🎓 Nivel desbloqueado: Magíster. Crónica de un logro que tardó siete años en llegar
Mi mamá me hizo una remera para el día de la defensa. Le pidió ayuda a una inteligencia artificial para encontrar la frase. Eligieron…

🎓 Nivel desbloqueado: Magíster. Crónica de un logro que tardó siete años en llegar
Mi mamá me hizo una remera para el día de la defensa. Le pidió ayuda a una inteligencia artificial para encontrar la frase. Eligieron juntas: “Nivel desbloqueado: Máster en Dirección Estratégica y Tecnológica.”
No fue solo un chiste. No fue solo una estampa. Fue un gesto de ternura y de cierre. Porque sí: así se sintió. Como cruzar una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. Como volver a entrar a una habitación donde uno mismo se había prometido no volver. Como un juego en el que no ganás por llegar primero, sino por no rendirte.
El 22 de mayo de 2025, defendí mi tesis en el ITBA. Puse punto final a un proceso que empezó siete años antes. No fueron siete años continuos de trabajo. No fue una línea recta. Fue un camino de pausas, desvíos, derrotas pequeñas y silencios largos. Siete años en los que el proyecto se volvió espejo: mostró lo que podía construir, pero también todo lo que todavía me dolía mirar.
Cada diciembre, como un acto de fe, escribía en mis objetivos del año siguiente: “Terminar la tesis.” Lo escribí en 2021. Lo repetí en 2022. Lo volví a anotar en 2023. Me mentí en 2024. En 2025, ni siquiera lo escribí. Tal vez porque ya no creía que pasaría. Tal vez porque ya no podía con una nueva promesa incumplida.
Y entonces, sucedió.
“El 22 de mayo es el día de Santa Rita, patrona de las causas urgentes. Mi abuela le rezaba. Ese día algo se acomodó. No sé si lo mío era una causa urgente, pero sí una causa demorada que pedía su redención.”
El abismo
Durante algunos tramos del camino, el proceso se volvió silencio. No había avances concretos, ni respuestas, ni motivación. Solo una sensación de estar suspendido en el aire, con el pie tanteando una superficie que no aparecía. El tiempo pasaba, y cada tanto alguien preguntaba cómo iba todo, si la tesis seguía en pie. A veces mentía. A veces desviaba la conversación. No podía sostener el peso de dar explicaciones cuando ni yo entendía por qué no podía avanzar.
En ese contexto, lo único que me quedaba era la fe. No una fe triunfalista, sino una muy sencilla: creer que, aunque no viera señales, algo seguía moviéndose. Que quizás el trabajo no estaba en la tesis, sino en mí. Que había algo que necesitaba madurar, integrarse, cerrarse. Esa fue la parte más difícil de aceptar: que lo más valioso del proceso no era el producto final, sino lo que estaba pasando mientras parecía que no pasaba nada.
El borrador y el color
Cada intento de tesis fue un espejo de cómo me encontraba yo. El primer borrador fue escrito desde la ansiedad; lleno de ideas, pero sin forma. El segundo, más literario que académico, tenía estructura pero carecía de foco. El tercero ya empezaba a parecerse a algo presentable, aunque todavía era tímido. Recién en el cuarto borrador encontré algo parecido a mi voz. No la del estudiante, sino la del profesional que empezaba a ordenar el pensamiento, a articular una mirada.
Finalmente, llegó el pre-dictamen. Lo leí como quien ve llegar una carta después de años. No era perfecto, claro, pero fue una señal de que la entrega estaba cerca. Ahí entendí que el color no aparece al principio. Aparece después de haber pasado por la hoja en blanco, el tacho de basura, el insomnio, la duda. Como la primavera que no avisa, pero un día está ahí, brotando tímidamente entre lo que parecía seco.
El logro y el otro
Este logro no me pertenece únicamente. Es un mosaico construido con la paciencia de quienes me rodean. He aquí la dedicatoria extraída de la tesis:
A Dios, por darme la fortaleza y la paz necesarias para enfrentar cada desafío, iluminando mi camino en los momentos de incertidumbre.
A mi familia, por su apoyo incondicional, por su paciencia y por ser mi sostén en cada etapa de este proceso. Sin ustedes, este logro no habría sido posible.
A mi prometida, por acompañarme con amor y comprensión en el día a día, por su apoyo inquebrantable y por ser mi refugio en los momentos difíciles.
Agradecer además a los docentes y tutores del ITBA, que ofrecieron exigencia, claridad y también comprensión. Este magíster se escribe en plural, porque detrás de cada entrega, cada reedición, cada silencio incómodo, hubo manos tendidas.
Pienso mucho en quienes hoy están en medio del proceso. A los que postergan, dudan, se sienten estancados. A los que ya no saben cómo responder cuando les preguntan por la tesis. Les quiero decir que no están solos. Que lo importante no es la velocidad, sino la constancia. Que a veces uno se detiene para poder entender por qué empezó.
La tesis no es un documento. Es una transformación. Es un umbral. Y no siempre se cruza con elegancia: a veces se cruza con las rodillas raspadas.
Epílogo
Siete años. Una remera con una frase. Una defensa.
Un título, sí. Pero más que eso: una historia.
Hoy sé que el verdadero nivel desbloqueado no está en el diploma, sino en la resiliencia. En haberse sostenido aun cuando todo parecía perdido. En haber vuelto a intentarlo cuando lo más tentador era soltar.
Si llegaste hasta acá, o si estás por llegar, te dejo esto:
Tu proceso importa, aunque no se vea. Tu esfuerzo tiene sentido, aunque no lo aplaudan. Y tu historia, aunque hoy duela, mañana puede ser inspiración para alguien más.
메타데이터
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