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La provincia en llamas

Por Jaime Garba

Jaime Garba · 2026-04-18 16:00 · 0 claps · 10.2 min read
#zamora #michoacán #violencia
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La provincia en llamas

Por Jaime Garba

El domingo veintidós de febrero, tras el operativo en Tapalpa, Jalisco, donde el gobierno federal capturó y asesinó al Mencho — uno de los líderes criminales más buscados en el mundo — , el país se incendió. Comenzó de a poco; al inicio las noticias reportaban sucesos en tres estados de la república: Jalisco, Guanajuato y Michoacán. Después, Tamaulipas se sumó a la lista. Con el paso de las horas más entidades reportaron bloqueos carreteros, incendios de infraestructura y enfrentamientos. Para muchos, se trató de un pico de violencia “natural” — ocasionado por el nivel de jerarquía del personaje — ; para otros, representó la visibilización de una cotidianidad cada vez más insoportable. Esta cotidianidad define a lugares como Zamora, Michoacán: la segunda ciudad en importancia del estado. Todavía de fama agrícola (pues poco a poco la plancha de concreto va acabando con sus tierras de cultivo), conocida por sus chongos, su centro de investigaciones El Colegio de Michoacán — donde estudió el Premio Nobel de Literatura Jean Marie-Gustave Le Clézio — y la iglesia neogótica más alta de México, considerada por muchos el mayor atractivo. Cuna de personajes ilustres, como el caricaturista Rius, el futbolista Rafa Márquez, el Premio Nobel de la Paz, Alfonso García Robles y los intelectuales hermanos Méndez Plancarte. Su ubicación resulta estratégica: se asienta entre Morelia y Guadalajara, lo que permite el fácil desplazamiento de sus ciudadanos a las capitales, ya sea en busca de servicios universitarios, médicos, de inversión y diversión. Desafortunadamente esa misma conectividad ha permitido a los grupos delictivos enlazar ambos estados mediante brechas y caminos alternos, además de facilitar la instalación de campamentos y narcolaboratorios en la zona montañosa.

Expongo este contexto con la intención de extrapolarlo a tantas ciudades similares de México, urbes de menor escala a las que acaparan la esfera pública: lugares lindos y virtuosos donde la gente aún se saluda en la calle sin saber a quién se cruza en el camino. En ellas, el carácter de provinciano se asume con honor que evoca Laureano Martínez en su canción homónima: “Ahora que conozco la ciudad de mis dorados sueños y veo realizada la ambición que forjé, es cuando el desengaño de esta vida me entristece y añoro con dolor mi dulce hogar.”

Foto de internet

Foto de internet

Quienes habitamos la provincia podíamos presumir de costumbres que para los capitalinos parecen de otro planeta: las puertas abiertas de las casas para recibir al vecino, a la comadre o el amigo. Recorríamos la ciudad a pie, a cualquier hora; el vacío de alguna calle o callejón creaba estados de solitud, no de peligro. La policía ofrecía “aventones” a casa si te encontraba de madrugada caminando tras una fiesta, y la nota roja de los diarios locales iba de robos a bicicletas y parejas encontradas cometiendo faltas a la moral.

Sin embargo, con el paso del tiempo y el cáncer del crimen organizado las cosas cambiaron. Esa calidez se transformó en desconfianza y sigilo. Las puertas se cierran y la seguridad se refuerza. Se teme tanto al día como a la noche, al criminal como al representante de la justicia; una calle vacía, incluso el centro histórico, puede ser el sitio donde asalten o asesinen a alguien. Los diarios — cada vez más escasos y al servicio del ayuntamiento local — , publican en bucle violencia producto, en su mayoría, de la empresa del narcotráfico: sicariato, robo, extorsiones, cobro de piso.

Basta entrar a las redes sociales, platicar con amigos o familiares para saber que la ciudad está rota. Después de la caída del Mencho, mientras el resto del país volvía poco a poco a la “normalidad”, Zamora se mantuvo una semana en vilo: se cancelaron clases, hubo una alerta de atentado al ayuntamiento, los negocios cerraron y se agudizó el autoimpuesto toque de queda que convierte a la ciudad en un pueblo fantasma apenas cae la noche.

Desde lo general, esta violencia, por sistematizada, ha dejado de sorprender. Zamora forma parte de la estadística; una que desde el discurso político se descalifica o, peor aún, se niega. Mientras tanto, las historias se acumulan y las víctimas carecen de justicia; lo único que les queda es visibilizar sus historias para hacer contrapeso al desdén.

