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¿Ha progresado la teoría económica?

Ensayo sobre la epistemología de la economía

Nicolás Sabogal · 2026-08-19 15:51 · 0 claps · 23.4 min read
#economía #epistemología #economia-política #ensayo
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¿Ha progresado la teoría económica?

Ensayo sobre la epistemología de la economía

Photo by Adrien Converse on Unsplash

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¿Ha progresado la teoría económica?

No se trata de una mera pregunta académica, es un debate vivo, presente día tras día en la arena política, aunque pueda pasar inadvertido. Presentadas simplificadamente por el momento, hay dos posiciones. Una dice que el pensamiento económico no es más que el lenguaje técnico con el que el poder se disfraza de neutralidad. La otra, que es una ciencia exacta que avanza en línea recta hacia la verdad y cualquier desacuerdo es sinónimo de ignorancia. Pensemos en las consecuencias de cada una. En el primer caso, no queda ningún criterio objetivo para elegir entre políticas públicas (¿en qué deberíamos invertir?, ¿deberíamos subir o bajar los impuestos, y a quién?) y el debate económico se reduce a una disputa de intereses disfrazada de vocabulario técnico. En el segundo, se cae en una tecnocracia que no admite preguntas, limita el debate público y la posibilidad de acuerdos entre los distintos sectores, sin advertir que su propia pretensión de ser una ciencia exacta está lejos de ser un hecho dado. La región de América Latina enfrenta decisiones económicas urgentes, y sin resolver esta pregunta corre el riesgo de un estancamiento estructural: cada nueva decisión reabre el dilema, sin que se construyan acuerdos capaces de sobrevivir al siguiente cambio de gobierno. Esto lo retomo en la conclusión. Antes hace falta revisar cómo la propia disciplina cuenta su historia.

Todo estudiante de teoría económica ha pasado, directa o indirectamente, por el texto canónico de Mark Blaug Teoría Económica en Retrospección (1962). A la altura de Roncaglia o Screpanti-Zamagni, representa la posición epistemológica ortodoxa respecto a la historia del pensamiento económico. El capítulo introductorio, que le presta el nombre a este ensayo, suele leerse como un trámite hacia las sobresalientes secciones analíticas. En mi opinión, es el capítulo más importante del libro: Blaug toma partido por la corriente hegemónica de la disciplina, y además reconoce que esa posición no es neutra. Eso es lo que condiciona la interpretación de todo el contenido de la obra.

Esa falta de neutralidad se explica en una distinción entre dos polos opuestos.[1] Los absolutistas ven el desarrollo de la disciplina como “una progresión constante del error hacia la verdad”, y como consecuencia no pueden evitar juzgar a los autores del pasado contra el estándar de coherencia lógica y valor explicativo de la teoría moderna. Los relativistas, en el extremo contrario, entienden cada teoría como reflejo fiel de las circunstancias históricas y políticas de su época: toda idea está, para ellos, igualmente justificada dentro de su propio contexto, y se niegan a calificar una teoría pasada como mejor o peor que otra.[2] Son dos extremos de un continuo, pero la dicotomía sigue siendo útil: señala las dos direcciones posibles desde las que se puede juzgar la teoría económica del pasado (y por extensión, la del presente).

Teniendo en cuenta esto, es fácil inferir la posición de Blaug, pues preguntarse si la teoría económica “ha progresado” implica que hay teorías económicas mejores o peores desde un criterio compartido de juicio, y este planteamiento solo puede venir desde el punto de vista absolutista. No se trata de un capricho de Blaug, sino de una consecuencia del tipo de historia que decide escribir.

Desde esa posición, una idea que sobrevive a siglos y fronteras no se explica mirando el contexto de cada época por separado. Obliga a concentrarse en la lógica interna de la teoría. Ahí aparece un primer argumento: en el caso contrario, se estaría intentando juzgar la teoría económica del pasado en sus propios términos. Eso implicaría borrar de la mente todo lo que sabemos de economía contemporánea, un ejercicio que ningún historiador logra en la práctica.[3] A esto se suma un segundo argumento: gran parte de la historia del pensamiento económico consiste en errores lógicos corregidos mediante refinamiento técnico, no en cambios de contexto. Blaug retoma a Viner: el relativismo extremo blanquea cualquier teoría apelando a su época, olvidando que la propia capacidad técnica del análisis cambió con el tiempo. Smith entendía cómo el mercado coordina a compradores y vendedores, pero la relación entre demanda y precio se le escapó hasta que Walras, Marshall, Pigou y Pareto la demostraron un siglo después.[4]

