Minutos para la eternidad
Bitácora del 14 de marzo.
Minutos para la eternidad
La ansiedad salió del cuerpo desde los pies
Una tensión palpitante se sentía en el aula antes de la evaluación. “Saquen una hoja”, se escuchó en la clase de Lenguaje Cinematográfico. Yo intentaba leer al mismo tiempo un PDF y mis apuntes de los tipos de planos. No podía creer que olvidé en casa las notas de clase de toda la semana. Desesperación y angustia.
Dormí pocas horas. Estoy segura de haber encontrado un error de tipeo en la bitácora, pero ahora no sé dónde está. No sé cuántas relecturas llevo en este momento.
Detener el tiempo. Necesito que el tiempo pare para ordenarme un poco. José Luis explicó que esto es un punto de vista, que no estamos en el multiverso de la educación hermética y que quieren saber de nosotros. Infundió una calma colectiva y, automáticamente, empecé a relajarme.
El cuerpo se desvaneció, no toleraba tanta tranquilidad. Hicimos catarsis y entendimos que, tal vez, actuamos como nuestros propios enemigos. Solo unas pocas voces replicaban seguridad desde el comienzo. “Siempre quise estar acá”, recordé y me sentí a salvo. Después de entregar el análisis del corto de Disney, las risas amenas abundaban en el set.
Tal vez estábamos esperando que alguien nos preguntara acerca de nuestros sentimientos.

Ten Minutes Older (1978), de Herz Frank.
Nunca seremos tan jóvenes como hoy
La frase aparece cada vez que pienso en el tiempo. La escuché por primera vez de mi amiga Belén. Luego, procedo a reproducir Time, de Pink Floyd. Por último, si todavía no dimensiono lo que estoy haciendo con mi vida, veo cuántas horas me consumen las redes sociales. Es la receta que sigo para respetar mi humanidad y entender que lo único seguro es la muerte, el fin de mi tiempo, al menos en este planeta. Recalibro prioridades y sigo. Durante los primeros minutos de visionado me costó concentrarme, hasta que pensé en el título del corto.
El tiempo me trajo hasta acá. En marzo del año pasado volvía a Jujuy con una sensación de incertidumbre y disgusto. Se terminaba el contrato de la casita de la calle Soler y me despedía de mis roomies. Quedaba materializar el proyecto con mis amigos que viven en Capital Federal: SinCapital, un medio alternativo para contar lo que el grupo Clarín oculta. ¿Para qué necesitamos saber el tráfico de la General Paz cuando cruzamos el Xibi Xibi o estamos en Formosa, o en La Rioja? Así fue que ellos empezaron a escribir sobre las realidades del NOA. Mi depresión estaba tocando la puerta y no quería asumir compromisos complejos. Al principio solo colaboré con la edición. Después terminé escribiendo y recibiendo la calidez del grupo. Me ayudaron a salir de la zona de confort. Sentí liberación absoluta. Un año después, mi escritura es valorada en el proceso creativo.
Verano del 2006. Dejé de escribir cuando mi mamá leyó mis diarios íntimos. Envolví los cuadernos y, en un parador en Santiago del Estero, mientras viajaba a Buenos Aires, me prometí nunca más mostrar mi vulnerabilidad y los tiré en un contenedor. Pensé en inventar una lengua, para que nadie descubriera mis pensamientos, pero la adolescencia tenía otros planes para mí.
Seguramente, el niño del corto pudo retroceder en el tiempo y ver cómo envejeció durante diez minutos. Yo no corro con la misma suerte: de esos casi veinte años que pasaron, no existen escritos. No sé cómo se veía mi pena ni mi felicidad. Mis recuerdos apenas persisten en formatos no audiovisuales. Sin embargo, el cine es el único que manipula el tiempo y mi única esperanza de recuperar lo perdido.
메타데이터
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