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Pasante, episodio 3: el pádel

“No todo en la vida es golf”, me dijo Zamarripa mientras me daba un par de golpecitos en la espalda. “Por supuesto que no, hay toda una…

Miguel Pulido · 2025-01-26 23:21 · 4 claps · 12.1 min read
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Pasante, episodio 3: el pádel

“No todo en la vida es golf”, me dijo Zamarripa mientras me daba un par de golpecitos en la espalda. “Por supuesto que no, hay toda una gama deportiva, de manera general, y prácticas relacionadas con el concepto de raqueta, ya más en lo particular, que son igual o incluso más apasionantes” exclamé enfáticamente. “¿Más que el golf?, no digas mamadas Pasante. Además, en el pádel se divierten los ricos, en el Golf hacen negocios los hombres” escuché que decretó Zamarripa, mientras yo me ataba los cordones de los tenis de colores chillantes que recién había comprado.

A propósito de las explosivas tonalidades de mi calzado, me permito hacer aquí una digresión para testificar cómo los adquirí, en tanto resultó un asunto de complejo trámite. Por principio debo decir que si bien no guardo rencor de ningún tipo por los deportes, lo cierto es que no albergo pasión alguna por comprar ropa o aditamentos especiales para su práctica. La constatación de mi dicho la ofrece el hecho de que mi guardarropa en la categoría de vestimenta para ejercitarse se extendía, hasta antier, de manera taxativa a: unos shorts que alguna vez fueron unos pants, unas bermudas floreadas que propiamente son mi traje de baño, un par de buenas playeras interiores y unos discretos tenis de suela lisa. Ni siquiera unas calcetas deportivas tenía.

Lo anterior viene a colación derivado de mi registro en el torneo de pádel del despacho. En circunstancias normales, por principio, es una actividad de la que no habría participado. Menos frente a la carga acumulada por mis responsabilidades laborales y los asuntos en los que me han solicitado apoyo, entre otros, la regulación de Airbnb, el caso en la Bolsa de Valores de Elektra y, en especial, con el tiempo que me reclama terminar la propuesta para Fer. En el excepcional caso de un involucramiento, insisto, en incidencias ordinarias, no me habría importado ir a jugar con las prendas que poseo. No obstante, tuve conocimiento del registro de Fernanda en el certamen atlético que organiza el departamento de erre-ache con el propósito de mejorar el clima laboral de nuestra firma. Ello explica que mi interés difuso haya mutado a legítimo.

Con esos antecedentes, ayer por la tarde me apersoné a la Padelmaniac de Polanco para hacerme de un par de tenis, unas calcetas, unos shorts y una playera, que son precisamente el refulgente atuendo con el que me presenté a la competencia. Como he dicho, la operación de compra no fue una diligencia de fácil consumación. Tras desahogar una primera inspección ocular del establecimiento y su oferta, además de llegar a la conclusión de la frivolidad del ambiente, no distinguí nada que me pareciera atractivo. Decidí entonces asesorarme. Localicé a un joven que portaba el uniforme de la empresa y traía bordado el nombre a la altura de la tetilla derecha: Ricardo Rolón. Me interpuse en su camino. “Hola Ricardo, mi hermano es un gran jugador de pádel” le dije, “y quiero regalarle un kit de ropa para que lo practique, una playera, unos shorts, unos tenis y unas calcetas”. “Buenas tardes. Será un gusto atenderte. ¿Qué talla es?” me inquirió por su parte con notoria amabilidad el sujeto uniformado. “La misma que la mía, somos hermanos gemelos. De los idénticos. Los verdaderamente idénticos. Tan gemelos y tan idénticos que calzamos del mismo número, medimos lo mismo y hasta pesamos lo mismo. Él -esto lo dije refiriéndome a mi supuesto hermano, recurso que he atestiguado desarrolla Gurvitz y que decidí utilizar para disimular que la ropa era para mí- juega en los clubes más exclusivos y no me gustaría que su atuendo desmereciera los códigos sociales de dicho entorno o que mi regalo le resultara inapropiado a sus competidores”. Mientras yo hablaba, el muchacho, que en esas instancias me pareció simpático, sólo asentía de manera ponderativa, como dejando de manifiesto que tenía todo bajo control y que la historia del flamante padelista ausente le tenía sin cuidado. “Ahora te traigo unas opciones”.

