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La cancelación de María Corina Machado y el falso progresismo digital

María Corina Machado acaba de recibir el Premio Nobel, y los focos del mundo la observan con una mezcla de sorpresa, prejuicio y…

Gaston Cozzetti · 2025-10-14 14:20 · 0 claps · 3.2 min read
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La cancelación de María Corina Machado y el falso progresismo digital

María Corina Machado acaba de recibir el Premio Nobel, y los focos del mundo la observan con una mezcla de sorpresa, prejuicio y admiración. Mientras tanto, en el enjambre digital — ese ecosistema descrito por Byung-Chul Han donde todos emiten opinión pero pocos piensan — , su figura se convierte en blanco de una maquinaria que confunde disidencia con enemigo. El progresismo digital, incapaz de procesar matices, la ha reducido a una caricatura: “sionista”, “agente del imperio”, “vendepatria”. Una vez aplicada la etiqueta, todo lo que diga o represente queda automáticamente cancelado.

El nuevo comodín moral

El conflicto en Gaza se ha convertido en el nuevo comodín moral de la izquierda internacional. Mencionarlo parece otorgar automáticamente un certificado de virtud, sin importar la ignorancia o la distancia con que se lo haga. En esa lógica, basta recordar una carta que Machado firmó en 2018 — dirigida a Netanyahu, en el contexto de una solicitud de apoyo internacional contra las violaciones de derechos humanos en Venezuela — para tildarla de “sionista”. Mientras tanto, el Helicoide sigue lleno de presos políticos, los hospitales colapsan, los maestros cobran menos de 20 dólares al mes y más de siete millones de venezolanos han huido. Pero para el progresismo digital, es más urgente debatir un tuit que mirar un país desangrado.

El falso progresismo y la empatía selectiva

Byung-Chul Han advierte que la sociedad del enjambre no busca la verdad sino la viralidad. En ese espacio, la indignación es una forma de placer. Se comparte, se reacciona, se aplaude o se condena en masa. Pero esa empatía es selectiva: se enciende frente a conflictos que alimentan la estética de la indignación y se apaga ante el dolor que incomoda su relato. El progresismo digital llora por Gaza pero calla ante los desaparecidos de la DGCIM; critica las sanciones, pero nunca menciona que el hambre y el éxodo comenzaron antes de ellas; habla de soberanía, pero no ve que Maduro gobierna con la tutela de La Habana, Pekín y Moscú.

El doble estándar de la empatía

Muchos progresistas denuncian cualquier gesto de apoyo internacional a la oposición venezolana, tachándolo de “intervencionismo”, mientras normalizan el intervencionismo cotidiano de una dictadura que reprime, censura y exilia. Rechazan la idea de una posible mediación o presión externa, pero no se inmutan cuando el régimen entrega el Arco Minero a corporaciones chinas y rusas, o cuando el oro y el coltán se trafican bajo protección militar. Critican una hipotética intervención de Trump mientras Maduro, con sus grupos armados y sus cárceles secretas, ejerce una versión tropical de la misma lógica autoritaria.

Cuando la disidencia ya no es de izquierda

En Venezuela, la disidencia ha dejado de ser un privilegio de la izquierda. Hoy, quienes se atreven a cuestionar al régimen desde cualquier ángulo son perseguidos, exiliados o silenciados. El propio Partido Comunista de Venezuela fue ilegalizado por oponerse al madurismo, y figuras históricas del progresismo latinoamericano — como Pepe Mujica o Nestor Kirchner — han reconocido públicamente el fracaso del modelo bolivariano. Pero el progresismo digital, incapaz de actualizar su narrativa, prefiere sostener la ficción de que Maduro es víctima y no victimario, que la miseria es resistencia, y que la crítica es traición.

La diáspora como herida colectiva

La diáspora venezolana — esa que llena las calles de Bogotá, Santiago, Madrid o Buenos Aires — es el testimonio vivo del colapso. Millones de personas que no emigraron por neoliberalismo, sino por hambre, persecución y desesperanza. Y, sin embargo, desde el confort de sus pantallas, muchos progresistas desconfían del exiliado: lo tildan de derechista, de ingrato, de traidor. Han convertido el dolor ajeno en un filtro ideológico. En el enjambre digital, la empatía depende de la etiqueta política, no del sufrimiento real.

Pensar sin consignas

Byung-Chul Han sostiene que la masa digital no piensa: reacciona. Su aparente diversidad es una ilusión, una multiplicación de lo mismo. Quien se atreve a disentir — como Machado, o como tantos venezolanos que simplemente piden libertad — se convierte en anomalía, en ruido que debe ser silenciado. Pero la democracia no se construye con unanimidad, sino con conflicto, y el pensamiento libre no se mide por su alineación sino por su riesgo.

Epílogo

El falso progresismo digital se ha vuelto espejo del autoritarismo que dice combatir: uniforma, censura y moraliza. Machado no es un ícono perfecto — ningún líder lo es — , pero su cancelación revela el grado de hipocresía de un sistema que prefiere una izquierda obediente a una disidencia incómoda. Mientras tanto, los que huyeron siguen trabajando en silencio, enviando remesas, reconstruyendo vidas desde cero, y observando con asombro cómo el mundo elige mirar hacia otro lado. Quizás el verdadero gesto de resistencia, hoy, sea pensar por cuenta propia, aun cuando eso implique quedarse solo.


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