Pier Paolo Pasolini y la transgresión: Unas reflexiones sobre su obra.
Pier Paolo Pasolini cambió el cine contemporáneo a fuerza de provocación y experimentación. Por lo que su legado, más allá de la calidad…
Pier Paolo Pasolini y la transgresión: Unas reflexiones sobre su obra.
Pier Paolo Pasolini cambió el cine contemporáneo a fuerza de provocación y experimentación. Por lo que su legado, más allá de la calidad cinematográfica, es conceptual y estético.

Antes de que Pasolini se lanzara de lleno al abismo de la depravación filmada que es Saló, dirigió una película que, paradójicamente, fue elogiada por la Iglesia: El evangelio según San Mateo. Ese contraste extremo no es una anécdota trivial. ¿Qué lleva a un artista a pasar del fervor casi bíblico a la brutalidad explícita? Muchos lo interpretan como una ruptura, pero es más preciso verlo como una evolución radical. Pasolini no hizo Saló por impulso, sino como consecuencia de una postura estética e ideológica que ya venía fermentando.
No era creyente, no seguía dogmas, y su relación con la cultura era más de ataque que de veneración. Su cine nunca fue cómodo. En lugar de buscar aceptación, usó cada plano como una trinchera contra la hipocresía. Por eso Saló no es una contradicción de su filmografía anterior, sino su punto más coherente. Pasolini siempre estuvo buscando una forma de incomodar, de sacudir estructuras. A veces lo hizo desde lo sagrado, otras desde la obscenidad. En ambos casos, el objetivo era el mismo: confrontar.
La película se convirtió en un campo minado para todo aquel que esperara belleza tradicional. Aquí no hay catarsis ni redención. Lo que ofrece es un descenso sin freno hacia lo nauseabundo, una especie de documental sobre la capacidad humana para destruir. En vez de contar una historia, lo que hace es diseccionar la estructura del poder a través de una puesta en escena que incomoda hasta lo físico. Pasolini convirtió el cine en una herramienta de disección ideológica.
No hay planos neutros, no hay personajes entrañables. Cada secuencia parece diseñada para incomodar al espectador. Y eso es clave: no se trata de una provocación gratuita, sino de una estrategia deliberada. El objetivo no es el morbo, sino la reflexión a través del choque. La narrativa se convierte en una serie de rituales donde el cuerpo y el dolor son símbolos de control. Es una crítica al fascismo, sí, pero también a las formas más modernas de sometimiento, disfrazadas de libertad o progreso. El lenguaje cinematográfico es usado como un dispositivo de denuncia, pero con una carga estética corrosiva.
El amor, la belleza y la rabia en la obra de Pasolini

Pasolini veía al cine como un campo de batalla. No le interesaba la entretención ni la narración lineal. Lo suyo era más bien una forma de ataque frontal a lo que consideraba una sociedad en decadencia moral y cultural. Para él, el consumo y el confort habían destruido cualquier posibilidad de pensamiento crítico. Y el arte debía actuar como un virus en ese sistema, una forma de infección que obligara a pensar. Por eso usó lo grotesco, lo insoportable, lo explícito. Para romper la pasividad. Su visión no buscaba concesiones.
El público debía salir herido, confundido, molesto. Esa era la función del arte, según él: romper el espejo y obligarte a ver los pedazos. Cada una de sus películas parece pensada como una bomba ideológica. No solo Saló. Desde Accattone y Mamma Roma, Pasolini construyó una idea de cine como discurso político visual. Y lo llevó hasta el extremo con Saló, donde la política se expresa a través del sadismo, la humillación y el cuerpo destruido.
Su trayectoria comenzó con una mirada más social, casi antropológica, centrada en las clases marginales. Pero esa mirada nunca fue idealizadora. Pasolini no tenía romanticismo por el pueblo, sino una obsesión por los bordes de la experiencia humana. Ya en sus primeras películas mostraba un interés por lo marginal como campo de estudio, no como celebración. Eso se traduce en una estética cruda, donde la miseria no se embellece.
Incluso en El evangelio según San Mateo, hay un tono documental que elimina lo solemne para concentrarse en lo humano. Su forma de filmar la religión no era devota, era crítica. Usaba los mitos religiosos como excusa para hablar de lo social, lo político. Pasolini no creía en la neutralidad del arte. Todo arte es ideología encarnada, y por eso su cine siempre está impregnado de su pensamiento, incluso cuando no parece estarlo. Saló, en ese sentido, es su tesis más radical.
Una evolución dolorosa para un genio incomprendido

Años después, esa visión política se volvió más desesperanzadora. Pasolini empezó a hablar de un mundo en el que el afecto ha sido exterminado por el sistema. Le preocupaba lo que llamaba “la desaparición del amor” en una sociedad gobernada por el consumo. Y esa preocupación se filtra en Saló, aunque esté disfrazada de horror. El amor, aquí, ya no existe. Ha sido reemplazado por una maquinaria de poder que convierte todo en mercancía, incluso el cuerpo humano.
Es un film sobre la desesperanza, sobre la imposibilidad de resistir cuando todo lo que nos rodea ha sido transformado en espectáculo. La película es incómoda no solo por lo que muestra, sino por lo que implica: la completa colonización del alma. En ese contexto, el escándalo ya no es una herramienta de ruptura, sino una constatación de que ya nada nos salva. Pasolini usa la crudeza como señal de alarma.
Por supuesto, el tema central de Saló es el poder. Pero no un poder simbólico o abstracto. Es un poder encarnado, físico, que se ejerce sobre los cuerpos y a través del dolor. La violencia no es decorativa, ni parte de un estilo: es el lenguaje del sistema que denuncia. El sadismo que muestra no es gratuito. Cada tortura tiene una función narrativa: mostrar cómo el poder despoja a las personas de todo, incluso de su humanidad.
En esa lógica, los verdugos no son monstruos individuales, sino la encarnación de un sistema que devora todo lo que toca. No hay escapatoria, no hay héroes. Solo sometimiento o muerte. El cine de Pasolini siempre fue incómodo, pero aquí es insoportable a propósito. No deja respirar. Quiere que sientas cada escena como una puñalada ideológica. Y lo logra. Saló es una obra que exige del espectador no solo atención, sino aguante. Una forma de resistencia.
La transgresión total

Aunque está basada libremente en el texto de Sade, Saló es mucho más que una adaptación. Es una interpretación política del sadismo como herramienta de poder, no como desvío sexual. Es una película sobre la corrupción institucionalizada, sobre cómo el deseo puede ser manipulado por el sistema hasta volverse otra forma de esclavitud. Y también, sobre la manera en que el arte puede convertirse en un canal de resistencia o en una repetición del horror.
El film divide su estructura siguiendo La Divina Comedia, lo que le otorga una dimensión más universal, como si estuviera cartografiando un infierno que no pertenece a un tiempo específico. Es una obra deliberadamente incómoda, casi imposible de ver, y sin embargo, imprescindible para entender el alcance del cine como dispositivo político. Pasolini no buscaba hacer historia. Buscaba dinamitarla. Y lo hizo, plano a plano, hasta que ya no quedó nada intacto.
메타데이터
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