Libres del éxito
Esta es cierta historia que alguna vez le escuché contar a Alejandro Dolina.
Libres del éxito
Esta es cierta historia que alguna vez le escuché contar a Alejandro Dolina.
(No haré por seguir al pie de la letra los pormenores del asunto).
La idea -la tesis- en cuestión es la siguiente: a veces, es elegante guardar silencio sobre las propias hazañas. Digamos más: que, a menudo, forma parte de la excelencia de un logro el hecho de no contarlo, sobre todo cuando se tiene la oportunidad de hacerlo.
Y no solo la oportunidad. Porque la gracia -la grandeza, o la gravedad- del asunto radica precisamente ahí: en el momento en que uno, que ha sido capaz de algo relevante, aunque siempre relativo, asiste al modo en que otros se jactan de sus pequeñas proezas enanas.
Me aparto un momento, antes de retomarla, de la historia que cuenta Alejandro. Creo que son tiempos, los nuestros, en los que proliferan los espíritus ansiosos de alguna forma de logro. No digo que esté mal ansiarlo (no sería, por lo menos, honesto de mi parte). Pero qué poco elegante es el acto auto-celebratorio de congraciarse con él…
Guardar silencio -léase: callar- cuando uno podría legítimamente doblar la apuesta o, más aun, cancelar cualquier punto de comparación, es un rasgo de altísima nobleza. Y puede ser, también, punto sobre el que se vuelca Dolina, un guiño delicioso a la mujer amada, que asiste a la misma tertulia y sabe que su hombre no necesita granjearse el respeto o la admiración de nadie, porque tiene el único que le interesa: el suyo.
Vayamos al grano.
Imaginemos a un hombre que ha escalado el Aconcagua (casi 7000 metros). Imaginemos que asiste a una reunión en la que otro hombre se jacta de haber escalado la Sierra de la Ventana (250 metros). Imaginemos que, entonces, alertado por el orgullo de éste, interviene un tercero, en un tono de voz ligeramente entusiasmado, para esgrimir que él, por su parte, ha escalado el Cerro Catedral (unos 2300 metros).
El primero, el que ha hecho lo que los otros dos ni siquiera sueñan, no se suma, sin embargo, al concierto de voces envanecidas. Se limita a asentir, con un gesto comedido, a los comentarios de los demás.
Luego la conversación discurre por otros asuntos. No interesa imaginarse cuáles. Lo más fundamental ya ha sucedido. Lo más relevante ya ha sido dicho: o, mejor aun, no.
Somos pequeñas criaturas mendigando un poco de algo -de lo que sea, un no sé qué- que nos haga sentir justificados. Está bien: es así. Vamos a las cosas no por ellas mismas, sino para poder contarlas. Para haber sentido que estuvimos, o que fuimos parte, o que hicimos lo que se esperaba que algún día pudiéramos hacer. Las derivas de este análisis son innumerables.
Sin embargo, a mi entender, el punto a subrayar es otro, a saber: que las personas más interesantes son aquellas que no se toman demasiado en serio.
O bien, para decirlo en términos que cada vez aprecio más, que caminan libres del éxito.

El Aconcagua, la montaña más alta de América (Provincia de Mendoza, República Argentina)
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