Hasta acá reconstruí la posición de Blaug. El título, sin embargo, promete decir si la teoría económica progresó, y este ensayo la contesta, aunque no con un sí o un no cerrados. Esa respuesta la tomo prestada de otro autor, Joseph Schumpeter, y de una distinción suya: la Visión no progresa, la técnica sí.[5]

La pruebo primero en un caso donde se deja ver con claridad: Blaug lee a Ricardo, cuya Visión, moldeada por el rencor contra los terratenientes, produjo un error que la misma disciplina con el tiempo terminó corrigiendo. Esa misma herramienta trae un problema que no se puede esquivar: si toda lectura parte de una Visión, también la mía, y no hay manera de aplicar la separación entre Visión y técnica desde un lugar neutral. Cierro sometiendo esa separación a su objeción contemporánea más seria, la de Philip Mirowski, que duda de que la técnica alguna vez haya sido neutral. Antes de leer a Ricardo con esa distinción, conviene rastrear de dónde sale el vocabulario de absolutismo y relativismo que la hizo posible, y cómo termina heredando el nombre de Schumpeter.

El vocabulario de absolutismo y relativismo nace en un debate ajeno y más amplio que el que Teoría Económica en Retrospección necesita cubrir. La sociología del conocimiento alemana lo inaugura formalmente con Ideología y utopía (1929) de Karl Mannheim, aunque no es a él a quien Blaug cita en este pasaje, sino a los historiadores del pensamiento económico que llevaron esa misma discusión a su propio terreno. Eric Roll (1939) ejemplifica la doctrina de la ideología o falsa conciencia, la idea de que las teorías económicas no son más que la racionalización de intereses de clase. Werner Stark (1944)[6] lleva el relativismo a un extremo que convierte cada teoría en espejo de su época. Los dos pertenecen a la escuela relativista, con matices propios de rigor y de énfasis.

Para los fines de esta obra, Blaug rechaza tajantemente esa tradición. Hacer historia analítica, preguntando por la lógica interna de las teorías, no es la única manera legítima de escribir la historia del pensamiento económico, pero es la que elige para este libro, sabiendo que hay otras. Frente al mismo problema, distingue dos preguntas. A la primera, por qué ciertas personas sostuvieron ciertas ideas en un momento dado, le concede la razón: la respuesta está, en sus palabras, “fuera del ámbito del debate intelectual”.[7] La segunda pregunta es por qué la misma idea reaparece en economistas de generaciones y países distintos, y ahí el veredicto cambia. No encuentra otra salida que la lógica interna de la teoría, convirtiéndose en absolutista “lo quiera o no”.[8] Elegir esa segunda pregunta como el objeto de este libro no es la única salida legítima, es la que Blaug sostiene, sabiendo que hay otra. Nombra las dos preguntas. Todavía no nombra qué las separa.

El nombre lo toma de Schumpeter: la Visión, el acto preanalítico de elegir qué aspectos de la realidad merecen examen. Ahí entra, muchas veces sin que el economista lo note, aspectos filosóficos y políticos.[9] Ahí está el nombre que faltaba para la primera pregunta. Para la segunda pregunta, Schumpeter aporta el mecanismo. Ubicarse fuera de la propia época no está al alcance de nadie, ni siquiera de quien más se esfuerza por notarlo. Esto no implica la invalidez de la producción intelectual, pero sí la condiciona desde el origen. Con el tiempo los hechos nuevos y la exigencia de coherencia lógica trituran (crush out) el error ideológico de la Visión inicial, de forma automática e independiente de la voluntad de quien investiga.[10] Blaug se adhiere a ese mismo mecanismo: una disciplina que impone las reglas del procedimiento científico. Es la técnica de Schumpeter operando en la segunda pregunta.

Blaug hereda el vocabulario de un debate ajeno, pero no la respuesta. La solución se la da Schumpeter: la Visión para la primera pregunta, la técnica para la segunda. Hasta acá esa separación describió el propio método de Blaug. En Ricardo, por primera vez, se convierte en instrumento de lectura sobre un objeto de estudio.

En 1815, el Parlamento inglés aprueba las Leyes de Granos, que restringen la importación de trigo con el argumento de proteger la agricultura nacional. Buena parte de la opinión pública leyó este acto como una medida para proteger los intereses de la aristocracia rural. David Ricardo es una de las voces más notables en contra, sostuvo tajantemente que un precio artificialmente alto del trigo frena la acumulación de capital y el desarrollo de la industria nacional.

