Los auténticos tesoros
🎙️P. Rafael A.
Los auténticos tesoros
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Estos días estamos oyendo, en el evangelio de la misa, el llamado Sermón de la Montaña. Es como un compendio de las principales enseñanzas que Cristo nos dejó; están por todo el Evangelio, pero san Mateo se ocupó, muy ordenadamente, de ponerlas en el capítulo 5º y 6º de su evangelio para que pudiéramos leer esas expresiones tan ricas del Señor y viéramos ahí las cosas que Dios nos anima a vivir.
No son mandamientos, son como si el Señor nos abriera los ojos para descubrir muchas cosas que son verdaderamente las que pueden hacerlos felices en este mundo. Hoy por ejemplo hemos oído esto: Dice el Señor: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban”.
La polilla. ¿Has visto alguna vez la polilla? Yo no la he visto, pero he visto cómo esos insectos tan pequeños se van comiendo la madera y poco a poco van destruyendo las cosas, sin que nos demos cuenta. La polilla o los hongos destruyen las cosas. Dice el Señor: “Más bien, acumulen tesoros en el cielo”. Atesorar para el cielo. (Cfr. Mt 6, 19–23).
Cuando todavía no había bancos donde se guarda el dinero o las personas no tenían confianza para resguardar sus bienes con seguridad, lo que hacían era enterrar sus pertenencias bajo tierra, sus tesoros bajo tierra o incluso había personas que pensaban que el colchón de su cama era un lugar muy seguro y entonces guardaban dentro del colchón los bienes más valiosos, los billetes de más alta denominación… y guardaban ahí sus tesoros. Y al mismo tiempo, en esas épocas antiguas y todavía recientes, hay personas que se dedican — porque les gusta la aventura y los riesgos — , y descubren tesoros, incluso en el mar. Si hay por ahí aventureros que les gusta bucear y encontrar un galeón antiguo del siglo XVII que llevaba tesoros y joyas y cientos y kilos de monedas. Pues, ¿cuánta gente decía: “me he encontrado un tesoro”?
El Señor nos dice que no amontonamos los tesoros de la tierra, que son además muy poca cosa. Aunque nos puedan deslumbrar los tesoros; esos tesoros de tipo económico, de dinero, de cosas buenas que nos encantan… Finalmente esas cosas, por buenas que sean o bonitas que sean, acaban siendo finalmente después muy poca cosa.
No conozco a nadie que diga: “Yo soy felicísimo, soy el más feliz del mundo porque tengo muchísimas cosas o muchísimo dinero”. Incluso pasa el tiempo y dicen: “Bueno, ¿para qué tanta cosa? No soy más feliz por tener más cosas”. Aunque son cosas buenas, que nos gustan y que nos sirven.
Sin embargo, el acumular cosas materiales solamente por gusto, pensando que nos haremos felices, es un engaño. ¿Por qué? Porque el corazón humano, Dios nos lo dio para llenarlo de algo que no se puede llenar, porque el corazón del ser humano, tiene una capacidad impresionante. Y las cosas materiales no pueden llenar un corazón.
Tú, Señor, me diste mi capacidad de amar para amarte a ti y para amar a los demás. Por eso es bueno que pensemos ahora un momento: ¿Yo, de verdad voy detrás de las cosas materiales con ansiedad y me preocupo porque no tengo esto, no tengo lo otro…?
No será mejor pensar también con sensatez: Esas cosas que me encantaría tener, luego son cosas pequeñas, bonitas, atractivas, pero al poco tiempo se nos acaba el encanto. Nos pasa como a los niños; nos dan un regalo, ¡qué maravilla! Y a los tres días el regalo ya no es tan bonito ni tan atractivo. Queremos otro. ¿Por qué? Porque no hay nada material que pueda saciar la sed de felicidad que tú, Señor, has puesto en mi corazón. No seamos ingenuos.
Entonces hay que preguntarse, ¿dónde puedo poner el corazón? ¿Cuál es mi tesoro en la vida? ¿Cuál es el centro de mis preocupaciones, de mis ilusiones?
Cuando ponemos el corazón para querer a muchas personas, el corazón se va llenando de amor. Y entonces lo tenemos y lo damos y lo compartimos.
¿Dónde tengo puestas mis ilusiones habitualmente?
Hay que tener ilusiones de cosas buenas; pero convencerte — yo cada vez lo veo más claro — , con el tiempo, pasa…
Pasa el tiempo y decimos: “Pues no soy todo lo feliz que podría ser. La verdad es que pienso mucho en mí, en mis cosas materiales, en mis ilusiones buenas, pero no me acaban de llenar”.
Por eso nos dice el Señor: “Acumula tesoros en el cielo”.
Uno de los grandes tesoros que Dios nos ha regalado es… Hay muchos, pero este es muy concreto y nos parece que a veces no lo tenemos tan en cuenta. Que además de que somos seres vivos y que tenemos existencia y que tenemos salud…
Lo más importante que tenemos en el alma es el estado de gracia.
