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Gloria precaria

La taberna estaba llena.

Carlos piñata moderadamente elocuente · 2026-06-18 17:59 · 0 claps · 5.7 min read
#relato-corto #fantasia #música
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Gloria precaria

La taberna estaba llena.

No.

Estaba a reventar.

El escenario, sin embargo, desierto; salvo por un taburete y poco más. La cantante y su grupo —archiconocides entre los vagos y maleantes de Edicto— llevaban años sin tocar ni hacer nada de cara al público. Ella, símbolo y héroe de una generación perdida y desgranada, se había retirado poco después de que su amigo y solista falleciera.

La pérdida de su mano derecha tampoco había ayudado a su carrera profesional, por supuesto, pero —decían las malas (que no las peores) lenguas— su nueva prótesis era mejor que lo que había tenido antes. Podía trastear infinitamente mejor.

El murmullo era insufrible.

Pero no tanto como la anticipación.

Ylah nunca había ido a un concierto. Toda la música que había oído había sido o paseando por la calle o en casa. Conocía el repertorio de Krolik porque Yulio, su hermano mayor, había tocado sus canciones (pobremente) cuando Papá no estaba. Entre los dos habían comprado algún cuadernillo en secreto. Yulio siempre decía que no le hacía justicia a la voz de Krolik. Por eso había enseñado a Ylah a cantar. Él se había peleado con su guiterna, aprendiéndose los solos de su grupo favorito.

Papá, por supuesto, acusaba a Krolik de usar glamures y encantamientos antes de tocar. “¿Cómo, si no, podría una cavadora atraer a tanta gente?”, decía, como si eso justificara su animadversión.

Que, hasta cierto punto, sí.

Se suponía que, como corregidor democráticamente1 electo de la ciudad independiente de Pärras, tenía que evitar el uso de magias no aprobadas por el Instituto Nacional de Edicto para el Potencial Taumatúrgico y los Otros. Como Krolik no estaba registrada como Otro, entonces, no podía hacer uso de magias. Pero si no podía hacer uso de magias, no podía demostrar ser un Otro. Era la trampa veintidós, según Yulio.

Ylah sentía que no tenía derecho a estar en la taberna. ¿Y si descubrían que Papá era el corregidor? ¿Confiarían en ella? Estaba segura de que había visto a Siel, su vecina, cerca de la barra. Y le había mantenido la mirada.

¡La iban a echar de aquí antes de oír a Krolik cantar!

Yulio la había oído hacía años, poco antes de pelearse con Papá. Ahora estaba en Staelroas, en la costa. Estaba bien. Había oído a Mamá y Papá hablar de él. Ella le preguntaba de vez en cuando. Él le decía que sabía que estaba bien.

Ylah también lo sabía, pero porque Sam le contaba todo lo que decían sus cartas.

Papá estaba preocupado por su primogénito, pero su orgullo no le dejaba demostrarlo.

No. No le dejaba que nadie lo viera.

De la misma manera que no quería que la vieran a ella aquí. No quería que Siel volviera a verla. Por eso no había ido a la barra a por una jarra. Barra-jarra. Jé. Era la clase de rima tonta que hacía sonreír a Yulio. Bueno, que le habría hecho sonreír.

—La hija del corregidor, escondida en un antro de cavadores… ¡qué mal! —susurró una voz, dulce y amable.

Ylah no chilló de milagro.

Siel, sin embargo, sí que se rio— . ¿Has salido a escondidas? Tu hermano hacía lo mismo cada vez que Gloria Precaria venía a Pärras. Siempre le oía abrir la ventana.

—¡Shshshshshshshsh!

—Nadie te va a reconocer con el pelo suelto, como una verdadera rebelde —continuó. Le sacaba dos años, dos cabezas y siempre, sin falta, una sonrisa. La abrazó. Fuerte.

—¡Shshshshshshshsh! —insistió.

Como por arte de magia —Papá la arrestaría esta misma noche— , el local hizo caso a la joven.

Siel le dio un codazo.

La responsable del silencio no había sido Ylah. Había salido un enano a verificar que todo estaba en orden. Tenía tatuajes negros que bailaban sobre su piel. No eran glamures, pero sí que eran mágicos, eso seguro.

—Señoras y señores, desde las cuatro esquinas de Edicto, ¡Brebaje Hostil!

Brebaje Hostil siempre acompañaba a Gloria Precaria. Calentaban al público. El cantante era un kobold rojo y menudo. Siempre cantaba de correr más que los maderos. Sus compañeros de grupo eran un orco más pequeño de la cuenta (a la flauta), un elfo (percusionista) y un humano (guiterna).

Al menos, eso le estaba contando Siel.

Algunos grupitos coreaban mientras él cantaba y hablaba de sus travesuras.

—¿Se saben las canciones?

—¿Tú no te sabes las de Krolik?

