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Estación Belgrado

— Esta es la Estación Belgrado, y estamos al aire, yo soy Aura Laine.

IG García · 2026-06-14 18:19 · 0 claps · 6.9 min read
#radio #relato #relato-corto #cuento #literatura
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Wiki topics: 🎵 · Music & Audio

Estación Belgrado

— Esta es la Estación Belgrado, y estamos al aire, yo soy Aura Laine.

Esta es la última. La última vez que el led rojo me mira como un ojo ciego y hambriento. La última vez que el silencio entre canción y canción es mío. Solo mío.

Me dijeron que no. Que era demasiado. Que la línea se había cruzado. Como si las líneas no estuvieran para eso. Para cruzarlas. O borrarlas.

Ellos bajaron la cabeza. Sus largas melenas. Como animales bajo la lluvia. Asustados, electrificados, mojados.

Y se marcharon: Uno a uno. Sin hacer ruido. El ruido ya lo poníamos nosotros, aquí, en el estudio. Nosotros poníamos el ruido para que ellos no tuvieran que oír el suyo. El ruido de afuera. El de verdad.

Y ahora… Ahora es mi turno, de hacer mi ruido. El último.

Han trazado una línea, no con tiza. Con un email del departamento de recursos humanos. Una línea verde en el suelo del pasillo. Que va de la puerta de mi estudio, hacia afuera y luego a la cantina, y luego hacia el bosque, hacia la luz del sol de medianoche. Luz que hoy no brilla, que hoy es gris plomo. Como el metal de esta consola. Como sus caras.

Aquí hay una línea verde que marca el camino. El camino del buen colaborador. El que no se pasa. El que no dice que esto es una puta guerra. Y que callar es ponerse del lado de los que aprietan el gatillo.

Yo me quedo del otro lado de la línea.

Aquí estoy. En el albergue de los animales salvajes. Sola.

Les platico: ellos están allí. Al otro lado del cristal, al otro lado de este micrófono. Mirándome. Como se mira a un animal raro, como en el zoo. Pensando cuándo le daremos de comer. O cuándo lo sacrificaremos.

Son mis hermanos. Mis hermanos de ondas. De madrugadas, de rock alrededor del reloj, de café malo y diez mil cigarrillos.

Ahora son vasijas. Vasijas de la clase de cerámica. Quemadas y duras. Puestas en el estante de los que no se manchan. De los que no eligen un bando para no estropear el jarrón.

La rueda de alfarero de cuando empezamos, está rota, alguien la pateó. Y siguió caminando. Sin mirar atrás.

Querido auditorio, les dejaré un buen disco de tarea. The Rapture. Whoo! Alright-Yeah… Uh Huh. Es un buen disco que suena a fiesta, que suena a final, que suena a lo que ellos quieren oír. Música para no pensar, para no oír el otro ruido. El que viene de lejos. El de los aviones de combate.

Les miro, y sonríen. Pequeñas sonrisas tensas, cariadas. De odio al dentista. De aquí no ha pasado nada. De sálvese quien no pueda.

Les cuento lo que veo desde la cabina, tras el cristal:

Uno evita mi mirada. Juega con el Tamagotchi digital que siempre tiene en el bolsillo. Un pitido agudo. Tic tac. Como un latido. Una notificación. Tic tac. Luego otra. Como una cuenta atrás. Lo esconde, como escondió su opinión. Como escondió su dignidad en un cajón. Como los que se quejaron cuando quitaron las galletas, de la cafetería de los empleados.

Regresaron las galletas gratis. Batalla ganada. Otra vez callados. Buenos chicos y chicas.

Se terminaron el plato. Se terminó la hora de recreo.

Y yo los miro desde aquí. Desde mi jaula de cristal y aluminio.

El micrófono milagrosamente sigue funcionando. La luz roja parpadea. Una vez. Como dudando. Como avergonzada.

Sigo al aire. Respiro.

Esto no es una despedida. Esto no es un ajuste de cuentas. Esto es una factura que se paga con la última palabra. Que es mía.

Les miro a través del cristal. Y hablo. Directo al mic, a la nada. A ustedes que quizá, en algún coche, o en casa afuera en el porche, mirando la noche, con la radio puesta, sí quieran oír.

Estamos en Estación Belgrado, yo soy Aura Laine, y esta es mi última transmisión.

Me han despedido. Por decir lo que veo. Por nombrar lo que nombran las voces de la periferia. Pero con otra música de fondo.

Por decir Palestina. Y decir ocupación. Y decir genocidio. Y decir basta.

Por decir francotiradores israelíes derribando niños y mujeres hambrientos por un mendrugo.

Eso molesta. Molesta más que un guitarrazo mal afinado. Más que un feedback. Molesta como molesta la verdad. Cuando te pilla en medio. Sin disfraz.

Y ustedes. Los que están ahí. Al otro lado del cristal: Mis hermanos. Los de la cerámica cara, quemada.

Ustedes lo sabían, y agacharon la cabeza. Y se marcharon. A poner otra canción, a subir el volumen. Para no oírme. Para no oírse.

Son el rock and roll. El rock and roll del que no protesta. El que no se mancha. El que toca Escalera al cielo para un presidente cool y su esposa trans. Donde sea, contra todo, contra nada.

Hicieron alboroto, y pusieron rock.

Bravo.

