La hija de José Martí
Y mi hijita ¿qué hace, allá en el norte, tan lejos? Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina…
La hija de José Martí
Y mi hijita ¿qué hace, allá en el norte, tan lejos? Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto. -¿En qué piensa mi hijita? ¿Piensa en mí?
José Martí, última carta a María Mantilla

Con María Mantilla cerca de Bath Beach, Long Island, Nueva York, 1890, el día que la bárbara abeja picó en la frente a su niña.
Este texto no es un intento burdo por humanizar al héroe, es un ejercicio para que cada lector saque sus conclusiones luego de que se pongan las cartas existentes sobre la mesa. La tragedia de la ciencia y la historia es que nunca se sabe cuál es el total, nadie puede llegar a la aclamada «verdad». La historia es una aproximación que a la verdad se hace basándose en los trozos de evidencia que sobre determinado hecho se posee. A veces basta un segmento de papiro para elucubrar las características de una época antigua. A veces corren océanos de tinta sobre algo y aún así, nunca se sabe, todos dudan.
Sobre la relación entre el Héroe nacional de Cuba, José Martí y María Mantilla se ha escrito con ganas, a veces con picardía, otras con ocultamientos. Muchas ideas sobre este momento de la vida del Apóstol son fieles referencias a todo el materia acumulado sobre la etapa, otras veces, solo son intentos políticos de «tapar el sol con un dedo» («El sol tiene manchas –decía Martí –Los agradecidos ven la luz. Los desagradecidos ven las manchas»).
Martí y la familia Mantilla-Miyares

Carmen Miyares y María Mantilla
El 3 de enero de 1880 desembarca Martí en la ciudad de Nueva York. Había estado allí, de paso hacia México, a principios de 1875. Cinco días después ya se encontraba hospedado en la casa de la familia Mantilla-Miyares, en la calle 29 no. 51. Carmen Miyares había contraído matrimonio a los veintiún años con el santiaguero, hijo de colombianos, Manuel Mantilla, apremiada posiblemente por el bienestar económico de su familia, pues el novio era varios años mayor que ella. Como Manuel Mantilla era mayor que su esposa, este le ayudó a criar al resto de sus hermanos pequeños. Se desconoce la situación económica de Mantilla, pero se cree tuvo negocios en los almacenes de la antigua calle Marina de Santiago de Cuba.
Explica Nydia Sarabia, que la familia tomó la decisión de emigrar a la ciudad de Nueva York, cerca o después de año 1870. Se mudaron en múltiples ocasiones, y diez años después cuando Martí llegó a sus vidas ya poseían esta modesta casa de huéspedes donde acogían con gran regocijo a todo aquel que buscara la libertad de Cuba. Poseían además, tres hijos que eran la alegría de sus padres: Ernesto, Manuel y Carmita, y un matrimonio atado más por los sacrificios, los hijos y la necesidad que por una verdadera pasión y deseo.
Ya cuando Martí llegó a su casa, Manuel Mantilla se encontraba enfermo, algunos dicen que casi inválido. Explica Nydia Sarabia que la enfermedad que padecía comenzó a mellar su salud, produciéndole parálisis en las piernas y tuvo que andar en una silla de ruedas al final de su vida. Sin embargo, Carlos Ripoll y Antonio de la Cova, han demostrado que el desmejorado estado de salud con que se pinta a Manuel hacia la llegada de Martí es una exageración, ya que según los datos del censo federal, correspondiente a junio de 1880, Mantilla no sufría ninguna mutilación, discapacidad física o estaba postrado en cama. Aunque el esposo estuviese apocopado por el estado de salud que el invierno neoyorkino agravaba, Carmen era la verdadera piedra angular que mantenía todo a flote. Llevaba los negocios y procuraba que no le faltara de nada a ninguno de sus tres hijos. Sobre esto explica la amiga de la familia y autora del famoso libro El Martí que yo conocí, Blanche Zacharie de Baralt:
Pero ella era animosa. Desafió la adversidad y mantuvo el barco a flote. Si su familia carecía de salud, ella, en cambio, era robusta, dispuesta siempre a ayudar a los demás, incansable para el trabajo. En medio de sus tareas de madre de familia y ama de casa, le alcanzaba el tiempo para auxiliar a los pobres, alojar a algún cubano impecunio, confortar a una amiga en la desgracia; su gran corazón era refugio y consuelo de tristes.
