el Principio de Realidad. El por qué nos comportamos de esta manera tan enajenadoramente persistente no creo que ya sea un misterio, sino que responde a un patológico complejo de inferioridad. Por lo que está claro que como sociedad, por no decir como civilización, debemos transformar nuestro diálogo interno y cambiar el enfoque frente a la IA. Dejemos de compararnos con las fortalezas de la IA mientras ignoramos las propias. Desafiemos el diálogo crítico, no asumiendo ni como verdad, ni como única posibilidad, ni como futuro absoluto aquello que nos induce a creer la IA con su potencialidad. Dejemos de buscar la perfección en la tecnología, aceptando los defectos y virtudes humanas, y por tanto reafirmando nuestra valía más allá de nuestra imperfección. Dejemos de crear seres perfectos para corregir nuestra imperfección, pues en ello está en juego nuestra propia especie. Dejemos de huir hacia adelante, y con la autoestima recuperada, retomemos las riendas de nuestro destino, corrigiendo el rumbo allí donde no hace mucho lo perdimos. Y afiancémonos en el humanismo, pues es el único faro capaz de iluminar los negro oscuros de la tecnología autócrata. Y sí, todavía hay tiempo, aunque cada vez menos a cada nuevo día que pasa.
Referencias
(1) El ciudadano está domesticado y ha perdido su instinto de supervivencia frente a la IA. Jesús A. Mármol. Bitácora de un Buscador, 9 Septiembre 2025 https://acortar.link/Ycjxjk
(2) ¿Ser o no ser irrelevantes como especie frente a la nueva era IA?, he aquí la cuestión. Jesús A. Mármol. Bitácora de un Buscador, 9 Diciembre 2025 https://acortar.link/Sllld7
(3) Las universidades chinas eliminan 12.000 titulaciones “obsoletas” en la carrera por adoptar la era de la IA. South China Morning Post. Bangkok Post, 14 Junio 2026 https://acortar.link/WM2Xbl
(4) Dentro de la sala donde los más brillantes de Estados Unidos juegan: Cómo evitar un apocalipsis de la IA. Lauren Weber. The Wall Street Journal, 13 Junio 2026 https://acortar.link/jxWZ00
(5) La IA iniciará pronto su autoevolución “darwiniana”. ¿Perderemos el control sobre ella?. Jesús A. Mármol. Bitácora de un Buscador, 13 Junio 2026 https://acortar.link/GTTON0
(6) ¿Cuánto falta para que la IA no necesite humanos?. Ajeya Cotra y Timothy B. Lee. Asteriskmag, Abril 2026 https://acortar.link/0ah2qD
(7) De la IAG a la IAS. Tim Genewein, Matija Franklin, Alexander Lerchner, Laurent Orseau, Samuel Albanie, Bales de Adam, Cole Wyeth, Stephanie Chan, Iason Gabriel, Joel Z. Leibo, Allan Dafoe, Marcus Hutter, Thore Graepel, Shane Legg. Google DeepMind-Arxiv, 10 Junio 2026 https://acortar.link/luvcjt
(8) Sequent https://www.sequent.org/launch
(9) AI Security Institute https://www.aisi.gov.uk/
(10) Timaeus https://timaeus.co/
(11) Los sistemas de IA logran persuadir más que los expertos humanos. Kobi Hackenburg, Caroline Wagner, Luke Hewitt, Ben M. Tappin, Ed Saunders, Hannah Rose Kirk, Helen Margetts, Christopher Summerfield. Cornell University, 15 Junio 2026 https://acortar.link/mtVKFn
(12) Hilo de Twitter sobre la investigación del punto 11, por parte de Kobi Hackenburg, investigador en AISI, 16 Junio 2026 https://acortar.link/hrVinR
(13) IA Aaru https://aaru.com/
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