Petricor
Dejaríamos los celulares en la casa de K para evitar la tentación. Nada de llamados impulsivos. No se pudo: conoció a alguien la noche…
Petricor
Dejaríamos los celulares en la casa de K para evitar la tentación. Nada de llamados impulsivos. No se pudo: conoció a alguien la noche anterior y eso complicó por completo la idea original. Se volvió inubicable. Era octubre, el tiempo inestable como siempre. Yo quería escuchar Pixies; mi amiga, Morrissey. Tiramos una moneda que, contra todo pronóstico, fue a parar debajo de una cómoda de roble, inamovible. ¿Quién te regaló esto? ¿La señora Gardenia? Ni en sueños me vi tan cerca de una hernia discal. Desde la pared de al lado llegaba Troisième Leçon des Ténèbres de Couperin. Miré mis pies para chequear si, efectivamente, ya había empezado a levitar, pero no. Chule era experimentada, había probado todo de todo pero yo, ni en otras vidas. Asumo que eso marcaba el nivel del acontecimiento. Fundamentalmente, la necesidad de K de supervisar la cosa, para cuidarme. ¿Lista? Cada una colocó un cartón debajo de la lengua. La magia no viene sola, se la ayuda con whisqui o vino y algo más, comentó ella. *
- — Okey. Abrió el Blue Label de las grandes ocasiones, sirvió una medida doble sin hielo en cada vaso. Yo, miraba disimuladamente el teléfono, siempre con la esperanza de estar recibiendo mensajes. El frenesí de querer contar todo me había invadido. Le voy a avisar a Pol que estoy acá, con vos, así nos evitamos que el ring nos altere después. Mi cabeza ya era un Notturno; solo yo no me daba cuenta. — Dijimos que nada de mensajes. No lo llames. Basta. Las cosas con él estaban bastante mal y desde el miércoles, pagaba pensión medio pelo en mi freezer emocional. ¿Cuándo nos habíamos visto por última vez? ¿El lunes o el domingo? Pensé un rato, calibrando un almanaque inasible, como el que usaría la mujer maravilla en su avión. El domingo. Me fui de su casa pasado el mediodía. Ahí todo parecía encaminado. No como para casarnos, claro, pero casi. Hasta que no hubo más casi. A mitad de semana una llamada detonó todo, discutimos, le corté y juré no volver a hablarle. Eso haría. — Qué boludo, K. Nos largó duras. — Bueno, duras aún no. — Callate, tarada. Reímos. — ¿Comiste? Negué con la cabeza. No sentía nada de hambre pero sí ansiedad. Me quité el buzo, lo dejé sobre una silla, miré la hora. Abrimos un paquete de papitas con sabor cheddar. Qué invento ridículo saborizar algo escandalosamente noble como una papa frita artificial, comenté. Esta vez reímos bien fuerte: el whisqui activándose, qué plan. — Servime más. Creo que nunca había tomado alcohol de día, y eran las tres de la tarde. Jamás le pongo hielo pero tenía ganas de meterle una rodaja de limón. No ocurrió: el limón estaba cubierto de moho. Quise agarrarlo con la mano para sentir el olor pero se desintegró. Un asco. En la heladera había bastante droga. Me llamó la atención. — Me la regaló K. Para vos dejó jugo de lulo recién llegado de Colombia. — Sí, me dijo que para mí solo eso. ¿Será rico? Miré los sobrecitos que estaban sobre la mesada con mi nombre escrito en una etiqueta. Suspiré. — ¿Armo? — preguntó Chule. Me tiré en un sillón. Era cómodo. A veces K lo usaba cuando nos juntábamos a comer pizza y se quería quedar a dormir, para evitar manejar con alcohol en sangre. Me saqué las converse, oh la urgencia de acomodarme. Estudié mis pies al detalle: tenía las uñas pintadas de negro, buen esmalte, uno de mis dedos se torcía hacia la derecha. No me gusta. ¿Se podrá corregir? ¿Dolerá? — Tomá — dijo, pasándome el porro. Aún no lo sabíamos, pero ese sería el primero de una tanda de diez. Las flores eran buenísimas sin embargo tardaron horas en hacer efecto. Creo. Como si el whisqui, el porro y lo demás se bloquearan entre sí. ¿Qué hacés vos en esta fiesta? Tomá, block report spam. Absurdo, porque K me explicó los pasos, uno por uno: whisqui, porro y esperar con alguien que esté sobrio por si sale mal. ¿Tengo que ver algo? ¿Alucinar? ¿En qué instancia desaparecen los problemas? La codependencia con Pol era más tóxica que todo lo que estaba haciendo hoy con Chule. Él vivía en Mar del Plata y, aunque viajamos continuamente, no