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El aburrimiento y la contemplación como resistencia al Capitalismo

He estado explorando un tema que me inquieta desde hace meses: la sobrecualificación académica que hoy parece ser requisito mínimo para…

Renata Antonella Romano · 2025-08-26 13:41 · 50 claps · 2.8 min read
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El aburrimiento y la contemplación como resistencia al Capitalismo

He estado explorando un tema que me inquieta desde hace meses: la sobrecualificación académica que hoy parece ser requisito mínimo para conseguir una plaza laboral estable. Entiendo que el algoritmo de mis redes sociales se alimenta de mis búsquedas e intereses, así que probablemente le di a Instagram la señal de que quiero continuar mis estudios después del pregrado. Desde entonces, mi feed se convirtió en un escaparate interminable de programas de posgrado. La repetición ya es molesta, pero lo que realmente me desconcierta es la absurda naturaleza de algunas de esas ofertas. ¿Un máster para certificarte como influencer? ¿Diplomas exprés en liderazgo espiritual corporativo? Estos anuncios me hicieron pensar que el problema no es solo la saturación de credenciales, sino lo que revela de nosotros: una aspiración constante a acumular títulos que muchas veces no forman, pero sí nos disciplinan. Nos convierten en individuos cada vez más productivos, aunque también más aislados.

Desde una perspectiva sociológica (mi campo de estudio) podría profundizar en cómo el auge de la sobrecualificación académica incrementa la dificultad de conseguir empleo para profesionales recién egresados, o en cómo ese mismo fenómeno impacta la valoración y permanencia de oficios igual de productivos y necesarios, como la agricultura, la ganadería o la manufactura. Pero lo que quiero abordar ahora va más allá de eso: se trata del mensaje de fondo, de la base sobre la que se sostiene todo este entramado. Identificarla nos permite reconocer la importancia de aquello que el sistema cataloga como “inútil” simplemente porque no puede sobreexplotarlo.

¿Qué es lo “inútil”?

Con este término me refiero a lo que las empresas dominantes — centradas en la generación masiva de profit — consideran carente de valor, de objetivo, incluso de sentido. Son prácticas y saberes que no buscan un fin pragmático o económico, sino que expresan de manera directa nuestra condición humana, muchas veces despreciada o tachada de innecesaria: la poesía, el arte que existe sin necesidad de ser exhibido, la escritura sin audiencia, la contemplación sin utilidad aparente.

¿Qué pasa, entonces, con aquello que no puede transformarse en ganancia inmediata? La respuesta más sencilla es que alimenta nuestra humanidad. Lo “inútil”, como categoría política, no carece de valor: más bien se resiste a encajar en la lógica de la sobreexplotación. Es un gesto de oposición frente a un sistema que solo concibe al individuo como fuerza productiva.

Un ejemplo claro es la inteligencia artificial. La IA puede generar de forma masiva textos, imágenes, ideas y todo tipo de contenidos, pero lo que no puede replicar es la experiencia subjetiva ni la sensibilidad de un gesto que no busca utilidad. Cuando se trata de escritura, yo lo llamo textos sin alma.

Por eso pienso que, en un futuro quizás no tan lejano, lo que más se valorará no será la velocidad ni la cantidad de producción, sino aquello que solo los humanos podemos sostener: la vulnerabilidad, la autenticidad del pensamiento crítico, la creación sin finalidad económica.

Desde mi campo de estudio, la sociología (particularmente en relación con la migración como proceso natural y socialmente necesario) lo “inútil” se conecta con la importancia de los afectos y la exploración identitaria. En mi proyecto anterior, cartas de amor a lugares, los textos de los participantes fueron un ejercicio de memoria e introspección que, aunque improductivo en términos de mercado, reveló lo más humano: la capacidad de crear desde la nostalgia y la vulnerabilidad.

En última instancia, creo que es precisamente la expresión humana sin fines de lucro lo que nos salva de convertirnos en simples máquinas de rendimiento. Un ejemplo histórico de ello es la Grecia clásica, donde el ocio no era entendido como pereza ni vacío, sino como el tiempo necesario para el arte, la filosofía, la contemplación y el desarrollo del pensamiento crítico frente a las preguntas que la realidad suscitaba. Ese espacio no era marginal, sino central en la vida pública y personal, considerado indispensable para alcanzar la plenitud del ser humano. En contraste con nuestras dinámicas actuales (donde todo tiempo “libre” debe justificarse en términos de productividad), los griegos comprendían que el ocio era tan necesario como el trabajo.

Recuperar esa perspectiva hoy exige un desplazamiento interno y cultural profundo: aprender a habitar el ocio sin culpa, sin verlo como pérdida de tiempo, sino como un acto disruptivo de resistencia, una pausa vital.

Gracias por leer :)


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