El espigado chaval se desapareció por unos minutos y regresó con unas prendas más ridículas que otras. Le reproché con la mirada el gusto, pero después suavicé mi veredicto al pensar que escapaba a mi conocimiento si alternaba su trabajo precario de vendedor de tienda con la maña antisocial de ser grafitero, si era débil visual y no distinguía los colores que trascienden la categoría de llamativos o si lo correcto para practicar pádel es disfrazarse de señalética de seguridad industrial. Fluorescencia máxima, trazos interrumpidos y materiales y fibras textiles de dudosa consistencia. Le dije nuevamente, de manera amable pero enfática, que mi hermano gemelo va a clubes refinados, no a los arrabales a los que acudiría él. Por el tono y la forma en la que me ratificó que me había traído lo mejor, aprecié que se molestó.

Ante tal estridencia, elegir ajuar resultó difícil. Pero no fue sólo debido a las tonalidades tan bulliciosas que parecían una confrontación entre los estilos de Daddy Yankee y Bad Bunny, también he de asentar que el mozalbete en cuestión tuvo en todo momento una actitud invasiva que produjo incomodidad en mí. Su mirada fija se alternaba con preguntas para conocer detalles sobre mi hermano o comentarios sobre las pretendidas virtudes de uno u otro accesorio. Trabajo adicional me significó el poder ver los precios, pues el infeliz trabajador con la responsabilidad de asignarlos a cada prenda escogió los lugares más recónditos para ubicarlos. Tuve que hojear los cuadernitos que ahora cuelgan de las etiquetas con información, fotos, detalles de producción, letanías ambientales y compromisos de inclusión sexogenérica para encontrar unas cantidades notoriamente desproporcionadas.

“Oye Ricardo,” dije ya con cierta frialdad, “fíjate que mi hermano practica de forma tan asidua el pádel que me comentó que necesitaba una raqueta nueva”. El fulano me vio fijamente a los ojos y dijo “pala”. Visto lo flaco y lo poco agraciado, dudé si sería algún inmigrante de un exótico país, incapaz de pronunciar el fonema -ere- que preguntaba el propósito de la raqueta nueva. Lo vi desafiante de vuelta, ya propiamente con furia, e hice una seña invitándolo a que fuera más puntual. “La pala es el instrumento de juego del pádel, tiene forma de raqueta pero se llama pala” precisó. Qué locura pensar que podría ser extranjero, ni modo que chino, me dije tras notar que pronunciaba perfecto todos los sonidos propios del español. El terminajo usado para referirse a la raqueta-no raqueta me pareció pretencioso, pero no lo mencioné. Posteriormente, flotando en los aires de la efímera superioridad moral que le daba su conocimiento frente a mi ignorancia, el tal Ricardo continuó “¿quieres una pala de potencia o una equilibrada?” A esas alturas nuestra dialéctica ya era peor que la del titular del Ejecutivo con la Ministra presidenta, de tal suerte que, en represalia, decidí ejercer presión verbal sobre él. “Obvio una equilibrada” dije con el fastidio de quien domina un tópico y se le inquiere algo básico “mi gemelo juega con tal fuerza que se le rompen mucho las cuerdas de la pa-la -enfaticé- por lo que se ve obligado a cambiarlas con inusitada frecuencia, una de potencia no resultaría el recurso idóneo, ¿no crees?” El infausto vendedor me regresó una sonrisa ridícula, se dio media vuelta y se fue haciendo extraños ruidos que me dieron la impresión de ser llanto. Me sentí mal por la densidad del intercambio y por abusar de mi poder de cliente. Como si hubiera tenido un desplante similar a los que suele practicar Berlanga… o Gorostiza… o Gurvitz… o casi cualquiera del despacho cuando va a un restaurante. ¡Qué gesto tan reprobable! Para calmarme me dije: yo no empecé.