Quizás a veces no somos conscientes de lo que eso supone. Estar en gracia quiere decir que en nuestro corazón habita a Dios.
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo viven dentro de nosotros. Ese es el gran don que Dios ha dejado a los cristianos: Tú y yo somos templos de Dios; somos como un sagrario de Dios.
Dios vive dentro de mí todo el tiempo. Y deja de estar ahí cuando yo lo expulso, cuando digo: “ya no me interesa, ya no te quiero, ya prefiero una cosa que me hace daño, pero me atrae”.
Prefiero vender eso por una cosa pequeña, un pequeño placer que acaba siendo luego un pecado grave. Y por eso se llama pecado mortal, porque nos mata. Nos mata el estado de gracia. Nos mata la vida espiritual.
¡Convenzámonos! Lo más grande que tenemos es la gracia del bautismo y el estado de gracia que mantenemos constantemente si así lo queremos.
Entonces tú, Señor, vives dentro de mí, y me inspiras, y me das amor, y me das fuerza, y me das alegría; que es lo más difícil de conseguir.
Qué triste cuando se dice: “Bueno, ya total peco y ya… luego me confieso”. Eso no es cierto. Eso que pensamos que es “la maravilla”, acaba siendo un gran remordimiento.
Recordemos una cosa: No hay algo más grande en el mundo que estar en gracia de Dios.
¡Convéncete! No hay cosa más grande en el mundo que estar en gracia de Dios. Y si perdemos el estado de gracia hay que buscar recuperarlo pronto. Recuperar pronto ese estar en gracia, por el sacramento de la confesión. ¡Y qué alegría!
Por eso decía Juan Pablo II, que el sacramento de la confesión es el sacramento de la alegría; pero cuidemos también de no abusar de la confesión.
No está bien pensar: “Bueno, peco y luego me confieso”, ¡No, eso no está bien! Eso nos haría más infelices. No expulsemos a Dios de nuestro corazón.
Luego tenemos un gran tesoro que podemos ir acumulando en esta vida. Es dar nuestra vida y dar nuestro corazón y nuestro afecto a las personas de nuestra familia.
Un tesoro es una familia unida. Un tesoro es un rato de familia en casa. Un tesoro es convivir con los demás, con nuestros padres, con nuestros hermanos, los padres con los hijos, los hijos con los padres; el ambiente de familia, el comer en familia, el comprendernos, el querernos. Eso no tiene precio. Eso se dice: ¡es un tesoro! Y a veces lo dejamos ahí de lado. Ahí tenemos una gran oportunidad de recibir cariño y, sobre todo, de darlo. Ahí tenemos un tesoro que hemos de conservar: el tesoro de nuestra familia.
También, pensemos, dice el Señor: “Almacenar tesoros en el cielo”. ¿Qué quiere decir eso? Pues nuestras buenas obras cada día, nuestra lucha por agradar a Dios, nuestra vida diaria, por ejemplo, tratando de poner en práctica las enseñanzas de Cristo.
Por ejemplo, mostrar misericordia con alguien, perdonar a alguien; siendo fieles a los compromisos que tenemos cada uno como padres de familia, o como hijos de familia, como hermanos. Cuando uno es fiel a sus compromisos diarios y se empeña en eso, va acumulando un gran tesoro en el cielo. Cuando rezas por las personas, estás almacenando un tesoro para esa persona. Cuando perdonas, cuando procuras ser un instrumento de paz.
Verdaderamente los bienes invisibles son los bienes más valiosos del mundo. Los bienes materiales, los tesoros materiales nos contentan un poco, una temporada y después otra cosa; queremos una cosa distinta. ¿Por qué? Porque nos quedamos con una sed muy grande: la sed de Dios, la sed de infinito.
Pidamos al Señor, en este rato de oración, que nos ayude a valorar realmente lo que vale la pena y a no “agrandar” con la imaginación aquellas cosas que, siendo buenas, no son capaces de saciar el corazón. Por lo tanto; no acumulemos tesoros en la tierra, de ese tipo; acumulemos tesoros espirituales para nuestra vida y, sobre todo, acumulemos tesoros en el cielo dándonos a los demás, haciendo cosas por los demás.
Y veremos que sí, que cuando lleguemos a la vida eterna, con la gracia de Dios, nos encontraremos todas las cosas buenas que procuramos hacer en la tierra, tanto bien que hicimos por las personas.
Esa va a ser parte importante de la alegría del cielo: ver que nuestra vida fue una vida útil, una vida con Dios, y veremos en el cielo, con la luz de Dios, cuántas cosas buenas pudimos hacer por los demás, porque estuvimos dedicados, buena parte de nuestra vida, a acumular tesoros para la vida eterna.
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