Nunca pensé que lesionarme me haría sentir tan invisible.
Hace dos meses tuve un dolor agudo en la rodilla izquierda que me impedía caminar bien y me producía un dolor muy fuerte. Tuve que parar y…
Nunca pensé que lesionarme me haría sentir tan invisible.

Hace dos meses tuve un dolor agudo en la rodilla izquierda que me impedía caminar bien y me producía un dolor muy fuerte. Tuve que parar y descansar para poder desinflamarla. Para mí fue un impacto muy grande porque soy cabeza de familia y trabajo prácticamente con mi cuerpo.
Comencé la cruzada por el sistema de salud: buscando turnos, esperando la aprobación de la obra social, conviviendo con la incertidumbre de: ¿qué tengo?, ¿qué va a pasar?, ¿cuánto tiempo voy a estar así?
Cuando por fin logré la cita con el traumatólogo general, este me llenó de reproches, temores y más dudas. Me envió a hacer kinesiología sin tener aún un diagnóstico. Yo me dejé llevar, fui a ciegas pensando: ¡estoy en sus manos!
Pasé semanas siguiendo las instrucciones, a pesar de la presión económica y la incertidumbre voraz, tratando de relajarme y confiar en el proceso. Al fin y al cabo, me repetía que el tiempo era mi aliado.
Pero entrar en este sistema viciado es agotador. Uno va al médico buscando algo más que un diagnóstico. Busca claridad, alivio, aunque sea una sensación mínima de que alguien entiende el miedo que uno carga por dentro. Yo llegaba a cada consulta esperando respuestas y salía más desolada que antes.
En estas semanas descubre que cada médico parece preocuparse sólo por la parte de su especialidad que le corresponde. Ya no te miran como una persona con una dolencia que sanar, sino como un número más. Dejas de ser Karín Cova para convertirte en el número de orden XYZ123.
Es como si, cuando llegas con una orden de una obra social, existiera un tiempo limitado de atención, y quedarte unos minutos más significativos ocupar un espacio que no genera dinero.
En mi caso, el traumatólogo general vio el resultado de la resonancia magnética y me derivó al especialista, como si mi problema dejara automáticamente de pertenecerle.
El especialista apenas miró la resonancia para decidir si mi rodilla era o no de operación. No me preguntó cómo trabajo, cuánto tiempo paso de pie ni cómo esa lesión estaba afectando mi vida. Sentí que solo necesitaba clasificarme rápido y seguir con el siguiente paciente.
La única persona que realmente me explicó algo fue la kinesióloga. Tal vez porque es mujer, tal vez porque todavía conserva cierta sensibilidad humana dentro de un sistema agotado. Aun así, también sentí límites, tiempos cortos y respuestas incompletas.
Y ahí entendí algo triste: muchas veces la medicina ya no se siente humana. Se siente mecánico, comercial, rápido. Como si uno fuera un expediente que pasa de mano en mano.
Me sentí como un balón de fútbol, de patada en patada.
Quizás la lesión en mi rodilla no fue lo más difícil de atravesar. Quizás lo más difícil fue descubrir lo solo que uno puede sentirse cuando más necesita orientación, respuestas y acompañamiento.
Porque cuando acudimos a un médico, no buscamos únicamente un tratamiento. También buscamos sentir que alguien nos ve, nos escucha y comprende que detrás de cada estudio, cada resonancia y cada diagnóstico, hay una persona intentando reconstruir su vida.
메타데이터
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