Aprieto el botón y el led rojo se apaga para siempre. El silencio que queda no es del estudio, es el silencio de un ataúd recién cerrado. Me quito los auriculares y el mundo se vuelve sordo, opaco. El leve zumbido de los aparatos es lo único que late aquí dentro. Ya está. Se acabó. Me levanto y mis huesos crujen como si llevara años sentada. Camino hacia la puerta y nadie viene a decirme adiós. Ni a putearme. Nada. Solo me observan desde sus puestos, como ciervos paralizados por los faros de un camión. Abro la puerta y piso el pasillo. La línea verde. La sigo. No por obediencia, sino para ver a dónde conduce de verdad.

No conduce a ninguna parte. Solo a la salida de emergencia. Pero entonces oigo pasos detrás de mí. Rápidos, fuertes, enfadados. Es Henrik, el director. Su traje chic parece gritar en este pasillo lleno de cables y posters de bandas. — Laine. Esto ha sido una mierda. ¿Destruyendo lo poco que te quedaba? Se para frente a mí. Huele a colonia barata y a desprecio. Sigo avanzando sin detenerme hacia la salida. — No he destruido nada. Solo he dicho en voz alta lo que todos susurran y tú Henrik, no me lo pagas. — Te di una oportunidad. Podías haber ido tranquila. Lo aparto con un golpe seco de antebrazo y empujo la puerta de emergencia. La alarma no suena. Desconectada, como todo aquí. Él alarga el brazo, pero la puerta se cierra de un golpe. Su voz se ahoga tras el metal. Un último sonido sordo, lo absorbe la noche helada de Helsinki. El aire corta como un cuchillo. Bueno, mejor que el aire acondicionado del estudio. Camino por las calles húmedas que reflejan las luces de los bares como manchas de aceite. Pongo las manos en los bolsillos de mi chaqueta de cuero, noto las llaves del coche, y enfilo hacia el aparcamiento.

Miro las ventanas iluminadas de la gente. Gente cenando, viendo la tele, discutiendo, follando. Gente normal. Yo nunca fui normal. Desde el primer día en la Belgrado supe que era un sitio de perdedores gloriosos. Éramos raros, sí, pero éramos una familia. O eso creía. Recuerdo cuando empecé. Jari, el de sonido, me enseñó a modular la voz. “No hables así, Aura, como si estuvieras en un funeral. Aquí vendemos energía, vendemos rabia, vendemos escape”. Y yo le hacía caso. Y funcionaba. Luego vino Mikko, el productor. Un tipo listo. Demasiado listo. Siempre con su sonrisa de mapache. Él fue el primero en decirme que me calmara. “Aura, esto es una radio, no es la ONU. La gente quiere música, no lecciones de moral”. Eso fue hace tres meses. Cuando empecé a mencionar Gaza en las pausas. No eran discursos. Eran solo palabras. Como poner una canción triste en mitad de la fiesta. Algo que no cuadra. Algo que jode el ambiente.

Y luego está Saara. La otra locutora. Mi amiga. O eso pensaba. Fuimos a festivales juntas, nos emborrachamos mil veces, lloramos por los mismos hombres inútiles. La semana pasada me dijo: “Aura, ¿no te das cuenta de que te usan? Ellos te provocan para que te excedas y así tener la excusa para echarte”. Y yo le dije: “Tu puesto no peligra. ¿Tú qué harías si te echaran?”. Ella bajó la mirada. Bebió un trago de vodka. “No puedo perder este trabajo, Aura. Tengo una hipoteca”. Esa fue su línea verde. La hipoteca. Más dura que la cerámica. Más quemada.

Llego a mi coche. Un Volkswagen viejo pero que arranca siempre. Me meto dentro y cierro la puerta. El silencio aquí es diferente. Es mío. Enciendo la radio. No la Belgrado. Otra. Suena una canción de Nick Cave. Into My Arms. La ironía es perfecta. Como un puñetazo en el estómago. Apago la radio. Prefiero el runrún del motor. Pongo primera y conduzco sin rumbo. Sin prisa. Por la ciudad vacía.

Ahora recuerdo mi última lista. La puse con rabia. Con cuidado. Canciones que eran balas. PJ Harvey, The Words That Maketh Murder. Iggy Pop: Search and Destroy. Y para el final, para mí, The Mercy Seat de Cave, pero en la versión de Cash. Porque todos tenemos nuestro patíbulo particular. El mío era de madera de pino y tenía un micrófono.

Conduzco hacia el este. Hacia donde la ciudad se acaba y empieza el bosque. Mañana mismo me iré. Meteré la tienda de campaña, el saco, un bloque de notas y varias plumas en el maletero, lo que haya en la nevera. Sacaré mis pocos ahorros del banco. Y me iré. No sé por cuánto tiempo. Los días que hagan falta. Para escribir. Para gritar en silencio. Para encontrar eso que siempre supe que estaba allí, esperándome como una verdad incómoda.

Pienso: conduciré hacia la frontera con Rusia. Y pienso en el oso. Siempre el oso. Esa noticia que salió hace semanas. Un oso pardo visto cerca de Vantaa. Algo fuera de lugar. Algo salvaje que no debería estar allí, pero que está. Como yo. Como mi rabia. El oso no pide permiso. No traza líneas verdes. Solo camina. El oso acaricia, y al hacerlo destaza. Y en el bosque, bajo los pinos, suenan los álbumes oscuros de la naturaleza. Esos que no necesitan guitarra eléctrica. Solo el viento. El crujir de una rama. El aullido de algo que ya no está.

Llego a casa. Un apartamento pequeño lleno de libros y discos. Mañana lo dejaré aquí todo. Solo cogeré lo imprescindible, y me iré a buscar a mi oso interior. O a que me encuentre él a mí. Lo que ocurra primero.


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