La banda nunca te va a abandonar
Miro la hora en el celular. Estoy llegando tarde. Agarro apurada mi campera de cuero, me pongo un poco de perfume y me cuelgo la cartera…
La banda nunca te va a abandonar

by Pau Ramos
Miro la hora en el celular. Estoy llegando tarde. Agarro apurada mi campera de cuero, me pongo un poco de perfume y me cuelgo la cartera. Al salir del edificio, camino hasta la esquina donde está la parada del 130. Ahora que vivo un poco más cerca, tengo un colectivo que me deja justo. Mientras espero, pasan varios colectivos abarrotados de personas que agitan botellas de plástico cortadas a la mitad, rellenas de un líquido dudoso. Entonan una canción, como un coro celestial. Miro al piso, hago una mueca de risa. El semáforo da verde y los micros siguen por la avenida. A lo lejos, desaparece el ritmo de las gargantas llenas de alegría.
Viene mi colectivo, me subo y pago. Mi tarjeta SUBE me recuerda que la vuelta va a estar difícil porque no tengo carga. Al lado mío se sienta una señora: “¿A qué hora empieza? Quiero llegar a mi casa”. Le contesto que 21.45. Lo digo así, como si fuera un mensaje robótico, porque nunca aprendí a decir la hora “menos cuarto” (reconozco mis limitaciones). El viaje se hizo corto, tal vez por mi ansiedad. Es la primera vez que voy sola. Completamente sola. Bueno, en realidad, estamos yo y mis otros yos que me acompañan.
Me bajo y espero el semáforo. Cuando nos permite cruzar, una ola humana invade la avenida. Camino segura, porque conozco el recorrido. Zigzagueo en la calle como si estuviera en una Ferrari, trato de esquivar a la gente. No tengo apuro, solo que no me gusta quedar atrás de los lentos. Paso los controles y, al llegar al lugar, veo el tumulto. Había una única puerta para todos. Se acumulan las hormigas en la fruta porque tienen hambre de gloria.
Subo la interminable escalinata. Me siento una flojita, pero veo que a todos les cuesta. Pienso: “¿Cuándo van a poner una escalera mecánica?”. Me río de mis pensamientos chetos. Llego a la entrada de la próxima escalera. Ésta es un poco más difícil, está llena de gente sentada. Mi meta siempre es arriba, bien arriba y al medio. Tomo aire y arranco: permiso, permiso, perdón, permiso, uh disculpá, ay gracias, perdón, permiso, permiso. Piso gente, me apoyo en hombros, levanto las piernas y finalmente encuentro un hueco. Miro alrededor, estoy acorralada por hombres. Lo’ muchacho’ ya están gritando cosas y fumando. Me hago un lugarcito y me siento. Reviso el celular y falta un rato largo, así que saco de la cartera el libro que traje. Y me pongo a leer rodeada de gente, de mucha gente. Me pongo a leer con una rodilla en la nuca del pibe que esta atrás. Me pongo a leer con gente que me pasa por arriba, porque quiere llegar más alto que yo. Me pongo a leer en la tribuna. Me pongo a leer en la popular. Me pongo a leer mientras insultan, mientras cantan y mientras saltan.
Se escucha la voz del estadio y me paro para aplaudir la formación del equipo, que aparece en la pantalla. Se despliegan unas tiras largas que la gente zamarrea, serpientes inmensas de color rojo y blanco. En la popular de en frente, se escuchan los bombos; es nuestra señal para ponernos todos de acuerdo con la canción. Entra el equipo, las manos se sacuden en el aire y la gente grita afinada. Las hormigas tienen hambre de gloria. Suena el silbato y comienza el juego. Cantos, gritos, silbidos, puteadas, más puteadas, la madre del árbitro, los huevos faltantes de los jugadores contrarios, los “uh” largos como la esperanza, lo rezos de los agnósticos, los porros que se iluminan, los aplausos a los valerosos. Termina el partido. Perdimos. Digo perdimos porque la canción dice: “los partidos se ganan dentro de la cancha y acá en los tablones”.
Me siento un rato en la tribuna a esperar a que se despeje la salida. Lo logré. Logré venir sola a la cancha. Yo sola; yo y mis otros yos. Porque, con mi campera de cuero, vinimos la punkie, la intelectual, la ilustradora infantil, la fanática de los cactus, la diseñadora, la ñoña de los libros, la amante de los perros y la hincha. La banda completa.
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