#Ellas52: Ruth (43/52)
Teje reflejos y los desteje. La poesía siembra ojos en las páginas siembra palabras en los ojos.
#Ellas52: Ruth (43/52)
Teje reflejos y los desteje. La poesía siembra ojos en las páginas siembra palabras en los ojos.
Decir, hacer. Octavio Paz

I
Si yo fuera buena trazando líneas con un pincel, empezaría por dibujar la casa de R por fuera. Pintaría esa esquina, la puerta negra y, justo arriba de ella, la ventana que sé que corresponde a su cuarto. Tal vez esbozaría su silueta asomada al escuchar los toquidos –imagino ese “código” que tenía mi papá para que supieran que era él–. Para darle la intención correcta a la luz del día, tendría que utilizar colores cálidos, como siento su saludo cada que llego a esa casa.
II
Qué bonito ese lugar del corazón donde se guarda a las tías y, a la vez, qué injusto. Hay épocas en que es como el primer cajón del buró, el que se abre y se visita con frecuencia. Otras es uno que, con el ajetreo cotidiano, dejamos de abrir y sin embargo está lleno de sorpresas. Pienso siempre en R como lo que uno definiría como “estuche de monerías”.
De ella surgen tejidos, óleos, colecciones inusuales, manualidades, poemas. Pero lo que impera es la pasión con la que confecciona cada creación y la vuelve poesía.
En cada entrelazado de hilos o pinceladas que le he conocido, alcanzo a ver la paciencia con que les da vida. Entonces, cuando R relata el nacimiento de una idea, sigilosamente, busco sentarme junto a ella, mirarla atentamente para aprehender algo de su dedicación y talento.
III
De la época que vivimos en el mismo departamento no recuerdo casi nada, a veces sé que sucedió porque nuestra historia tiene pedazos que conocemos porque alguien más nos lo contó. Quisiera tener más a la mano los años en que estuvimos cerca y saber de ella, de sus pasos, de sus deseos.
Por ahora, tengo bien acomodada en la vitrina de los recuerdos, esa noche reciente en que me platicó una buena parte de la vida familiar cuando yo todavía no existía, coloreando para mí aquellas partes desconocidas de mi papá, tíos y abuelos.
Esas horas compartidas con algún cigarro y el calor nocturno de Yautepec fueron, de alguna manera, un abrazo que había deseado largamente. Su estar, su manera de contar me llenó esa noche de una paz que no había sentido en mucho tiempo y que, a partir de entonces, será inevitable buscar con regularidad.
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