Lo que heredé de un hombre que no conocí
Mi historia contiene la fábula de un italiano que llegó a la Argentina porque la guerra había borrado el mundo que conocía. Una mañana, sin…
Lo que heredé de un hombre que no conocí
![Paroldo. El paisaje que José dejó atrás y sobrevivió en su relato [ChatGPT (DALL·E), 2026]](https://miro.medium.com/v2/resize:fit:1400/1*e3mMIPVP3Cl40Ky147Oa4A.png)
Paroldo. El paisaje que José dejó atrás y sobrevivió en su relato [ChatGPT (DALL·E), 2026]
Mi historia contiene la fábula de un italiano que llegó a la Argentina porque la guerra había borrado el mundo que conocía. Una mañana, sin mirar atrás, agarró algunas de sus pertenencias, no avisó a nadie y escapó de su pueblo para llegar a Buenos Aires. Ya en el puerto, al entrar, le preguntaron su nombre y dijo “José” en vez de “Giuseppe”, aceptó su destino pero no su mundo interior. Allí nació el Abuelo José.
José es mi tatarabuelo, el abuelo de mi abuela, un hombre que llegó a los 27 años, piamontés, jardinero, trabajador rural, que de poco aprendió español pero se empecinó en guardar modismos, extrañó con dolor pero nunca pudo volver. Mantuvo correspondencia, luego con los años las cartas cesaron y ese vínculo se transformó en un relato que llegó hasta nosotros en forma de imágenes: el pequeño pueblo, su fonda, una casa pegada a un camino ancho, su madre que murió sin nunca salir de ese rincón en el mundo, una capilla que construyó en agradecimiento a una virgen, la idea de ser fuertes ante la adversidad y una forma de nostalgia que no es debilidad sentimental, sino estructura existencial.
El Abuelo murió en 1972 y le sobrevivieron pocas fotografías, en casi todas con bigote tupido, mirada profunda, aspecto calmo y expresión algo adusta para el lente de la cámara. Luego se convirtió en un tótem, del cual sus relatos ya no mostraban lo que hizo sino lo que representan. Antes de cumplir 33 años fui el primer miembro de mi familia en volver a Paroldo, la primera parada fue en el cementerio donde no había tumbas anteriores a 1945, porque durante la Segunda Guerra las bombas habían borrado el paisaje, pero en el único pedazo del pueblo que había quedado en pie encontré los detalles que había anotado en una libreta antes de partir. En la calle central había una placa de piedra con los nombres de todos los caídos, entre los que había un hombre con el mismo apellido de su madre.
Al final de la única ruta había un solar con vista a las montañas, allí me encontré con un hombre de unos sesenta años que resultó ser descendiente de una de sus hermanas y que aún vivía allí. Hablamos por más de una hora, tomamos café, se emocionó con mi viaje y me preguntó por qué había decidido visitar. — Supongo que para entender por qué él nunca pudo volver, le dije. Ese no-retorno lo hubiera confrontado a un mundo que había dejado de existir; fue una forma de congelar la memoria. Habría perdido su hogar por segunda vez.
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El viaje de José fue durante los años en que la modernidad empezó a mostrar rasgos de crisis económica. Ese mundo que dejó atrás estaba físicamente destruido, pero también fracturado por una mutación que cambió su forma de vivirlo. Fue ese lapso entre las dos guerras en las que Walter Benjamin publicó *Experiencia y pobreza* (1933), un ensayo que detectó un síntoma que todavía hoy reconocemos: la ruptura en la transmisión.

Walter Benjamin (1892–1940)
Benjamin sostiene que la modernidad rompió la cadena que convertía lo vivido en una experiencia transmisible. Las personas ya no regresaban con relatos que puedan integrarse en la memoria colectiva, sino con vivencias fragmentadas a las cuales les costaba ponerle palabras. En la Primera Guerra, este filósofo alemán vio algo inédito: una guerra mecanizada, impersonal y masiva que desmintió las formas tradicionales de comprender un conflicto armado. Fueron las trincheras con barro y plagas una forma de sobrevivir y el hambre esclavizó a los cuerpos.
En ese contexto, ya no existía un marco simbólico capaz de contener lo vivido: Europa vivía un quiebre de autoridad tradicional, ya no confiaba en un orden político heredado ni en los marcos morales. Cayeron los imperios, surgieron repúblicas frágiles y el autoritarismo estaba en ascenso.
