La sintaxis del veneno
Serie: Historias de Escuelas. Mariana Carranzani
La sintaxis del veneno
Serie: Historias de Escuelas. Mariana Carranzani

En la escuela, donde las paredes escuchan más de lo que dicen, Ana Carrusel había aprendido a conjugar el mundo en un idioma imposible: una mezcla inestable entre la X y la E, como si cada palabra dudara de su propio género, de su propia existencia. Sus estudiantes la miraban con una mezcla de fascinación y desconcierto; sus colegas, con una paciencia que era apenas una forma elegante del rechazo.
Pero algo en Ana se había desplazado.
No fue de un día para otro. Fue más bien como el lento avance de un veneno.
De niña, Ana había sido ese tipo de criatura que la familia señala sin nombrar del todo: “la otra”, “la distinta”, “la que no salió como esperábamos”. No había gracia en sus gestos, ni belleza que pudiera ser narrada en las sobremesas. Su risa llegaba tarde, su cuerpo parecía no entender el ritmo de los demás. Y en esa casa donde el afecto se distribuía como un premio, ella aprendió temprano que el amor era un reconocimiento que se ganaba, nunca algo dado.
Así, el resentimiento no fue un accidente: fue una estructura.
Como los escorpiones — decía ella, ya adulta — , que no pican por maldad sino porque no conocen otra forma de tocar.
En la escuela Tautológica, ese veneno encontró cauce.
Durante años, Ana había sostenido su lengua híbrida como una bandera, una forma de insurrección contra un sistema que, intuía, la había expulsado antes de siquiera recibirla. Pero cuando comenzó a escribir su libro, algo se quebró.
El lenguaje formal apareció como una necesidad desesperada.
No era una elección estética: era una súplica.
Cada coma colocada con precisión, cada subordinada impecable, era un intento de ordenarse a sí misma, de demostrar — a alguien, tal vez a sus padres, tal vez a una figura más difusa pero omnipresente — que podía ser correcta, que podía ser reconocida.
El libro crecía como un organismo ansioso.
En paralelo, su vida también se reorganizaba en símbolos.
La pequeña motocicleta con la que había recorrido años de invisibilidad quedó atrás. Ahora conducía un vehículo más grande, pesado, brillante. No importaba tanto hacia dónde iba; lo esencial era ser vista llegando.
Ese auto no era un medio de transporte.
Era una prótesis del reconocimiento.
Había odiado con una intensidad casi pura a la directora Polanco. No por lo que hacía, sino por lo que encarnaba. Polanco era la evidencia viviente de una forma de ser en el mundo que a Ana le había sido negada: autoridad sin aparente esfuerzo, legitimidad sin justificación permanente, misterio, una elegancia que no pedía permiso.
Cada encuentro con ella era un espejo deformante.
Ana no veía a Polanco.
Se veía a sí misma en negativo.
En ese entramado, sus alianzas no eran inocentes.
Confabulaba con Marcela Morcilla y Marta Pennisi, pero no por las mismas razones. Para Marcela y Marta, todo derivaba hacia lo político: la escuela como campo de batalla, los cargos como posiciones estratégicas, las decisiones como movimientos en un tablero mayor.
Ana, en cambio, jugaba otro juego.
Más íntimo.
Más silencioso.
Para ella, cada conversación era una posibilidad de reescribir su lugar, de desplazar apenas el eje de su insignificancia. Donde las otras veían poder, ella buscaba validación.
Y esa diferencia — invisible al principio — era la grieta por donde todo podía desmoronarse.
A veces, al caer la tarde, caminaba con Verónica Valverde por los costados del río.
Verónica lloraba.
Siempre.
Un llanto antiguo, inagotable, que no pedía explicación. Sus lágrimas caían como migas de pan, dejando rastros en todas partes, como si temiera perderse en el mundo y necesitara marcar el camino de regreso.
Ana llevaba pañuelos descartables y los iba dejando atrás, uno tras otro, como en una versión degradada de Pulgarcito.
Los pañuelos se inflaban apenas con el viento, reteniendo — como pequeñas reliquias húmedas — los mocos de Valverde, que parecían tener vida propia, como si también quisieran permanecer, dejar constancia, no desaparecer del todo. Quedaban pegados en los troncos de los árboles. Como esculturas.
Y, sin embargo, no había regreso posible.
Porque no se trataba de encontrar el camino de vuelta, sino de aceptar que nunca había habido un hogar al cual regresar.
El libro, cuando finalmente estuvo terminado, era impecable.
Correcto.
Formal.
Irreprochable.
Y entonces ocurrió algo que Ana había imaginado durante años, pero que, al concretarse, adquirió una textura casi irreal: un medio pago local decidió promocionarlo. No por su potencia literaria — que la tenía — sino porque encajaba en una narrativa vendible, en un circuito de validación donde el reconocimiento también se terceriza.
Hubo entrevistas.
Hubo fragmentos publicados.
Hubo elogios previsibles.
Y, sobre todo, hubo aplausos.
Personas con el mismo trauma — esa herida silenciosa de no haber sido suficientes nunca — encontraron en su libro un espejo amable, una legitimación tardía. La leían y asentían, como si cada frase fuera una reparación mínima.
Aplaudían.
Con una intensidad que no era del todo literaria.
Sino biográfica.
Y en ese coro, entre los rastros húmedos de los pañuelos abandonados, entre los mocos de Valverde secándose como mapas diminutos del dolor, algo se consolidaba: una comunidad de heridos que celebraban, no tanto la obra, sino la posibilidad de haber sido finalmente vistos.
Quienes lo leyeron desde afuera no siempre supieron nombrarlo.
Pero lo sintieron.
Porque el problema nunca había sido el lenguaje.
Ni la directora.
Ni la motocicleta.
Ni siquiera la familia.
El problema — la estructura — era más profundo: un sistema que distribuye el valor de las personas como si fuera un recurso escaso, obligando a algunos a convertirse en escorpiones para poder tocar, para poder existir.
Ana Carrusel no dejó de ser quien era.
Solo cambió de forma.
Y en ese cambio, quizás, logró algo parecido al triunfo.
O al menos, a su versión posible.
LiteraryFiction #ShortStory #PsychologicalFiction #WritingCommunity #AmWriting
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- 2026-08-03 02:11:20