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El Golem de Borges y la Mística Judía

La palabra golem aparece por primera vez en el Tanaj, en el Salmo 139:16, “mi gólem vieron tus ojos”. Allí significa “mi ser informe”…

Mnemosine · 2025-11-26 04:04 · 153 claps · 3.1 min read
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El Golem de Borges y la Mística Judía

La palabra golem aparece por primera vez en el Tanaj, en el Salmo 139:16, “mi gólem vieron tus ojos”. Allí significa “mi ser informe”, “masa no terminada”. En su sentido más antiguo, el golem representa una criatura potencial, sin conciencia propia, un símbolo del ser humano antes de ser concluido, antes de recibir la chispa que lo conecta con Di-s. Representa la existencia latente, la estructura sin espíritu, la arcilla sin aliento.

El Talmud retoma y amplifica ese sentido primario. En Sanedrín 38b afirma que Adán mismo fue un golem antes de recibir el alma; una figura incapaz de hablar, sin vida interior. En Sanedrín 65b, aparece la primera narración rabínica de un golem creado por un ser humano: Rava, usando las permutaciones del Sefer Yetzirá, genera un “hombre” de arcilla y lo envía ante Rabí Zeira. La criatura no puede hablar. Zeira declara: “Vuelve a tu polvo”, y el ser se deshace. Para los sabios del Talmud, este detalle es fundamental: el lenguaje es la frontera entre la criatura y el ser humano, y entre el ser humano y D-os. El golem no puede hablar, no puede responder, no tiene ruaj (espíritu), ni neshamá (aliento/conciencia divina).

Esta tradición mística se profundiza siglos después con los jasidim alemanes (siglos XII–XIII), quienes describieron procedimientos ascéticos para “formar” un golem mediante el Nombre de Di-s. En la Cábala medieval y en sus leyendas tardías, como la del famoso Golem de Praga creado por el Maharal, Rabí Yehuda Loew ben Bezalel, el acto de crear un golem deja de ser una especulación filosófica y se convierte en un símbolo de las posibilidades y límites del poder espiritual humano.

En todas estas versiones hay un hilo común: la criatura artificial revela el límite entre la imitación humana y la creación divina. Di-s, en la mística judía, crea el mundo por medio del lenguaje. La Torá lo describe en su forma más simple y grandiosa:

“Y dijo D-os: Sea la luz. Y hubo luz.”

La palabra divina no es sonido: es dabar דָּבָר , un término que significa simultáneamente palabra, acto, evento, realidad. En este sentido, D-os crea al pronunciar, y lo pronunciado se vuelve ser. En dabar, la palabra es la acción.

El Sefer Yetzirá, uno de los textos más antiguos de la mística judía, probablemente entre los siglos III y VI, formula esta intuición en un lenguaje casi matemático. El Sefer Yetzir afirma que Dios creó el universo mediante treinta y dos sendas de sabiduría, articuladas en Sefer(letras), Sofar (medida) y Sippur (palabra). Juntos, estos tres “libros” (Sefarim) describen un proceso metafísico: voluntad, estructura, manifestación.

Las letras hebreas son fuerzas cósmicas primordiales; cada una es una vibración que sostiene la realidad. El mundo, entonces, es un código divino, un tejido de combinaciones sagradas. Quien comprende el orden de las letras puede influir en la estructura del universo, pero nunca recrearlo en su plenitud.

Borges toma esta tradición del Tanaj, del Talmud, del Cábala y la condensa en su poema “El Golem”. Coloca al rabino Judá León en la actitud cabalista por excelencia: el deseo de participar del conocimiento divino. Así lo expresa el verso:

«Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dio a permutaciones de letras y a complejas variaciones y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.»

En la versión borgiana, el golem no surge del barro como en el folklore medieval, sino del poder del Nombre, del trabajo con las letras sagradas del Shem ha-Mephorash (el nombre oculto de D-os). Pero el milagro revela inmediatamente su límite: la criatura es torpe, incompleta, incapaz de hablar. Borges condensa esa falla en una línea decisiva del poema:

«No aprendió a hablar el aprendiz de hombre.»

Esa frase contiene la clave teológica del cuento: el golem no puede crear el verbo, no puede entrar en el mundo del dabar, la palabra que funda la realidad.

En una de las imágenes más conmovedoras del poema, el rabino observa al golem con ternura, pero también con horror. El horror no proviene de la criatura, sino del descubrimiento íntimo del fracaso de toda imitación humana de querer ser como Di-s. La escena es una revelación mística: el hombre participa del lenguaje divino, pero no es dueño de él. Borges no narra la destrucción del golem, como hace la tradición folklórica, donde el rabino borra la letra que le da vida; en cambio, deja suspendido esta momento:

“¿Quién nos dirá las cosas que sentía D-os, al mirar a su rabino en Praga?”


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