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El precio que nadie votó

Detrás de cada decisión económica hay un bando que gana y otro que paga la cuenta

Jesús Rodríguez · 2026-07-18 00:21 · 2 claps · 4.2 min read
#economia-política #poder-y-mercado #banca-central #realpolitik #politica-monetaria
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El precio que nadie votó

Detrás de cada decisión económica hay un bando que gana y otro que paga la cuenta

Imagen de Mircea https://street.go.ro en Pixabay

Imagen de Mircea https://street.go.ro en Pixabay

Son las nueve de la noche en un supermercado y un empleado camina por el pasillo de los lácteos con una pistola etiquetadora en la mano, cambiando precios uno por uno. No hubo ningún anuncio en la góndola, ningún cartel que explique el motivo, solo esa pistola que aprieta el gatillo y deja un número nuevo sobre el anterior, más alto, sin ninguna disculpa. Un par de clientes lo miran hacer, calculan mentalmente cuánto les va a alcanzar la plata que llevan en el bolsillo, y ninguno de ellos participó de la reunión donde se decidió que esta noche, precisamente esta noche, los números iban a cambiar.

Esa reunión ocurrió en otro lugar, mucho más silencioso que el supermercado, con aire acondicionado, mesa de vidrio y una pantalla mostrando gráficos. Ahí se discutió una tasa de interés, un desliz cambiario, un ajuste de subsidio, y se habló de esos temas con el mismo vocabulario que se usa para describir el clima, como si la economía fuera un fenómeno natural que ocurre y a lo sumo se puede prever, nunca decidir. Ese lenguaje cumple una función precisa. Convierte una decisión tomada por un grupo reducido de personas, con nombre y apellido, en un evento impersonal frente al cual no cabe reclamo posible, porque no se le reclama nada a la lluvia.

La economía se presenta ante el público como una ciencia de números neutrales, cuando en realidad funciona como el terreno donde se libra la disputa más antigua que existe, quién produce la riqueza y quién se queda con ella. Cada decisión de política monetaria, cada ajuste fiscal, cada acuerdo con un organismo de crédito internacional, reparte el peso de manera desigual entre distintos sectores, y esa distribución nunca es un accidente técnico, es la conclusión de una negociación política disfrazada de fórmula. Subir una tasa de interés protege el valor del ahorro de quien ya tiene ahorro y encarece el crédito de quien necesita pedir prestado para producir o para llegar a fin de mes. Congelar tarifas alivia a un consumidor y perfora el balance de una empresa. No existe un ajuste que beneficie a todos por igual, y quien lo presenta de esa manera está ocultando, con toda intención, la mitad del cuadro.

La independencia de los bancos centrales fue vendida durante décadas como una conquista técnica, la idea de que las decisiones sobre la moneda debían quedar lejos de la tentación de los políticos, que suelen priorizar el corto plazo electoral por encima de la estabilidad de largo plazo. Hay algo cierto en ese diagnóstico. Pero la independencia técnica no elimina la disputa política, simplemente la traslada a un cuerpo de funcionarios no electos que responde, en la práctica, a los intereses de quienes mejor entienden y mejor influyen sobre ese lenguaje técnico. Quien controla el vocabulario de la economía controla también quién queda adentro de la conversación y quién queda afuera, condenado a sufrir sus consecuencias sin haber participado nunca de sus causas.

El déficit fiscal cumple una función parecida en el discurso público. Cuando un gobierno gasta en subsidios para los sectores más pobres, el déficit se convierte en un pecado moral, la prueba de una irresponsabilidad que hipoteca el futuro de las próximas generaciones.

Cuando el mismo gasto se destina a rescatar bancos, sostener tipos de cambio favorables a un sector exportador o financiar exenciones impositivas para las empresas más grandes, el déficit deja de mencionarse con el mismo tono alarmado, se convierte en una inversión necesaria o directamente desaparece de la conversación. El número es idéntico. Lo que cambia es a quién beneficia el gasto, y ese detalle determina si la prensa, los organismos internacionales y buena parte de la opinión pública lo tratan como una emergencia o como un dato menor.

La inflación funciona con la misma lógica selectiva. Se presenta como el enemigo público número uno, el fenómeno que hay que combatir sin miramientos porque perjudica a todos por igual, y en ese punto el diagnóstico vuelve a ser incompleto. La suba de precios golpea con particular dureza a quien vive de un salario fijo, cuyo poder de compra se erosiona mes a mes, y golpea mucho menos a quien tiene activos que se ajustan solos, propiedades, dólares, acciones, cuyo valor sube junto con los precios en lugar de quedar rezagado. El combate contra la inflación, entonces, no defiende a la sociedad en abstracto, defiende con mayor fuerza a quienes ya cuentan con herramientas para protegerse, y el costo de ese combate, casi siempre medido en tasas de interés altas que frenan la actividad y el empleo, recae sobre quienes menos margen tienen para absorberlo.

Ni siquiera el producto bruto interno, ese número que los gobiernos exhiben como trofeo cada trimestre, escapa a esta disputa. Un país puede crecer en su producto agregado mientras la mayoría de sus habitantes ve empeorar su situación concreta, porque ese crecimiento se concentra en un puñado de sectores y no se traduce en salarios, en empleo formal ni en acceso a servicios.

El número sube, la fiesta se anuncia en las tapas de los diarios, y mientras tanto, en el pasillo del supermercado, la pistola etiquetadora sigue cambiando precios sin que nadie le explique al empleado ni al cliente qué parte de esa fiesta les toca a ellos.

Reconocer la economía como campo de batalla política no significa negar la existencia de restricciones reales, límites presupuestarios que existen, deudas que hay que pagar, balanzas comerciales que imponen su propia física. Significa negarse a aceptar que esas restricciones se administren siempre con el mismo lenguaje aséptico que borra la pregunta esencial, quién gana y quién pierde con cada decisión que se toma en su nombre.

La próxima vez que un funcionario anuncie un ajuste necesario o una tasa inevitable, vale la pena preguntar de qué lado de la góndola queda parado, y de qué lado va a quedar el resto.

En el supermercado, el empleado termina el pasillo de los lácteos y avanza hacia el de los enlatados, con la misma pistola en la mano, el mismo gesto mecánico repitiéndose bajo la luz blanca de los tubos fluorescentes, mientras afuera, en la calle, alguien cuenta las monedas que le quedan en el bolsillo antes de decidir si entra o si sigue de largo.


메타데이터
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