Uno: en el lugar y momento equivocados

Marisol no desea ocultar su nombre. El valor que produce el dolor la ha llevado a plantar el cuerpo ante quien sea necesario para buscar justicia por Jesús, el padre de su hijo. Jesús tenía cuarenta y tres años y se dedicaba al oficio de panadero. Un veinte de diciembre por la mañana, tras la jornada de trabajo nocturna, se dirigió a una de las colonias catalogadas como “foco rojo” para ayudar a un empleado a repartir el pan. Alrededor de las nueve de la mañana, dos hombres en un auto blanco llegaron al local y les dispararon. Ambos murieron. Jesús había quedado de ir a cenar esa noche con su hijo. Marisol narra con coraje que él no estaba en el lugar equivocado: “la violencia se equivocó con él. Era una persona de buen corazón.” Tiempo después se detuvo a los agresores, uno de ellos con antecedentes por homicidio y portación de drogas. Al indagar por su propia cuenta, todo indica que se trató de un “error” por parte de los sicarios. El miedo a una justicia que, como está probado en México, no funciona, ha limitado las acciones por parte de la familia. Es comprensible. Porque esa justicia no sólo no ha llegado para ellos, sino que además se les revictimiza o desvirtúa su lucha. En su caso, el presidente municipal niega la realidad y su responsabilidad, etiquetando de fines políticos cualquier tipo de crítica o exigencia contra su gobierno.

Dos: mirar hacia otro lado y hacer como que no pasa nada

Zamora comparte con Jacona (ciudad aledaña) un bello parque lineal llamado La Calzada. Con árboles de eucalipto, fresno y laureles, así como de zonas de pasto bien cuidadas, es un espacio al que la gente asiste para hacer ejercicio, caminar o realizar picnics. A su paso hay acceso a restaurantes, cafés y centros comerciales. Desde el puente alto, al cruzar la interconexión de autos, se puede ver La Beata — el cerro más alto de la región — , la ciudad, los campos de cultivo restantes y, al oriente, el cerro del Curutarán. Allí se encuentra El Opeño, un cementerio prehispánico que data del 1500 al 1200 a.C., reducido actualmente a pintas de grafiti y basura; varios testimonios, además, hablan de allí haber sido víctimas de asaltos. Pero esa es otra historia. Ese parque que reúne a tantos podría sentirse como una especie de embajada: territorio seguro. No lo es. P comparte que hace unas semanas, mientras corría — alrededor de las tres de la tarde — a la altura del puente peatonal y a la vista de otros transeúntes, fue asaltada con un arma blanca. Las personas a su alrededor ignoraron el suceso. “Nadie hace nada. Es de verdad una pena.” ¿Qué hacer? ¿Se puede juzgar a alguien sometido por el miedo?

Calzada Zamora-Jacona. Imagen: El Sol de Zamora.

Calzada Zamora-Jacona. Imagen: El Sol de Zamora.

La cuestión es que la indolencia alimenta esa estructura donde se delinque porque nadie hace nada y, por ende, no existen consecuencias; esto convierte al que ignora en una potencial víctima. Por si fuera poco, P cuenta que a su expareja lo despojaron de su automóvil amenazándolo con una pistola, y recalca: “a pleno medio día.” La mención del tiempo en ambos casos es importante porque el estereotipo de escena criminal ocurre, usualmente, en la periferia, zonas de alto riesgo y en horarios nocturnos. El hecho de que sucedan asaltos o asesinatos en cualquier parte y a cualquier hora del día habla del nivel de impunidad al que se ha llegado.

Tres: la vida secuestrada

Lejos han quedado las viejas estructuras del narcotráfico, cuando el trasiego de droga era su único modus operandi. Así, de alguna manera, quedaban “seguros” algunos grupos que nada tienen que ver con el consumo y tráfico de sustancias. No obstante, la empresa del narco se ha diversificado y ha ocupado espacios a punta de violencia: cobro de piso, narcogobierno, secuestro e involucramiento en mercados comerciales. Por ejemplo, en Michoacán se sabe la injerencia que tiene en el aguacate y el limón, mientras que en otros estados el monopolio se extiende a productos básicos como la tortilla y la carne. De esta manera, se podría poner lupa en el cuerpo de estas organizaciones y descubrir que su funcionamiento se da gracias a la orquestación de personas que van más allá del frente de batalla; muchas de ellas reclutadas forzosamente, donde negarse no es opción.

Zamora tiene cinco tenencias, pueblos pegados a la ciudad cuya población va y viene diariamente por los servicios públicos, la oferta educativa y los insumos que sus localidades no alcanzan a proveerles. M vive en uno de ellos; es enfermera, tiene un consultorio propio y atiende a todo aquel que lo necesite. M asegura que prácticamente está secuestrada por el cártel. Leer su experiencia es como leer alguna novela negra de Elmer Mendoza o Eduardo Antonio Parra, sólo que para ella es una realidad que la pone en riesgo y la hace agradecer seguir con vida. M duerme una noche cualquiera cuando tocan a la puerta de su casa. Un par de hombres armados le ordenan que los acompañe porque hubo un accidente y X está herido, grave, cerca del pueblo. M toma su mochila con lo necesario para hacer curaciones y, sin opción, se sube a una camioneta con ellos. Van a toda velocidad y la ignoran cuando pide que por favor vayan más lento. Comienza a rezar; la oscuridad y las veredas le impiden saber dónde se encuentran. En el punto hay un hombre malherido y un grupo a su alrededor con armas largas, ropa táctica y el rostro cubierto. Le piden que atienda a X, a quien logra estabilizar con los aditamentos que lleva, mientras el grupo le pregunta de forma intimidatoria si lo puede salvar. Después de que se llevan al herido, la abandonan allí; M se ve obligada a volver caminando, rogando no encontrarse a los hombres nuevamente. La oscuridad y el miedo apenas le permiten dar pequeños pasos, es la adrenalina la que le hace avanzar hasta llegar a su casa, adolorida, con el cuerpo entumecido. Sólo entonces se sintió segura y pudo dormir profundamente, no sin antes — como fiel creyente — , darle gracias a Dios por seguir con vida.

