La Bitácora Interminable
Nací y crecí en Vicente López, un barrio del norte bonaerense que aparece en los mapas oficiales y que cualquiera podría señalar con la…

La Bitácora Interminable
Nací y crecí en Vicente López, un barrio del norte bonaerense que aparece en los mapas oficiales y que cualquiera podría señalar con la mano si se le preguntara con la suficiente convicción. Decir Vicente López, últimamente, es decir, con un pliegue en la memoria: las vías del tren Mitre, pero con estaciones que parecen tener un andén más de lo que recordamos; la misma Avenida del Libertador, pero torcida en un ángulo que obliga a mirar dos veces; el mismo río ancho y marrón, pero con una corriente que arrastra distinto, como si empujara hacia dentro de la ciudad y no hacia el mar.
Una tarde de calor pesado, cuando la humedad parecía pegarse en la piel como un reproche, entré en una librería abandonada sobre la calle Melo. Hacía años que la persiana estaba baja, oxidada y cubierta de grafitis, pero ese día la encontré entreabierta, como si alguien hubiera olvidado cerrarla del todo. Dentro, el aire olía a humedad, moho y papel descompuesto. Entre pilas derrumbadas de enciclopedias y manuales escolares carcomidos, descubrí un volumen extraño: sin tapa, sin nombre de autor, sin fecha de edición. Solo páginas amarillentas con una caligrafía apretada, indefinida, que parecía escrita a mano y al mismo tiempo impresa.
Lo abrí.
Y leí mi vida.
No era una exageración: las primeras páginas relataban mi nacimiento en el Sanatorio Anchorena, el modo en que mi madre me sostuvo en brazos, mis tardes de infancia pateando una pelota desinflada contra las paredes húmedas de la calle Salta, hasta las noches de fiebre que me acompañaron a los siete años. Cada detalle, hasta el más banal, estaba consignado. Más adelante, como si el libro se estuviera escribiendo al compás de mis ojos, aparecieron las frases que yo mismo iba pensando: “esto es imposible, debo estar soñando”, decía el libro, al mismo tiempo que lo pensaba.
Lo cerré con un espanto físico, como si me hubiera quemado.
Por algún motivo que desconozco, llámese, si se quiere, “curiosidad”, lo llevé a mi casa.
Esa noche no dormí. Lo escondí en el fondo del placard, pero desde la cama escuchaba un rumor leve, como de páginas que se hojeaban solas. Al principio creí que eran alucinaciones, pero pronto lo comprobé, a altas horas de la madrugada: el libro seguía escribiéndose a sí mismo. Estaba abierto en un pasaje que narraba con exactitud mi gesto de esconderlo, mi insomnio y mi regreso. Relataba mis movimientos, mis dudas, mi creciente pavor.
El miedo inicial dio paso a una obsesión. Descubrí que no solo relataba mi historia: junto a la mía se entretejían otras voces, de personas desconocidas que parecían haber tenido el libro en sus manos antes que yo, relatando — con un detalle insoportable — la vida de ellos mismos. Una mujer de Caballito que hablaba de su soledad como quien dicta un testamento; un estudiante tucumano que lo había hallado en un vagón abandonado en Retiro; un anciano de Montevideo que lo llamaba la bitácora interminable.
El libro era una suma de existencias.
A partir de ese día ya no pude dormir. La vigilia se volvió una forma de lectura, y la lectura, un desvelo inacabable. Empecé a usarlo con una ansiedad secreta, pero descubrí con horror que el libro me adelantaba conversaciones banales, fracasos mínimos, deslices íntimos. Cada palabra que pronunciaba, cada pensamiento que intentaba ocultar, ya estaba escrito. ¿Dónde terminaba mi voluntad? ¿Dónde empezaba la de esas páginas que parecían no tener fin?
Una tarde supe por adelantado que perdería el tren en la estación Aristóbulo del Valle, y lo comprobé con una exactitud que me heló la sangre. Otra noche, el libro me mostró una conversación banal que tendría con un vecino sobre la humedad del pasillo, y al día siguiente repetí palabra por palabra lo que había leído —no fui consciente de esto hasta unas horas más tarde — .
Pero también estaba el vértigo de leer lo íntimo de otros. Cartas de amor nunca enviadas, confesiones de crímenes menores, pensamientos fugaces que nadie hubiera osado compartir. Cada vida era escrita con la misma voz, indiferente a las distancias y al tiempo.
Un día intenté deshacerme de él. Lo arrojé al río de Vicente López, esa franja marrón y calma que todos juramos que es el mismo Río de la Plata, aunque a veces parece tener otra corriente, más profunda y más lenta. Lo vi hundirse, arrastrado por el oleaje. Sin embargo, al volver a casa lo encontré sobre la mesa de luz, abierto en una página que describía con precisión mi gesto de arrojarlo y el regreso incrédulo a mi cuarto.
Comprendí que ya no me pertenecía.
Una madrugada, el libro comenzó a narrar mi muerte. No con un golpe ni un accidente — habría sido fácil — , sino con una dilución lenta: primero mi cansancio, luego la dificultad de reconocer mi rostro en el espejo, después la incapacidad de recordar el nombre de las calles. Y más adelante, el olvido de mi propio nombre.
Seguí leyendo, fascinado y aterrado.
—
Aquí termina su voz. El hombre que cuenta esto — cuyo nombre no es necesario — seguirá leyendo hasta consumir su propia historia. Ahora yace entre las páginas, confundido con las otras voces que lo precedieron. Y cuando llegue al final de sí mismo, descubrirá que no hay primera persona posible. Ya no hay “yo”. Queda el murmullo de un libro interminable que respira en la penumbra, escribiendo y borrando, aguardando al próximo lector.
Toda voz pertenece al mismo narrador. Y ese narrador es, desde siempre, el libro.
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- 2026-07-17 14:52:18