Un domingo de descanso
Me levanto para comenzar el día, y como cualquier otro día, reflexiono sobre cómo quiero comenzarlo, desde qué lugar. Hoy el día ha…
Un domingo de descanso
Me levanto para comenzar el día, y como cualquier otro día, reflexiono sobre cómo quiero comenzarlo, desde qué lugar. Hoy el día ha decidido que sea con un café poco cargado, lentamente, sentado y escuchando a Yaima.
Hoy no tengo prisa. No voy a ir a dar una clase de yoga, así que hoy comenzaré moviendo mis escápulas — no me preguntes por qué. Creo que a veces se nos olvida que hay cosas placenteras que nos encanta hacer, y no hay una simple explicación. Y si el placer se persigue, dicen que se esfuma. Creo que el psicoanálisis decía: el placer no está para obtenerse, sino para recorrerse. Es una frase que quedó impresa en mí.

Como cada día, giro mi silla. Hoy lo hice para darme ese placer, sentirlo mientras comienzo a mover mi columna, a tocar mi pelo. Hoy todo es desde mi ventana — en realidad, todos los días los comienzo desde este lugar.
Es mi lugar de descanso, mi lugar de reflexión, mi lugar de trabajo. Es un lugar polivalente. Y, después de tres años en él, es un lugar que tiene un encanto especial. Yaima sigue sonando. Me giro de nuevo, pero esta vez solo mi rostro, y comienzo a observar mis estanterías. A veces se me olvida que el lugar en el que estoy es fruto de todo lo que se sostiene entre esas maderas. Ahí están la mitad de mis libros favoritos.

De repente, escribir comienza a erizarme la piel. Es una forma de estar presente que había olvidado, porque esta vez no escribo para nadie, sino para mí.
Ay, Pau… ¿dónde has llegado? ¿En quién te has convertido? Sin remediarlo, comienzan a aparecer pinceladas de imágenes. Y son imágenes de espacios. Espacios donde el cuerpo descansa.
Es como si lo que mi inconsciente estuviera tratando de decir fuera: libertad de movimiento en mi propio espacio. Siempre vi esas imágenes y, déjame que te diga… sigo sin entenderlas. No sé lo que quieren decir.
Sumergido en un momento de mi vida donde casi no tengo ni tiempo para dejar volar mi mente, mi cuerpo y mi espíritu hablan cuando, de repente, hago espacio para que el momento presente se despliegue ante mi vida.
Escribir siempre ha sido mi forma de arte, de poner en palabras lo que siento. Unas veces toma una dirección; otras, direcciones más empresariales. Y en este lugar escribo desde mi lado más humano. Porque no pienso en nadie. Solo dejo salir lo que pasa por mi mente, y me dejo llevar por lo que me representa como artista: el mundo que habito, el cuerpo que siento y el alma que la vida me dio.
¿Cómo pude llegar a estar donde estoy… si ni siquiera creía que esto podría tomar esta forma? En el fondo, todos esos libros llevan años en mis estanterías, y es ahora donde, por fin, toman sentido. Es ahora. Es el ahora el que me lleva a entender que, aunque a veces no sepamos por qué hacemos las cosas — igual que yo al mover mis escápulas — , en el fondo, en la raíz de un rizoma, está el entendimiento que se escapa de la mente humana.
Los tengo ordenados por segmentos. Distribuidos de forma que unos están en horizontal y otros en vertical. Es una forma de atraer la curiosidad de quienes entran en mi espacio, como diciéndoles: estos son mis favoritos, pero sin decir nada.
Ya me acabé el café. Me encenderé el cigarro. Y te siento en la próxima carta.
El amor de uno mismo. Anónimo.
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