El corazón de la ciudad, al borde de un infarto

En muchas ciudades como Zamora, el centro es su corazón; allí está una iglesia representativa, la plaza, el quisco, locales comerciales, el bullicio y la fiesta. Si bien Zamora no ofrece muchas opciones turísticas, uno se conforma con ir al centro a comprar un gaznate los domingos, escuchar la banda de viento, comerse un helado, romperle un huevo con confeti al pretendiente y sentarse a ver pasar la vida en alguna de las bancas de los alrededores. Qué mal que la ecuación centro = seguridad haya dejado de ser comprobable. Si los actos de violencia antes se apegaban a un mapa invisible, hoy en día cualquier lugar es territorio de guerra. G cuenta su experiencia viviendo en el corazón de la ciudad; lleva tres años sin tregua en los que, desafortunadamente — asegura — , se ha tenido que adaptar a la violencia. “No la normalizo, simplemente es parte de mi día a día”, comenta. G realiza una práctica profesional que le permite interactuar con personas; por ello conoce casos de extorsión donde algunos pueden pagar y otros, desafortunadamente no, lo que deriva en asesinatos de familiares ante el incumplimiento de la cuota. G ha escuchado todas las balaceras del centro y dice, ha desarrollado la extraña habilidad de acertar, por el sonido de las balas, el lugar exacto de los acontecimientos. Menciona un par de hechos emblemáticos que llegaron a acaparar las notas nacionales por su intensidad. El centro, para G y su familia, se ha transformado en la primera fila para presenciar acontecimientos funestos: el ataque armado a un par de hombres en bicicletas, el atentado a un médico, el asesinato de dos jóvenes trabajadoras de un OXXO frente al Santuario de la Virgen de Guadalupe, — el emblema de la ciudad del que se habló en líneas anteriores — y tiroteos en el mercado, ubicado a un lado del centro histórico. “Me impactó ver a las señoras que van a hacer su mandado sentadas sobre la banqueta con sus bolsas, tratando de respirar y tranquilizarse.”

Fotografía: Mi Morelia.com

Fotografía: Mi Morelia.com

Paisajes que deberían guardarse en la memoria con alegría pasan al deseo de borrarse, porque nadie quiere sangre en los recuerdos. ¿Cómo le explica G a su hija qué es la mancha roja en el piso de la plaza el día que van a pasear, uno después del asesinato de un hombre allí mismo? ¿Es mejor no salir? ¿Hay que ocultarse? No se puede detener la vida; de hacerlo vivirían presos de algo peor: el miedo.

Pasan los días tras la captura y muerte del Mencho. Mientras los analistas hacen sus apuestas para ver cómo quedará el tablero de este macabro juego, la ciudad simplemente no puede volver a la normalidad.

Para colmo, las autoridades locales intentan tapar el sol con un dedo. El día a día del gobierno municipal está plagado de acciones asistencialistas y cosméticas, evadiendo cínicamente todo lo relacionado con la violencia y el crimen organizado. Un día después del domingo negro, 22 de febrero, la única publicación en las redes sociales del presidente Carlos Soto fue una felicitación por su cumpleaños al gobernador del estado, Alfredo Ramírez Bedolla; el 24 de febrero, compartió un evento de entrega de pañales y la gestión de visas de un programa de la Secretaría del Migrante de Michoacán. Así, encontramos la inauguración de un jardín polinizador, el anuncio de que Zamora se ha convertido en el primer municipio con “zona cardioprotegida” al adquirir tres desfibriladores externos automáticos colocados en la calle, o la pretensión de gestionar treinta millones de pesos para iluminar el Santuario de la Virgen de Guadalupe (la iglesia neogótica) para atraer más turismo. Sobre seguridad, poco o nada. Acaso, discursos políticos y autómatas, como el que dijo el primero de marzo del 2026: “Zamora, al igual que todo México, enfrenta retos en seguridad, pero estamos avanzando con acciones concretas. La seguridad no se resuelve con discursos vacíos, sino con trabajo, resultados y estrategia.”

Mientras el mundo sigue girando, el foco alumbra hacia otras necesidades y municipios como Zamora dejan de ser protagonistas, mas no de vivir sus complejas realidades. Las microhistorias (como diría don Luis González y González) allí están, sumándose. Es Zamora, pero también Tequila, Jalisco; Iguala, Guerrero; Fresnillo, Zacatecas; Allende, Coahuila; Irapuato, Guanajuato… pequeños espacios que alguna vez fueron considerados paradisíacos por su paz y dinámicas sociales, hoy sobreviven como pueden los embates del monstruo de mil cabezas que es el narco: solos, sin el gobierno y, muchas veces, contra el gobierno mismo.


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