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Por una Cuba libre

Hoy, lamentablemente, no parece que estemos asistiendo a un proceso orientado principalmente a la libertad del pueblo cubano, sino a una…

juan carlos mejias · 2026-05-31 23:26 · 0 claps · 2.6 min read
#cuba #geopolitica #america-latina #politica-internacional #derechos-humanos
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Por una Cuba libre

Hoy, lamentablemente, no parece que estemos asistiendo a un proceso orientado principalmente a la libertad del pueblo cubano, sino a una disputa geopolítica entre grandes potencias por definir quién tendrá mayor influencia sobre la isla. Por su historia, su ubicación estratégica y su cercanía a Estados Unidos, Cuba carga con un destino fuertemente condicionado. Pero precisamente por eso, el centro del debate no debería ser qué potencia gana, sino cuánto margen real tendrá el pueblo cubano para decidir su propio futuro.

Al observar las pasiones que este tema despierta, es fácil caer en discusiones simplistas, de blanco o negro, donde cada posición parece obligada a elegir un culpable único. Sin embargo, analizar la realidad cubana exige escapar de esa lógica. No estamos frente a un problema lineal, sino ante una trama compleja donde los factores externos e internos se entrelazan, se justifican y se alimentan mutuamente.

No se puede atribuir de manera seria la escasez de productos básicos, la falta de medicamentos o el colapso energético únicamente a la gestión del régimen cubano. Sería una ligereza ignorar que la Cuba posterior a Batista nació y se desarrolló bajo un bloqueo severo que ya supera los sesenta años. Difícilmente una economía insular pueda operar con normalidad cuando enfrenta persecución financiera, dificultades para acceder al crédito internacional, restricciones comerciales y sanciones con efectos extraterritoriales que encarecen cada tonelada de alimento, combustible o insumos que intenta ingresar a su territorio. El peso de ese condicionamiento externo es innegable.

Pero reconocer el impacto del bloqueo no significa absolver al modelo interno de sus responsabilidades. La mirada crítica también obliga a observar la otra cara de la pinza: cómo responde el sistema cubano a esa presión. La rigidez de la planificación centralizada, la falta de apertura económica real y el control político sobre la sociedad han limitado durante décadas las fuerzas productivas propias. A su vez, la lógica de “plaza sitiada”, alimentada por una agresión externa real, ha servido muchas veces como argumento para estrechar los márgenes de las libertades civiles, políticas y de expresión de los propios ciudadanos.

Allí aparece el verdadero drama del pueblo cubano: quedar atrapado entre dos relatos que se refuerzan mutuamente. Por un lado, el relato de quienes justifican el sufrimiento social como un costo inevitable de la resistencia geopolítica. Por otro, el de quienes señalan con razón las restricciones internas, pero utilizan esa crítica para minimizar o negar el daño concreto que producen las sanciones externas sobre la vida cotidiana de la gente.

Si el debate se reduce a elegir entre esos dos dogmas, seguiremos usando a Cuba como un tablero de ajedrez ideológico. Unos hablarán en nombre de la libertad mientras aceptan la asfixia económica como herramienta política. Otros hablarán en nombre de la soberanía mientras postergan indefinidamente las libertades internas. En ambos casos, el pueblo cubano corre el riesgo de quedar subordinado a causas que dicen representarlo, pero que muchas veces terminan alejándose de sus necesidades reales.

Superar esa dicotomía es la verdadera urgencia. El foco debe volver a la escala humana: al trabajador que no consigue alimentos, al enfermo que no encuentra medicamentos, al joven que no ve futuro, al ciudadano que quiere expresarse sin miedo y al pueblo que merece decidir sin tutelas externas ni cerrojos internos.

Por eso, la salida no puede consistir en preguntar qué potencia debe imponerse sobre Cuba, ni qué relato ideológico debe vencer al otro. La pregunta central debería ser otra: qué condiciones permitirían que los cubanos recuperen el mayor margen posible de decisión sobre su propio destino. Eso exige que las potencias saquen sus manos de la isla, pero también que dentro de Cuba se abran los espacios políticos, económicos y sociales necesarios para que su pueblo deje de ser objeto de disputa y pase a ser verdadero sujeto de su propia historia.

Dedicado a la memoria de mi abuela Cubana Doña Elena Fernández.


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