Martí llegó solo a la casa, sin embargo, ya estaba casado con Carmen Zayas-Bazán desde 1877 y era padre de José Francisco desde el año posterior al matrimonio. Pero esta unión siempre dejó mucho que desear, a pesar de que a ellos sí los unía el verdadero deseo del otro, la incompatibilidad de ideales y metas hacían que la pareja anduviera siempre por caminos divergentes y exacerbaba las discusiones que desde niño venía sufriendo Martí. Cuántas veces no le decía su familia que las grandes metas no valían la pena, que lo importante eran los suyos. Eso mismo pensaba Carmen. Pero no era la visión de Martí. Una visión en la que finalmente pudiera romper aquel grillete que amellara el pie, un grillete que se zafó de su cuerpo pero jamás de su mente. El mismo grillete que llevaban a rastras todos los cubanos.
Sin dudas, Martí encontró en Carmen Miyares todo el apoyo que necesitaba, el apoyo que no recibió al inicio por su familia y del que tampoco le proveía su esposa. Sobre ello, Zacharie de Baralt dice: «Carmita Mantilla, en cuya casa vivía, lo cuidó, le dio animo. No tardó en encontrar en ella un apoyo, una consejera que le prodigaba una amistad que no iba a terminar y fue en la vida de Martí un gran auxilio, una fuerza hasta en su obra redentora»
Testimonia Electa Fe de la Peña, vecina de la familia Mantilla en Nueva York sobre las características de la habitación de Martí, contigua a la de Carmen Miyares:
estaba la puerta del cuarto de José Martí; era el cuarto de la criada del flat (apartamento) usado como hall room: un cuarto con cierta independencia de la casa, con salida y entrada, sin necesidad de molestar a la familia: un cuarto de no más de doce por catorce mosaicos en tamaño: tenía una ventana al fondo de cuatro por cinco mosaicos, con un visillo de color verde oscuro hacia abajo; a la izquierda había una puerta que comunicaba con el resto de la casa de la familia Mantilla, la de Carmen Miyares.
El 3 de marzo de ese mismo año, su esposa e hijo, de quince meses de edad, llegan a Nueva York y se instalan junto a él en la casa de Carmen. A pesar de que supuso una alegría para Martí estar acompañado de su mujer e hijo en tiempos tan difíciles, la incomprensión entre ambas partes hizo la convivencia insostenible. Prácticamente un mes antes de que naciera María Mantilla, Carmen Zayas-Bazán decidió abandonar esa casa y a su esposo, llevándose consigo a su hijo de vuelta a Puerto Príncipe (Camagüey). Cuando el 16 de diciembre de 1887 fue celebrada una velada para honrar a la madre de Martí, doña Leonor Pérez, quien había viajado a Nueva York para estar tiempo junto a su hijo. Enrique Trujillo, uno de los organizadores de la velada, excluyó. de las invitaciones a Carmen Miyares, como una clara alusión a los comentarios que se propagaban acerca de las relaciones entre ella y Martí. Y fue de hecho, según cuenta Luis Toledo Sande, este mismo Trujillo, quien en 1891 ayudó a Carmen Zayas-Bazán a salir de Nueva York con su hijo sin el consentimiento del padre y abandonar, por última vez, a Martí.
El 28 de noviembre de 1880, nació María, la hija menor de Carmen Miyares. El 6 de enero de 1881, en la parroquia de San Patricio, en 285 Willoughby Avenue, en Brooklyn, fue bautizada la recién nacida y sus padrinos fueron José Martí y Gertrudis Pujals. Desde su nacimiento Martí vivió en su casa. Rodeó a María con infinito amor y la enseñó idiomas y culturas, la enseñó a educar y a ser educada, le enseñó las grandes verdades del mundo, todo el tiempo hasta que se alejó de esta familia en el año 1895 cuando salió hacia Santo Domingo para juntarse con Máximo Gómez y desembarcar en Cuba.
