La hermosura de su Santidad. La belleza de Cristo
Dos preguntas me han conducido a escribir este artículo:
La hermosura de su Santidad. La belleza de Cristo
Dos preguntas me han conducido a escribir este artículo:
- ¿Has pensado que el pecado es atractivo?
- ¿Esto desemboca en que codicie el pecado y no la belleza de Cristo?
Personalmente, he reflexionado en el pecado de la codicia. La ley dice: “No codiciarás a tu prójimo, ni nada de su prójimo, ni su casa, su esposa o sus pertenencias”.
El pecado de la codicia es algo natural, yace en nuestros genes debido al pecado original. Eva codició el fruto prohibido; lo codició más que a la belleza de Cristo. Y pecó. Desde aquella ocasión, nuestros afectos fueron alterados por el pecado, y el mal se ha vuelto codiciable. Satanás logra que, de alguna manera, el pecado luzca atractivo, como si al desecho de un animal lo revistiera con chocolate. Creo que esta es una excelente analogía: es dulce cuando se saborea superficialmente, pero cuando se consume en profundidad, es destructivo para nuestro organismo. Lo mismo ocurre con el pecado; el detalle es que no se puede separar el saborear superficialmente del consumir, aunque son dos momentos distintos. Ambos llegan: uno inmediatamente y el otro con el tiempo.
Creo que lo peor de la codicia es que el deseo “natural” también se vuelve “natural” para uno, pues se halla en lo profundo de tus pensamientos y llega al inconsciente. Parece que no sucede nada en el mundo físico, no lo ves con tus ojos, pero tus pensamientos están ahí, arraigándose en lo profundo de tu corazón. Continúas viviendo sin darte cuenta, como si no estuvieran allí.
Proverbios 6:25 dice: “No codicies su hermosura en tu corazón”. Es un imperativo, y es necesario abandonar esta práctica tan rápido como sea posible. Es muy similar a este texto: “Huye de las pasiones juveniles”. Date prisa en dejar la codicia, porque se va asentando y contaminando tus afectos, tu pensamiento y tu corazón.
“Mirad a mí y sed salvos”, dice Isaías 45:22. Este texto también nos indica con un imperativo que debemos mirarlo a Él. Son dos imperativos juntos: no codicies, mira a Cristo. No podemos ser deslumbrados por la belleza de Cristo si nuestros ojos siguen codiciando el pecado. Es evidente que indica que seremos salvos, porque estos dos pasos son los que sigue una persona nacida de nuevo. Los incrédulos nunca escucharán estas palabras.
La voluntad responde ante el mayor afecto. No podemos engañarnos en estas cosas. Si nuestros afectos no son transformados, seguiremos amoldándonos a las cosas de este mundo. Por ello debemos responder con obediencia y dejar que nuestros afectos sean permeados día a día en admiración a la belleza de Cristo.
Oh, si pudiera extirpar el deseo codicioso en un instante… Pero Romanos 12:2 dice: “No te amoldes a la belleza de este mundo; renueva tu pensamiento a la belleza de Cristo”. El pensamiento es la madre del afecto. Podemos decir que la voluntad responde al mayor afecto en ese momento, pero los afectos responden a lo que se encuentra en nuestros pensamientos, aun inconscientes.
De nuevo, ¿encuentras algún pecado más atractivo que Cristo? Cantares 5:16 dice: “Todo Él es codiciable (atractivo o deseable)”.
Su belleza nos invita a la admiración, al deleite y al gozo. El deleite es el disfrute, el placer y la satisfacción en la comunión con Dios. Es decir, conocer a Dios y ser impactados por la belleza de Cristo es la fuente del gozo eterno. Este gozo se expresa en adoración que glorifica a Dios.
Entonces, podemos extraer las siguientes conclusiones:
- Si no encuentro gozo en adorar a Dios, puedo replantear lo siguiente: puede ser que no esté siendo impactado por la belleza de Cristo, lo cual significa que probablemente hay algo de Dios que no estoy conociendo bien y que sería importante profundizar. También podría indicar que mis afectos están siendo más cercanos a un pecado puntual que a deleitarme en obediencia a Cristo.
- Cada vez que un pecado luzca atractivo, debo evaluar por qué la belleza de Cristo parece menos atractiva.
- Finalmente, encuentro que el remedio para ello es meditar más y más en la belleza de Cristo y en su gloria. La gloria es la manifestación del ser santo de Dios, y la belleza es lo que nos causa admiración. Si lográramos que su belleza nos impacte de tal forma que nuestros afectos sean transformados, las cosas pecaminosas perderían todo atractivo, y podríamos disfrutar del gozo eterno en su presencia día a día por la eternidad.
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