No estaba la cosa para peculiaridades, pero cuál fue mi sorpresa cuando el mentecato vendedor volvió con un artefacto, bastante ridículo por cierto, que si bien emulaba la figura de una raqueta, carecía de encordado. “Esta pala cuenta con un cuerpo de carbono y su forma redonda otorga muy buen control” espetó mientras acariciaba con aires de triunfo la mentada superficie carbónica, lisa, que conectaba de extremo a extremo el marco, evidenciando con sus caricias que no había cuerdas. “Si tu-her-ma-no juega en buenos clubes y en un alto nivel, le va a fascinar. Se va a dar cuer-da” dijo con un énfasis en las palabras “hermano” y “cuerda” que no escondía que a esas alturas ya me tenía bajo candonga. Estuve a punto de decirle que ser asalariado no lo autorizaba a tal hostilidad, pero la prudencia me llevo a sólo soltar un “sí, creo que esta puede funcionar”.

Junté la mentada pala con el acervo de accesorios restantes, sin poder obviar que su precio equivalía prácticamente a un mes de salario mínimo. Tras hacer un estimado de a cuánto ascendería la cuenta, hice un cálculo pensando si con lo de la tanda llegaría. Saqué mi teléfono y abrí el chat de la oficina, discriminé una abundante lista de mensajes y fui al que lo había causado todo. Mis ojos se enfocaron en un sólo nombre: Fernanda Esponda. Pues sí, la documental pública estaba a la vista, en Whatsapp. Fer escribió su nombre inmediatamente después del número consecutivo que le correspondía, manifestando que era su intención inscribirse. Cerré los ojos y la recordé. Unánime. Firme. Plenipotente. Respiré hondo y finalmente me decanté por los shorts amarillo pollo eléctrico y la playera con el estampado compuesto de trazos erráticos en verde limón, que bien podrían haber sido hechos por una persona en pleno ataque epiléptico. Caminé a paso firme hacia la caja para finiquitar el acto de comercio, huyendo de cualquier nuevo contacto con el jovenzuelo que me atendió. Lo hice de manera incómoda, pero manteniendo la dignidad.

“¿Con quién vas de partner?” me preguntó Zamarripa. “¿De partner? ¿Cómo que de partner? ¿No me digas que los de erre-ache invitaron a los socios? ¿Qué ésta actividad no tenía el propósito de integrar al equipo?” exclamé con cierta sorpresa. “Que con quién juegas de pareja, wey. Es pádel, se juega de dos” abundó Zamarripa un poco desconcertado. “Ah, es eso. Bueno, pero ¿cómo? ¿Este deporte sólo se juega de dobles?” rezongué airadamente. Importa manifestar que encuentro pocas cosas tan escasamente estimulantes como tener el desempeño individual vinculado a las competencias de otra persona. Malaya la hora en la que formalicé mi voluntad para participar en esta justa deportiva, me reproché mentalmente y pensé que incluso podría estar haciendo algo más personal, como releer la crítica de Garner al clásico tratado sobre la jurisdicción administrativa de Laferrière. “Desconozco esa información y por qué medios surtieron efectos dichas notificaciones” dije. Zamarripa rió a carcajadas como si hubiera contado un chiste y entre gimoteos completó: “lo mandaron al chat”. Después se volteó a saludar a Elena Fonseca que llegó acompañada de Berlanga, vestidos en sendos atuendos chillones.