Al enterarse de la muerte de Martí, Carmen se sintió destrozada. Con él se había perdido el hombre a quien amó y apoyó hasta el último momento. En una carta del 19 de junio de 1895 a Irene Pintó, viuda de Carrillo, le dice:
¡Figúrate qué será de mi vida sin Martí, el afecto más grande de mi vida, toda mi felicidad se ha ido con él: ya para mí el sol eclipsó y viviré en eterna tiniebla: yo no puedo realizar esta desgracia, no comprendo tanta fatalidad.
«Yo soy la hija de Martí»
Cuando el 17 de octubre de 1962 María Mantilla, viuda de Romero, fallecía en Los Ángeles, California, en todos los obituarios se le puso el apellido Martí. El 24 de octubre, en sus funerales apareció como «María Martí Romero».
Escribe Mary Ruiz Zárate en el periódico Juventud Rebelde del 8 de marzo de 1983:
La historia de la sociedad burguesa, farisaica, hipócrita, con su moral acomodaticia, ignoró a la leal Carmen Miyares, de honor íntegro, la que patriota, por origen, por convicción y por práctica, supo comprender a aquel hombre, ayudarlo. Porque Martí hombre lo es como condición primera a la de revolucionario, y por tanto a la de Héroe. Fue un hombre, un verdadero hombre y no hemos de verlo jamás como miran los fanáticos a sus íconos en los altares, emasculados. Sobre su sentir él dirá convencido, humano, real: «De lo feo del mundo se busca alivio en la mujer, que es en el mundo la forma más concreta y amable de lo hermoso»

César Romero, el famoso actor de Hollywood, hijo de María Mantilla
César Romero, el famoso actor de Hollywood, hijo de María Mantilla, testimonia lo siguiente en una entrevista a José Miguel Oviedo:
Ubita era mi madrina. Ubaldina, la madre, había sido también muy amiga de mi abuela, Carmen Miyares de Mantilla, Carmita. Cuando Ubaldina tenía unos noventa y tantos años de edad, vino a visitar a mi madre, que por entonces estaba viviendo en Nueva Jersey. En esa ocasión, mi padre, César Romero, hizo un aparte con la vieja señora y le preguntó: «Ubaldina, ¿alguna vez Carmita te confesó que Martí era el padre de María?» Y ella respondió: «Sí. Yo estaba con Carmita cuando recibió la noticia de que Martí había muerto en Cuba. En medio de su dolor y angustia, ella me lo contó»

María Mantilla junto a Gonzalo de Quesada
El actor también explica como todos los cubanos en Nueva York lo sabían y comentaban, pero nunca le dijeron a María ni una palabra, ni siquiera su propia madre. La propia María Mantilla le escribe en una carta a Gonzalo de Quesada: «Yo, como usted sabe, soy la hija de Martí, y mis cuatro hijos, María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos nietos de José Martí»
**A lo que Gonzalo de Quesada le responde: **«Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza y hasta desea que se haga saber»
En otra carta que la propia María Mantilla le escribe a Blanche Zacharie, con fecha del 22 de septiembre de 1944, al saber que iba a escribir un libro sobre Martí, dice:
Bien puedes escribir sobre Martí, pues lo conociste muy íntimamente en esa época de Nueva York, en que tantas amarguras y desilusiones sufrió. El encontró en mamá todo el consuelo, apoyo, cariño y calor que jamás encontró en su propia mujer. Su cariño por mi fue muy grande y yo vivo orgullosa de ese cariño y del privilegio que fue para mí vivir todos esos años de mi niñez a su lado. Hombres como él hay muy pocos en el mundo.
Este nieto, Eduardo Romero, le comentaba a Nydia Sarabia como él había sufrido desde 1993 la pérdida gradual de la vista hasta estar prácticamente ciego, debido a una retinosis pigmentaria, una enfermedad hereditaria. Lo cual le llamó mucho la atención puesto que en su árbol genealógico solo la mamá de Martí había sufrido ceguera en sus últimos años.
La carta hasta hace poco inédita de Martí
Pero aún más sorprendente es que el propio Martí conoció los rumores acerca de él y Carmen y dejó testimonio escrito de ello en un borrador de carta que se mantuvo inédito durante más de 100 años y que se publicó por primera vez en Patria, cuaderno de la Cátedra Martiana de la Universidad de La Habana, a. 2, no. 2, de enero de 1989.