Este es el núcleo obsesivo del pensamiento de Benjamin: la técnica, la guerra y la aceleración histórica quebraron la experiencia y erosionaron el “aura” de las cosas. Frente a la ilusión del progreso continuo, vio una historia hecha de ruinas y discontinuidades. Pero incluso en esos fragmentos persisten destellos de sentido. Su pensamiento no es nostálgico, sino que intenta salvar algo de él antes de que desaparezca.
Su filosofía no intenta curar la cicatriz de una quemadura, quiere impedir que la cubramos con un relato que la haga invisible. Sin olvidar, sin romantizar, sin llenar la herida con optimismo. Propone aceptar la ruptura casi como una “nueva barbarie” que se aboca a construir de a poco, que no pretende restaurar sino reconfigurar un mundo con nuevas reglas de juego: el avance tecnológico llegó para quedarse, lo tradicional no volverá y la modernidad no retrocede por más incomodidad que genera.
La pregunta no es “¿cómo volvemos?” sino cómo le damos sentido a un mundo que no garantiza continuidad. Benjamin busca una redención, no quiere conservar nada intacto sino activar en el presente todo aquello que quedó inconcluso: aceptar, no simular falsas continuidades, rescatar los fragmentos de lo vivo y crear nuevas formas de experiencia.
José no volvió ni restauró a su pueblo, pero lo vivido no desapareció. No intentó recuperar un mundo perdido: aprendió a habitar otro sin borrar el primero. Y en esa tensión algo suyo logró sobrevivir.
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Antes de partir a Italia le pregunté a mi abuela cuál era el recuerdo más vívido de José. Pensó unos segundos y trajo de su estudio una cajita de cartón forrada y sacó una foto. Ella tenía unos cinco o seis años, lucía un vestidito blanco, sonreía y tenía una canasta en las manos. Al lado estaba su abuelo con un pantalón de trabajo, camisa blanca, un sombrero de paja tejida y de fondo el jardín de la casa donde creció.

Abuela. Mi foto favorita junto a mi abuela Elina, en su cumpleaños de 80 (2013)
La memoria más presente eran las tardes de verano, cuando su abuelo la llevaba a la huerta a juntar verduras, pasaban por la iglesia y de tanto en tanto le hablaba de su vida en Paroldo antes de llegar a Buenos Aires. Fue armando el rompecabezas de esa vida previa en la que había amor por la familia, sentido de destino, arrojo, naturaleza, viajes, seis años de servicio militar, comida de domingo, un pedacito de pan duro por los pobres, catecismo, valores, temor y amor por Dios. En síntesis, relatos que mostraban una forma de amar a otros, a lugares y a causas.
Vimos algunas fotos más, pero esa era la única en la que José estaba sonriendo. Era la única que recordaba sin nostalgia, con la ternura de una niña. En una asociación libre recordó su muerte en el año 1972: viejito, encorvado -como si hubiera cargado un gran peso-, se fue apagando como una vela en la noche. Me reconoció que nunca lloró tanto en una despedida porque no sólo había muerto su abuelo, sino el último gran significante de su infancia.
No conocí a José, cuando yo nací su recuerdo era un tema de conversación que vagamente recuerdo. Pero también recuerdo esas tardes de invierno en la casa de mis padres, cuando venía de visita mi abuela y pasábamos largas horas jugando, conversando sobre el mundo, escuchando alguna historia, cocinando ñoquis, aprendiendo alguna historia de la Biblia, construyendo una huerta o paseando en bicicleta.
Algo de esa historia de José llegó hasta mí, de esa silenciosa forma de trascender en la vida donde todo el tiempo tenemos algo que resolver entre pérdida y continuidad. Empezar de nuevo sin borrar lo que fuimos. Una relación con el dolor en la que no hace falta negarlo ni romantizar, sino a veces hacerlo parte de estar vivo. Una sensibilidad que es el amor por la familia, por el trabajo, por los lugares (incluso por los que ya no existen), por las plantas, por los animalitos de compañía.
Heredé una forma de habitar el mundo nuevo. Cambió su nombre, pero no su memoria. Y en esa memoria, que viajó sin pasaporte durante casi un siglo, también viajé yo.
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