Fue en ese momento cuando comenzaron a suscitarse una serie de incidencias de compleja narración que, en el ánimo de facilitar su procesamiento, describiré acudiendo a la técnica cronológica. El primer hecho que merece mención es el momento en el que noté que desde el fondo de una de las simpáticas canchitas una persona trataba, con destacada persistencia, de hacer contacto conmigo. Yo hice considerables esfuerzos por esclarecer de quién se trataba, pero todos resultaron infructuosos. Después llegó Gorostiza, “Pasante, hazme un paro”, dijo sin saludarme. Bueno, propiamente, ni a mí, ni a Zamarripa, ni a Elena Fonseca, ni a Berlanga, ni a Paco Benitez, ni a dos profesionistas recién titulados que laboran en esquemas de deprimida paga, que se habían sumado al grupo y que encuentro imperioso manifestar, estando todos juntos, parecíamos vestidos para participar en una justa del Intercolegial de Baile. Gorostiza desplazó mis cosas de la banca, prestando poca atención a la caída al suelo de mi pala recién comprada y ocupó la plaza que estaba junto a mí. Yo seguía haciendo mi mayor esfuerzo, incluidos movimientos para esquivar el obstáculo que me significaban los cuerpos de Elena Fonseca y Benitez, con el propósito de reconocer quién diantres me hacía señales con tal insistencia. “¡Madre mía!” exclamé con espontaneidad y vigor. “¿Qué pedo?” dijo Zamarripa interrumpiendo su otra conversación y con genuina preocupación. Gorostiza, a quien entre otras cosas lo caracteriza ignorar todo lo que sucede y que no está relacionado con él, al unísono volvió a dirigirse a mí: “Pasante, cámbiame de pareja mamón.” Aunque las expresiones ocurrieron al mismo tiempo, yo decidí ignorar a Gorostiza y atender la interrogante de Zamarripa. “Todo en orden Zama, me golpeé un dedo con la pala”. “Pus no mames, se te puso la cara como si hubieras visto a un muerto” dijo él. “Los muertos no venden”, expresé quedito. Gorostiza aprovechó y me acercó la boca al oído e hizo una figura cóncava con su mano, en ese gesto tan tradicional de quienes pretenden decir algo en secrecia: “pinche Pasante, cámbiame de pareja, puto, no seas culero.” Aquí conviene asentar que Gorostiza tiene una atípica muletilla para solicitar favores en la que acompaña su petición de una retahíla de insultos: ayúdame pinche ojete, ándale no seas mierda, ¿vas a tirar paro o qué, puñetas? ¿Tons qué, pinche mamón, me ayudas? Y otras más que no conviene ahora desarrollar. “Vete a la verga, Pasante” insistió Gorostiza con tenacidad y en voz muy muy baja me susurró “te tocó jugar con la mami de Fer, imagínate qué rico oírla gemir mientras juega. Por fa, cámbiame de pareja wey”.

Ni bien había terminado su frase, mi único deseo era agarrarlo a palazos, y obvia decir que no me refiero a propinarle de golpes con un palo, sino con el artefacto que describe la forma de una raqueta, cuya denominación apropiada es pala, pero una concatenación de eventos lo impidió. Encuentro pertinente insistir en que la proximidad a la simultaneidad en la incidencia de los hechos me significa una complicación para su adecuado abordaje, lo que incluye un límite al uso de la aproximación cronológica, por lo que no puedo dar fe de su orden y precisión. El punto es que, además del coraje anidado en el pecho tras escuchar las expresiones de Gorostiza, sentí una punzada en el ombligo, causando un dolor como si quisiera desplazarse de su lugar. Maldito coraje que me está haciendo pasar este individuo y con las advertencias que me ha hecho el gastroenterólogo de no somatizar, pensé. Tuve que quitar la exótica expresión que tenía a causa del vertiginoso acaecer porque en ese preciso instante llegó Fer misma. “Hola pareja” me dijo con una sonrisa salerosa y se postró frente a mí suprema. Definitiva. Inmutable. Pareja, qué lindo suena pensé y quise devolverle la sonrisa, pero justo distrajo mi atención que Martina Della Vecchia, la encargada de organizar el torneo y responsable en erre-ache de temas de diversidad, equidad e inclusión dijo con entusiasmo de animadora: “buenos días profe Rolón, muchas gracias por recibirnos en tu club. Nos han tratado de lujo. ¡Te-pa-sas!”. De pronto, en mi campo visual -justo detrás de un hueco entre los colegas arremolinados- apareció la persona a la que se dirigía Martina, quien no sólo era el sujeto que a lo lejos trataba de hacer contacto conmigo, sino, principalmente, el mismo fulano que me había atendido en Padelmaniac. “Con gusto Martina, tú sabes que me encanta alternar tiempo entre mi tienda y mi club” dijo enfatizando el pronombre posesivo que usó dos veces para referirse, primero a la tienda y con posterioridad al club. “Es un privilegio tener gente tan refinada”, remató y me clavó una mirada socarrona que rayó en la mojiganga.