Dicho borrador estaba dirigido a Victoria Smith, una prima de Carmen Miyares que conoció durante su viaje a Venezuela. Cuando el Centro de Estudios Martianos publicó la copia de dicha carta-borrador, defendió con ofuscada vehemencia el carácter vil de todo aquel que pensase que Martí era capaz de cometer adulterio. Más allá de esto, lo cual resulta en mi criterio irrelevante en una figura sublime como Martí, para la que sobran las palabras pomposas, Martí le escribe a Victoria:
Yo sé padecer por todos, Victoria, y consideraría, en llano español, una vileza, quitar por ofuscación amorosa, el respeto público. una mujer buena y a unos pobres niños (…) Además, debe V. estar cierta de que ella sabría, en caso necesario, reprimir al corazón indelicado que por satisfacer deseos o vanidades tuviere en poco el porvenir de sus hijos. En el mundo, Victoria, hay muchos dolores que merecen respeto, y grandezas calladas, dignas de admiración.
A lo cual añade más adelante Martí:
Ahora, de murmuraciones, ¿qué le he de decir? Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso, que no hubiera dado ella por su parte naturalmente (…) Ya es tiempo de decirle adiós, Victoria. Con toda el alma, y no la tengo pequeña, aplaudo que si V. sospecha que Carmita intenta consagrarme su vida, desee V. apartarla de un camino donde no recogerá deshonor, porque a mi lado no es posible que lo haya, pero sí todo género de angustias y desdichas.
Luis Toledo, en su biografía martiana Cesto de llamas explica que los rumores sobre posibles relaciones de Martí con Carmen Miyares podían haber tenido un efecto negativo en la obra de unificación que se llevaba a cabo entre los gestores de la futura Guerra necesaria. Señalar presuntas relaciones suyas con Carmen Miyares propiciaba que se les considerara iniciadas en vida de Manuel Mantilla, lo cual pasaría a la conjetura de que los crecientes vínculos de Martí y la niña María no eran espirituales, sino biológicos. De ser así Martí quedaría acusado de desleal con el amigo que lo invitó a vivir a su casa. Hay que ponerse en el lugar de Martí –dice Luis –y sobre todo imaginar lo que le hubiera representado que aquellas murmuraciones tuvieran base real: imaginar lo que habría sufrido por ello. Tan grande hubiera sido ese sufrimiento que por lo menos merecía respetuoso silencio, por lo que habría que entender por qué ambos, Carmen y él, se llevaron dicho secreto hasta sus tumbas.
La ciencia apoya la paternidad

Testimonios como los del hijo de María Mantilla y el de Enrique Trujillo muestran como de la época neoyorkina de Martí todos notaban y comentaban acerca del parecido entre el Apóstol y la niña. La niña a la que la bárbara abeja picara en la frente a la entrada de la viña. La niña a quien dedicó sus más famosos versos paternales: Hay sol bueno y mar de espumas, arena fina y Pilar, quiere salir a estrenar su sombrerito de plumas. La niña a la que escribió esas cartas inmortales donde dice quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro y quiere disimular lo poco.
La revista del Partido Socialista Popular (PSP): La última hora de enero de 1953 dedicó un número homenaje al centenario del Apóstol. En una de sus páginas colocaron la foto de Martí junto a un retrato de María Mantilla en su vejez. El pie de foto lo redactó Rita Díaz (según le confesara a Nydia Sarabia), en él se dice:
Es impresionante en este retrato, el parecido físico entre María Mantilla y José Martí, como bien podrá apreciar el lector. Es el mismo óvalo del rostro, la misma frente, la misma línea de cejas. Y se presume similar familiaridad entre la boca sonriente y la del Apóstol, más triste y oculta por el bigote oscuro. La hija de Martí, personalmente desconocida para la mayor parte de los cubanos, reside en Los Ángeles, California, y es madre del actor cinematográfico César Romero (…)

Durante el banquete para celebrar el Centenario de Martí en enero de 1953, al que fue invitada María Mantilla, la viuda de José Francisco Martí, Teté Bances, corroboró el gran parecido físico:
Cuál no sería mi sorpresa al anunciar la llegada de María Mantilla. Cuando la vi por primera vez en persona y bastante cerca, me impresionó el parecido que tenía con Pepe Martí, mi esposo, ya fallecido. No podía creer que ese parecido físico guardara relación con Pepe. A medida que la veía conversar con los que la rodeaban, me percataba que en sus ademanes, su sonrisa, su forma hasta de sentarse, aparte del parecido físico como la cara, las manos, eran tan iguales a las de Pepe Martí, que no pude por menos de convencerme que existía un parentesco entre ambos.
