El ego y sus máscaras
Las versiones de nosotros que aprendimos a usar para sobrevivir

El ego y sus máscaras
Las versiones de nosotros que aprendimos a usar para sobrevivir
El mundo no perdona lo que no entiende, ni lo que no está estandarizado.
Nacimos sin máscaras, sin miedo, sin vergüenza, con esa ingenuidad brutal que resplandece en la inocente mirada de un niño, hasta que un desalmado nos atraviesa con la estúpida hoja de su realidad y escupe el tierno corazón de un niño con las asquerosas miserias que arrastra en su vida.
Y así quisimos, por primera vez, proteger eso tan puro e inconsciente de lo podrido del mundo.
Aprendiendo que debía protegerse, se refugió debajo de la máscara del sentido común, cubriendo sus ideas fuera de los moldes de nuestra sociedad.
Aprendimos que la ternura atrae a los animales depravados como fieles amigos, que la verdad sin filtro aleja a los mejores aliados, que quien no se protege de sus propios instintos termina siendo juzgado y criticado por no ser comprendido.
Así nacieron.
Un parche de miedo sobre la herida todavía abierta, pegando parches sobre parches, latiendo como si tuvieran vida propia.
Nació esa máscara: una segunda piel que olía a silencio, tejida con las manos temblorosas de quien todavía no sabía mentir.
Después vinieron otras, cada una con su propósito, cada una con su historia y su voz.
La del miedo, hecha de sumisión. La de la vergüenza, formada por las críticas a lo diferente. La del orgullo, barnizada con mentiras y pulida con sonrisas fingidas. La del amor, gruesa y áspera, creciendo con cada promesa incumplida, con cada traición.
Pero también es la más fácil de corroer: si ve amor verdadero, uno que se parezca al que habita adentro, ese mismo amor se asoma desde detrás de la dura y enorme coraza.
Cada una tuvo su razón, como los demonios tienen su dolor.
No nacieron para engañar, sino para protegernos de la mirada del mundo, cuando no teníamos otra defensa más que aparentar.
Porque vivir sin máscaras sería estar solo, desagradándole a todo el mundo, escupiendo verdades sobre sus miserias, incluso a quienes amás.
Y así te quedás solo.
Y no hay cuero que aguante tanto roce con la áspera verdad de este mundo.
Con el tiempo se vuelven hábito. Tan fieles que ya no hacen falta enemigos. Ellas solas te domestican.
Se pegan, se confunden con la carne, te dan un nombre, una voz, una identidad, hasta que olvidás que hubo un rostro debajo.
Te multiplicás en máscaras, como larvas en un cuerpo pudriéndose, ciegas, voraces, tragando lo que alguna vez fuiste.
Cada una aprende a respirar por su cuenta, hasta que ya no sabés cuál de todas mastica cuando abrís la boca, cuál de ellas es la que está hablando.
Un “vos” para cada mirada. Un “vos” para cada herida. Un “vos” para cada miedo que no supiste enfrentar.
Una colección de personajes que aprenden a sobrevivir mientras el verdadero se queda quieto, mirando desde adentro.
Pero las máscaras no mienten: son cicatrices que aprendieron a hablar.
Cada una guarda el eco del golpe que la creó. Cada grieta conserva la voz del niño que pidió auxilio y no fue oído.
El ego apenas las organiza. Las cuida, las pule, las viste con discursos y sonrisas, porque sabe que, sin ellas, no quedaría nada reconocible.
Y, sin embargo, en ciertos silencios, cuando el cuerpo se queda quieto y el alma no puede fingir, las escuchás palpitar, olés sus intenciones, soportás su presencia.
Cada una murmura su motivo y te protege a su manera, todas queriendo cuidar el ya olvidado rostro.
Y entendés que ninguna vino a traicionarte, solo a mantenerte vivo mientras aprendías a no temer.
El peligro no es usarlas, sino olvidar que lo hacés.
Porque llega un punto en que la máscara vive por vos y el rostro real se marchita como un atrapado debajo de sus propios miedos.
Y cuando tengas el valor de buscarlo para recordarte quién eras, es probable que te asustes.
Lo vas a encontrar arrugado, desatendido, con restos de comida entre los dientes, el pelo grasoso y la osamenta de lo que alguna vez fue tu verdadero rostro.
No busco destruirlas. Solo mirarlas sin miedo, hasta que la transparencia las atraviese y mi rostro deje de ser un disfraz.
No hay pureza después del ego, solo la atroz calma de saber qué máscaras siguen respirando por mí.
Y de pronto, conocés un alma libre. Y te asombra.
Te deslumbra la belleza que hay en lo genuino: en su torpeza, en su fastidio, en lo insoportable que puede ser su incomodidad.
Porque de eso se trata.
Una persona que es lo que es no nació para agradar, ni para estar de acuerdo con todos.
Simplemente se acepta, se permite ser y camina entre los juicios del mundo sin pedir permiso.
No deja que las miradas la ensucien, ni que la crítica le borre de la piel lo escrito a golpes y manchones.
No deja que la voz del mundo — tan depravado, tan falso — le cambie su esencia libre y genuina.
Y cuando la ves, cuando la reconocés, sentís una punzada en el pecho, una mezcla de admiración y miedo.
Porque entendés que esa libertad que admirás también vive en vos, esperando que tengas el valor de buscarla, de reconocer la fealdad de tu rostro sin máscara, de limpiarte los dientes aguantando la peste de tu propia podredumbre, de aceptar lo que sos y ponerte firme, con las manos sucias, a trabajar en lo que vas a ser.
Y solo entonces, con el sabor metálico de tu sangre entre los dientes, empezás a construirte de nuevo, sin santos ni excusas, con el barro de tu propia miseria.
— G.R.E.C.O.N. —
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