Es preciso reiterar que el concurso de circunstancias fue frenético. Raro. Atiborrado de detalles. Lo cual me tenía en ese punto ciertamente abrumado. Impávido. Sin capacidad de reacción. Por tal razón no pude prestar mucha atención a los saludos emotivos y las felicitaciones que, aquellos que sabían quién era Ricardo Rolón, le expresaban. Sin embargo, y a pesar de su impronta discreta, si pude llegar a la conclusión de que se trata de un jugador profesional de alto nivel además de empresario destacado del mundo del pádel. Ni una cosa ni la otra le quitan la cara de pusilánime, debo decir.

Fue justo en ese momento, cuando todo estaba mal, que todo empeoró. Comencé primero a sentir una pérdida del campo visual y, posteriormente, la sensación como si alguien le estuviera bajando el volumen a lo que sucedía en mi entorno. Me estoy mareando y el ombligo se me está desplazando hacia la ingle. No conozco esta sensación gástrica, pensé. Me llevé las manos a la zona especial tratando de mitigar el dolor y sentí los ojos de Fer sobre mí. Ella movía su angelical mano llamándome y dijo de manera juguetona, “ándale pareja”. Tuve la firme intención de levantarme, pero el intenso dolor que anidaba mi abdomen, por cierto ya protuberante a esas instancias, me impidió consumar la maniobra. Yo permanecía sentado y circunspecto decretando, como me ha enseñado Esperanza, que el dolor se fuera cuando escuché a Gorostiza decir: “Fer, Pasante me pidió que mejor yo juegue contigo”. Como si estuvieran coordinados, en concurrencia, Ricardo Rolón, que no podía quitar la sonrisa de chacota cada que me miraba, gritó, “vamos, no hay que tensar “la cuerda” -comillas al aire-. A jugar que la casa pierde”. Es menester reconocer que, a pesar del malestar y la confusión que me embargaban, tuve una fulgurante reflexión crítica respecto al inapropiado uso de la expresión “casa pierde”, pues en este caso dadas las condiciones contractuales, a diferencia de los casinos, el precio pactado por el uso de las canchas no varía dependiendo de si se juega o no, mientras que la expresión “tensar la cuerda” es propia de circunstancias musicales. No era ni siquiera un oximoron, sino propiamente una incongruencia. El dinero no compra hablar con propiedad. Cuánta racanería expresiva cabe en este fulano, pensé.

Volviendo a lo sustancial, cabe precisar que en ningún momento me fue posible demostrar el elemento volitivo. La extrema molestia me impidió refutar la calumniosa afirmación de Gorostiza de que yo no quería ser pareja de Fer. Los estragos causados por el ombligo errante eran insoportables. Mis ojos la vieron con aflicción y callé por no gritar. Decidí entonces hacerle con las manos las señas que tengo por demás memorizadas del famélico tristemente encuerado del sticker que me envió. Nuestro código. Fer me devolvió un gesto marcado por arrugas, achicó los ojos, alzó las cejas, frunció el ceño. Miradas. Fluidez.

Fue entonces cuando Gorostiza, que ya se había puesto de pie, colocó su cuerpo a reducida distancia del de Fernanda, volteó, me cerró un ojo y me tiró un beso sugiriendo complicidad. Después, la abrazó de la cintura y le dijo “Olé, qué bien te ves de padelista”. Ella le sonrió e inclinó la cabeza. Los vi alejarse.


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