—¡Krolik no es lo mismo! —respondió Ylah, ofendida por la temeridad de Siel. Su sentimiento de culpa había desaparecido casi por completo.

—Para muchos cavadores, Brebaje y Gloria son lo mismo.

—Ni por asomo. Krolik es mucho más amable y… —Antes de continuar, recordó algunas de las primeras canciones que había compuesto su heroína—. Bueno, vale. ¡Pero no es lo mismo!

—Para muchos sí… —repitió, encogiéndose de hombros. Ylah se la jugó y apoyó su cabeza sobre su hombro.

Siel no solo no la retiró, sino que reciprocó el gesto.

—¿Emocionada?

—Mucho. Me gustaría que Yulio estuviera aquí. Siempre quisimos oírla en directo juntos.

—Ya. Fui con él la última vez. ¿Cuántos años teníamos?

—¿Dieciocho o así? Él dieciocho, seguro. Tú quince, porque yo tenía trece, seguro.

—Más o menos.

La música de Brebaje llenó el silencio una vez más. No era tan distinta a Krolik, pero la letra no era tan amable como las que había compuesto con Gloria Precaria.

—Se fue una semana después.

Siel estrujó fuerte.

No tenía que estar aquí.

No tenía derecho a ello.

No hacía lo que decían las canciones.

Bueno, sí. Quería a la gente. Pero eso no era suficiente. No podía quererles suficiente.

Y, sin embargo, a nadie le importaba. De vez en cuando, algún miembro del público le pedía bailar. Halagada, decía que no, quedándose con Siel.

—¿Por qué aquí?

—¿Perdón?

—¿Por qué han decidido volver a tocar aquí?

Siel se encogió de hombros.

Brebaje abandonó el escenario.

El enano, el dueño del local, volvió, acompañado de un Otro, embutido en su consuetudinario traje y máscara, que le ayudó a revisar que los hechizos estaban funcionando como era debido. La megafonía mágica estaba muy bien, hasta que dejaba de estarlo. Y si iba a acoger a un grupo cavador, prefería ahorrarse problemas con el corregidor.

Volvieron a esconderse entre bambalinas y, cojeando un poco, Krolik salió de detrás del telón. Entre vítores y chillidos, se sentó en el taburete.

—¡Hola, Pärras!

Abrumadores berreos. Ylah y Siel se sumaron al jaleo.

La cantante, mayormente humana, pero con parentesco negociable, tenía el pelo suelto. Le llegaba a la mitad de la espalda. Estaba un poco rellenita y su mano, plateada, refulgía— . Me tengo que sentar porque tuve una caída tonta hace un tiempo y no puedo estar mucho tiempo de pie. Espero que no os moleste.

Sobrecogedor griterío.

La mujer blandió su guiterna (Palomino) y arrancó un acorde.

“Cavaremos hasta los cielos”.

El local entero se la sabía. Ylah no oía a Krolik por encima de su propia voz. Siel la cogió de la cintura e Ylah la imitó. Se balancearon al ritmo de la música. No era un baile porque no había dónde bailar, pero lo era.

Miró a su alrededor.

El enano, dueño del local, no solo estaba cantando con el público, sino que estaba usando sus manos como altavoz, para que se le oyera mejor.

Ylah se rio. Siel le preguntó por qué, así que señaló.

—Pero bueno, no habéis venido a oírme solo a mí, que lo sé yo.

No era mentira porque ella lo creía de verdad. Pero era mentira, porque, aunque Gloria Precaria era un buen grupo, eran, a fin de cuentas, el séquito de Krolik, “el conejo cavador”.

Aun así, hubo gran regocijo.

—Como sabéis, hace nueve años, perdí a un gran amigo y músico, Erik. No he tocado en público desde entonces porque… había un hueco, tanto en el grupo como en nuestro corazón. Quizás, estaba demasiado encerrada en mi propia cabeza. Pero no dejé la música. ¿Cómo puedes abandonar a tu primer amor?

Alguien dejó una jarra delante de la mujer.

— Gracias —respondió, sorbiendo mientras, a su espalda, su percusionista (elfa), flautista (orco), concertinista (mediane), contrabajista (kobold) y solista (humano) salían al escenario — . Pero ha llegado el momento de seguir cantando. Conocéis a mi familia, por supuesto, pero sé que también conocéis a —terminó, girándose hacia el nuevo solista—, ¡Yulio!

¡Jolgorio!

Siel apretó a Ylah más fuerte todavía.

—¿Lo sabías?

—Sam me comentó que Yulio se lo había pedido. Por eso estuve diciendo todos los días que venían. Eras tú la que tenía que venir.

Ylah, como un cervatillo herido, se acercó al escenario. Entre canción y canción, su hermano mayor, se agachaba a abrazarla. Fuerte.

¿Cantó con Krolik?

Sí.

Pero volvió a cantar con Yulio.


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