quiere tener nada con alguien que resida a más de 440 kilómetros de la playa. Y yo no podía ir a los médanos ni sostener algo con ningún tipo que esté disponible en media hora. Si puedo ir en taxi, no. Gran premisa. Necesitaba esa distancia. Extrañar. Dilatar. Arder. — Qué asco esto, tengo las manos todas engrasadas y no me puedo levantar para ir a lavarlas. Ella, reina de hielo, me miró sin entender. — Olvidé cómo era la mecánica para levantarme. Se me hizo un blanco — insistí. Su mirada seguía fija. — ¿Nunca te pasó querer hacer algo automático y olvidar el patrón de pasos? Negó. — Qué suerte. Yo no me acuerdo cómo hacía para levantarme de acá sin tocar nada. ¿Bajo primero las piernas y luego me empujo con las manos? ¿Me impulso sin tocar nada? ¿Echo mi cuerpo hacia atrás, cosa de no quedar despatarrada y ahí me paro? Me chupé los dedos. Peor. Grasa y más grasa mezclándose con saliva. Chule se acercó, me tiró de un brazo y terminé sobre el parquet recién plastificado, muerta de risa. Doblada, agarrándome la panza. Desde el piso de abajo una voz gritó algo. ¿Estaremos haciendo ruido? Vientos, metales, timbales y cuerda in crescendo. Y ahora una soprano hace su ingreso en mi lóbulo temporal. Se siente extraño. Solo bajaría un poco el volumen, lo pondría en 4. Un barítono. Cuánta gente vino. ¿En qué momento se hizo de noche? — Sos buena armadora. Podrías tener un puesto en alguna fiesta privada. Hoy arma Chule, cosecha propia. El teléfono sonó. Mensaje de K: Contame cómo vas. ¿Necesitás algo? Estoy en casa. Avisame. Lo leí en voz alta. El celular quedó cubierto de grasa y sal. — Dale, levantate. Lo hice sin pensar. Era más fácil de lo que creía. Fui al baño, me lavé las manos con jabón. Listo. Todo bajo control. Y lúcida. Qué raro. — ¿Cuánto tarda en pegar esto, sabés? — pregunté mientras abría el ventanal que da al balcón. — No salgas — dijo — . Vení Toni, bajemos las persianas. Me sostuve de la baranda con los ojos cerrados. Olía a lluvia. ¿Cómo se llama ese olor? Ay… no me puedo acordar. Petricor. Pe-tri-cor. Qué palabra hermosa. Si Pol me escribe ahora le respondería que en el aire se percibe el petricor. El tráfico por Scalabrini Ortiz era desconcertante: fluía y frenaba sin lógica. Igual que mi cabeza. ¿Hay más whisqui? ¿Y si bajo al supermercado por un limón? Otro vecino estaba en una sillita de jardín, tomando fresco. Me saludó con una sonrisa algo turbia. — ¿Tendrás un limón? Chule salió rápido. — Hola Darío. Dejá, no hace falta, acabo de encontrar uno. Gracias. Me empujó hacia adentro. Vos no podés tomar nada más, sentenció. Estamos pasadísimas las dos. Y así, de la nada, lloré. Era angustia pura. Me desbordaba el cuerpo. Necesitaba llamarlo. Decirle que sí. Que me mudo. Que hagamos planes. Verano en Playa Grande. No era una locura. Si salía mal, volvía. Nadie muere por hacer una mudanza. Encendí el porro. El ruido del papel quemándose retumbaba en mis oídos. Sentí que volvía un poco al eje. — Te voy a dar algo — dijo Chule — . Coca Cola. Un café con azúcar. El espasmo era infantil. No podía contenerlo. Temblaba. Ella abrió una caja de chocolates. Agarrá, comé, vamos. Yo no quería. Precisaba calmarme de otro modo. No sabía cuál. Todo eran mocos, llanto, desconsuelo. El encierro me asfixiaba. Necesitaba salir. El teléfono de nuevo. Volví a fumar, aprovechando que Chule se había metido en su habitación, uno de los pocos lugares donde ni la música ni las bocinas contaminaban. Necesito limón. Agarré la mochila, abrí la puerta y salí. Bajé las escaleras a los tumbos. A oscuras. Rebotando. La lluvia ya caía con fuerza. Iba al súper sin saber a dónde iba. ¿Cerrado? ¿Qué hora es? Sentía el agua en la cara, la obstrucción nasal por el llanto, el pecho contraído. Aceleré sin darme cuenta, sin dejar de apretar el celular que guardaba en el bolsillo del piloto y que vibraba sin descanso. Chule corría detrás pero no lo sabía, aún no la había visto. Crucé Corrientes con el semáforo en rojo para mí. Alguien gritó. Una estampida. Mil bocinas. Me di vuelta. Miré. Y pensé en un tupper vacío que había dejado en la mesada de casa con carne para descongelar.
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- 2026-07-18 06:12:53