Cuando conocí a Oswaldo Reynoso
Oswaldo Reynoso llegó a Huacho con su espíritu joven y sus libros. Lo que nos dejó fue mucho más que una conferencia.
Cuando conocí a Oswaldo Reynoso
Oswaldo Reynoso llegó a Huacho con su espíritu joven y sus libros. Lo que nos dejó fue mucho más que una conferencia.
A sus 85 años, Oswaldo Reynoso tenía el espíritu joven, el cabello completamente canoso y el aire de viejo bonachón. Viajaba, viajaba y viajaba. Recorría todo el Perú promocionando y ofreciendo sus obras. Alguna vez dijo que él mismo era el primer pirata de sus libros. Siempre tenía una crítica para las editoriales transnacionales: para él, estas siempre estaban preocupadas por el mercado, por vender, vender y vender a costa del autor.

En uno de esos viajes llegó a Huacho. Se presentó en la universidad de ese distrito famoso por la salchicha. Lo recuerdo muy bien: era una tarde de agosto de 2006. Yo tenía quince años y, aunque acababa de leer Los inocentes en una antología del cuento peruano, del rostro de su autor no sabía nada. No sabía cómo era físicamente y tampoco, a decir verdad, era algo que me quitara el sueño. Siempre me he interesado poco o nada en la vida privada de los escritores. No sé, creo que, en el fondo, es un temor a que me decepcionen con algún defecto puramente humano que la buena literatura sabe ocultar.

Escuché su conferencia. Habló sobre la crisis del sistema educativo, sobre el famoso Plan Lector y el equivocado enfoque que le daban los profesores al sugerir e incentivar la lectura a sus alumnos. Era evidente su don pedagógico. ¡Era un maestro! Porque aprovechaba cualquier momento para educar. Se refirió, por ejemplo, a algunos errores comunes en el uso de la lengua. Antes de finalizar, nos contó que preparaba una novela en la que abordaba sus vivencias como catedrático en la Universidad de Huamanga en los años setenta. “Era una bomba de tiempo — decía — , era una bomba de tiempo que Sendero Luminoso apareciera en Ayacucho”.
Dicen que los mejores debates y preguntas sobre cuestiones de arte y política no se hacen en el aula sino afuera de ella, en un bar o cualquier otro lugar que permita la distensión. Aquella tarde no fue la excepción. Afuera del auditorio, Daniel, un amigo mío estudiante de Derecho, se acercó a Oswaldo Reynoso y le preguntó:
— ¿Por qué algunas ediciones se titulaban Lima en rock y otras Los inocentes?
Reynoso, con una paciencia extraordinaria, nos explicó que todo era “culpa” del poeta y narrador Manuel Scorza, quien en 1958 se trazó la meta de desarrollar una empresa editorial llamada Populibros. Esta buscaba, de alguna manera, contribuir en la profesionalización del escritor peruano, presentar nuevos narradores y crear nuevos lectores a través de ediciones masivas y a bajo costo de los clásicos de la literatura universal como Balzac, Poe o Dostoievski. El autor de Redobles por Rancas le había recomendado cambiar el título de Los inocentes por otro que fuera más atractivo (por no decir comercial) para los lectores. Luego de una negociación llegaron a un acuerdo: el título sería Lima en rock y saldría con el añadido “Los inocentes” entre paréntesis. Scorza vio todo con ojos comerciales; vio en Reynoso una oportunidad de éxito. Estaba seguro de que el libro tendría buena acogida por el contexto social y cultural que se vivía en Lima en aquellos años.

El maestro estaba terminando su explicación cuando llegó corriendo su tocayo, nuestro amigo Oswaldo Palacios, joven estudiante de Comunicación Social. Se había enterado tarde del acontecimiento. Saludó al maestro y compró un ejemplar de En octubre no hay milagros. Luego le preguntó qué se necesitaba para ser escritor.
— Leer mucho y ser disciplinado — le respondió sonriente Reynoso, y agregó:
— Ustedes se acercan a mí como yo de joven me acercaba a los escritores genios que más admiraba, entre ellos, Martín Adán.
Nos reímos todos. Luego miró su reloj y dijo que tenía que partir. Se despidió de nuestra “pandilla” y le agradecimos por haber venido a “esta pequeña ciudad”.
En ese momento me acordé de una anécdota que había escuchado en un programa cultural en Perú TV. El escritor de La casa de cartón le había dicho lo siguiente a un joven Oswaldo Reynoso que, apenas unas semanas antes, había publicado en el bar Palermo del Centro de Lima Los inocentes:
— Después de leerlo he sentido miedo por usted. Un escritor como usted va a sufrir mucho en un país como el Perú.
¿Se equivocó en sus predicciones el poeta Martín Adán? No. Sus palabras fueron la advertencia que un hermano mayor le da al más pequeño de la familia.
A Oswaldo Reynoso la crítica de su tiempo no lo comprendió, se indignó. Como si tocar ciertos temas en la literatura fuera un tabú. Su obra fue tildada de “vehículo de divulgación pornográfica”. El autor fue señalado de “marxista rabioso” para abajo por gran parte de una crítica oficial peruana tantas veces anclada en el pasado, ajena al devenir y a la cruda realidad.
Seguramente, si tuviéramos que elegir a los tres integrantes más representativos de la narrativa de la Generación del 50, estos serían: Ribeyro, Vargas Llosa y Reynoso. A su manera, los tres grafican el espacio urbano limeño. Ribeyro, en La palabra del mudo, dibuja a través de sus personajes la frustración y el fracaso de la clase media y del migrante. Vargas Llosa, persiguiendo la novela total, describe en Conversación en La Catedral una sociedad heterogénea dividida por la violencia y la corrupción. Reynoso, en Los inocentes, retrata a la clase baja limeña, a los barrios marginales, al mundo del hampa. Así, Cara de Ángel, Colorete, Carambola, Manos Voladoras, Príncipe, Choro Plantado, etc., son espejos de una juventud sin oportunidades, expuesta al vicio y al delito.
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