Aprender a no ser mi propio castigo
Del cuerpo usado como refugio al deseo de estar en paz conmigo
Aprender a no ser mi propio castigo
Del cuerpo usado como refugio al deseo de estar en paz conmigo
Ya no escribí de él. Tal vez porque esta vez no hubo tanto que analizar, o porque, por fin, logré disfrutar sin pensar en qué vendría después. Antes no sabía quedarme en el presente: estaba con alguien y ya me dolía de antemano el momento en que se iría. O estaba con mis amigas, y una parte de mí seguía conectada al teléfono, esperando el mensaje de algún hombre.
Pero esta vez fue distinto. Estuve ahí. Lo disfruté.
No sé si fue maña suya, si reservó ese cuarto esperando que todo terminara igual, si era parte del guion o de la inercia. No importa. Yo decidí hasta dónde, y eso ya fue un avance.
Aun así, después llega la resaca invisible: esa pregunta que no se apaga — ¿por qué siempre me vendo desde el cuerpo? — . No literalmente, pero sí emocionalmente. Como si el sexo fuera la única moneda que me queda para comprar atención. Me doy cuenta de que, cuando creo que no merezco amor, me conformo con deseo.
Y deseo no es amor, pero se le parece lo suficiente como para engañarme.
A veces me descubro obsesionada con si me contestan o no, si ven mis historias, si me buscan. Vivo al ritmo de las notificaciones. Reviso si vio lo que subí, si reaccionó, si se conectó. Es agotador. Es vivir a través de una pantalla que me devuelve la versión más ansiosa de mí.
Sé que lo que más me lastima no es lo que ellos piensen, sino lo que yo pienso que piensan. Me juzgo tan duro, que proyecto mi juicio en todos los demás. Me creo mirada, desaprobada, señalada. Pero la voz que me castiga no viene de afuera. Viene de adentro, de la niña que aprendió que tenía que portarse perfecta para ser querida, y que si no lo lograba, debía castigarse sola.
No quiero seguir dándole poder a hombres que apenas conozco o que solo me usan para apagar sus propias soledades. No quiero seguir midiendo mi valor con base en cuánto me desean o en qué tanto se quedan después. No quiero que mi historia se repita en el mismo patrón: me ilusiono, me entrego, me culpo, me prometo cambiar… y vuelvo al principio.
Escribir me salva un poco. Ponerlo en palabras me obliga a mirarme de frente, sin el disfraz de la fiesta o del ligue o del drama. Me saca del loop de pensar y pensar hasta el mareo.
Y entre todo este ruido, empiezo a entender algo:
no necesito castigarme más.
No necesito seguir pagando con culpa cada vez que busco sentirme viva.
Puedo aprender a desear sin destruirme.
Puedo aprender a quererme sin condicionarme.
Lo único que quiero ahora es estar en paz.
No perfecta, no intachable, no “la que ya sanó”.
Solo en paz. Con mis errores, mis cicatrices, mi historia.
메타데이터
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- 2026-07-15 02:29:52