La trampa
Hubo un tiempo en el que creí que la sumisión era una fórmula infalible: si funcionaba una vez, debía funcionar siempre de la misma forma…
La trampa
Hubo un tiempo en el que creí que la sumisión era una fórmula infalible: si funcionaba una vez, debía funcionar siempre de la misma forma. Si una práctica era placentera para otros, debía ser placentera en mí. Me convertí en una espectadora de mi propio cuerpo, llegué a preguntarme “¿Es correcta mi postura?” en momentos que debía ser: “Qué estoy sintiendo?” Descubrir que mis expectativas eran externas fue un proceso largo y amargo. Es frustrante darte cuenta de que has estado intentando apropiarte de la fantasía de otra persona, forzando una conexión que no existía y un deseo que jamás existió. Hubo ocasiones donde el único deseo real era que el tiempo pasara rápido. Estaba allí, pero no sentía nada. Entendí, con golpes de realidad, que la sumisión no es un interruptor universal. No es algo que “me gusta” de forma invariable, sino algo que sucede o no sucede dependiendo del contexto, de la energía y, sobre todo, de quién tengo delante. Justo en el momento que comprendí esa diferencia fue cuando supe que el sentimiento era mío y no parte del guión, ya no era una expectativa, era lo que realmente salía de mí.
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