En un artículo publicado en Cubadebate, titulado «Martí y María Mantilla: ¿qué dice la ciencia?», su autor Yamil Díaz, explica cómo el estudio llamado Prueba Morfológica y Antropométrica, realizado por el Doctor Ercilio Vento a diversas fotografías de Martí y María Mantilla, demuestra su paternidad con una alta probabilidad (la que le permiten esas viejas fotografías) de un 74,3 porciento de compatibilidad, lo que es un por ciento muy por encima del índice de la casualidad. Este tipo de procedimiento está aprobado para uso en los procesos penales cubanos, gracias a su fiabilidad. El Doctor Ercilio explica: «la prueba morfológica es el resultado de 32 años de intercambio con antropólogos de diferentes partes del mundo. En este lapso, la prueba no ha fallado en ningún caso, incluso frente a la comprobación con la prueba de ADN». Es sumamente interesante en este caso un rasgo hereditario como es la escotadura de la forma general de los labios, que tenía tanto Martí como su hija. Tras la evidencia alcanzada por el estudio del Dr. Ercilio la paternidad de Martí y María Mantilla no puede ser excluida.

Parte del análisis del Doctor Ercilio Vento

Diagrama sobre la escotadura de la forma general de los labios
María Mantilla fue la hija de Martí, nadie podrá probar de momento que este sea un hecho biológico, pero todos sabemos que no está en la biología la verdadera paternidad. María fue su hijita querida, la niña en la quien pensaba, a quien añoraba, a la que entregaba todas sus esperanzas, pero sobre todo, a la que educó para que fuera la mujer de bien en la que se convirtió.
Muchos biógrafos y estudiosos no apoyan la paternidad martiana sobre la niña, entre ellos Luis Toledo Sande, sin embargo Mayra Beatriz Martínez dice sobre Carmen: «nadie puede dudar ya que Carmita fuera su compañera en los últimos años de vida privada (…) Ella fue, precisamente, la amante amorosa, generosa y paciente que lo reconciliara, en general, con el canon tradicional para la mujer».
Por su parte, el gran biógrafo de Martí, Jorge Mañach, en la edición de 1963 de Martí, el Apóstol acaba mencionando a María Mantilla. como «la hija que [Martí] nunca pudo declarar como suya», como «hija suya» también la llamara Herminio Almendros.
En sus últimas horas, ya cuando iba rumbo a Cuba a darlo todo por su país y por sus ideas, era a Carmita y sus hijas a quien traía en la mente. A ellas les dedicó sus Diarios de Campaña, donde les relata hasta el más mínimo detalle de su travesía empezando desde su salida de Nueva York en el buque Athos. Le dice a María: «Tu carita de angustia está todavía delante de mí, y el dolor del último beso», y también, «Tu alma es tu seda. Envuelve a tu madre y mímala porque es grande honor haber venido de esta mujer al mundo». En la carta testamento a Gonzalo de Quesada sobre el destino de su obra y herencia, dispone la mitad para Pepe, la otra para Carmita y María.
Yo solo sé que María era su hija y que el pudor hizo que muchas bocas callaran, luego los prejuicios no permitieron una rectificación, solo sé que la amó a sobremanera, solo sé que no me importan las manchas (si es que se le pueden llamar así) porque estoy completamente cegado por la luz. Solo sé que cuando Martí cayó abatido en Dos Ríos por las balas españolas el 19 de mayo de 1895, llevaba la foto de María en el chaleco, sobre su corazón.
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