Ese rencor contra los terratenientes hace de Visión: decide qué aspectos de la disputa comercial merecen examen. Ricardo mira el problema desde el interés de la industria en contraste con el de la aristocracia rural. Este “acto preanalítico” no es necesariamente negativo ni un error. Blaug duda que Ricardo hubiera llegado a su teoría del comercio internacional sin este impulso, y creo que lo mismo aplica para su obra en conjunto.[11] El error sería otro: asumir que Ricardo escribe desde la neutralidad.

En el corto plazo, sostenía Ricardo, una mejora agrícola no le convenía al terrateniente: si sube la oferta de trigo, baja su precio, y como consecuencia, también la renta. Blaug marca que esta conclusión no encaja con el resto de la obra, porque el propio Ricardo sabía que el efecto era pasajero. La misma baja de precios hace crecer la población, y con ella vuelve a subir la renta.[12] Mirar solo el corto plazo, cuando el resto del sistema piensa en el largo plazo es un error analítico relevante.

La misma Visión que llevó a Ricardo a tomar partido lo llevó también a cometer este error. Ricardo nunca lo corrigió. Lo corrigió, con el tiempo, la misma disciplina, triturando el sesgo tal como Schumpeter describe el proceso del avance de la técnica.

Vale la pena detenerme un momento en una cuestión que no se puede ignorar en el campo de la epistemología de las ciencias sociales: el problema de la reflexividad. La dicotomía Visión/técnica no es una herramienta que pretenda ser un ancla imparcial para las teorías del pasado. Al contrario, la lectura de Ricardo con ella es simplemente otro acto de una Visión específica (la de Schumpeter y Blaug) aplicada.

En este ensayo no se busca una salida a un problema tan antiguo como la propia filosofía (ya aparece en el Teeteto de Platón, en su crítica al relativismo de Protágoras[13]) y que sigue abierto hasta la fecha.[14] El objetivo es un procedimiento que aunque no me permita librarme de la reflexividad, me permita estudiar la teoría económica a pesar de ella. El procedimiento expuesto, es decir el inicio de una idea sesgada y su filtrado a través de las reglas de procedimiento del análisis económico, me permite hacerlo.[15]

Esas mismas reglas de procedimiento con las que cerré la sección anterior son las que Philip Mirowski pone en duda, y por eso lo dejé para el final. No es la objeción de que la técnica esté condicionada a seguir las normativas de la Visión dominante. Esta posición quedó relegada a escuelas de pensamiento minoritarias. Se pregunta algo más incómodo: si la teoría económica en efecto tritura sus propios errores frente a evidencia nueva, tal como exige el procedimiento científico, o se dedica a perfeccionar el aparato hacia adentro, sin exponerlo nunca a la prueba que podría derribarlo.[16] Su obra es uno de los desafíos más serios que han enfrentado las bases de la economía ortodoxa.

En More Heat Than Light (1989)[17] Mirowski reconstruye el origen de los conceptos fundacionales de la economía marginalista. Esa base sigue sosteniendo hoy el núcleo de la economía neoclásica. Lo encuentra en la física de la energía de mediados del siglo diecinueve[18]: la utilidad es una traducción de la energía potencial, mientras que la utilidad marginal es la traducción de la fuerza física.[19] Estos conceptos permiten tratar la mente humana como un campo de fuerza matemático, sometido a las mismas leyes de conservación de la física clásica.[20]

Esta transferencia no fue una carencia de rigor. Fue una convicción compartida con toda su época, la de que las leyes mecánicas eran universales y que cualquier fenómeno terminaría revelándose como una instancia más de esas mismas leyes. La duda sobre si los fenómenos sociales podían explicarse con las mismas herramientas analíticas de las ciencias duras, que hoy es de gran importancia en las ciencias sociales, perdía buena parte de su urgencia. No hizo falta que nadie la prohibiera. Alcanzó con que el clima intelectual de la época le restara importancia.

La objeción de Mirowski no es que los economistas hayan tomado herramientas analíticas de otro campo. Este tipo de movimiento forma parte del desarrollo de cualquier disciplina. El préstamo, de hecho, también corrió en la dirección inversa. Antes de dedicarse a la física, James Joule llevaba la contabilidad de la cervecería Salford, donde las transacciones eran numerosas, las cantidades pequeñas y el deterioro del inventario obligaba a un registro exacto de cantidades y tiempos. Ese oficio le dejó la costumbre de costear el calor contenido en los tanques de líquido para compararlo con el costo de la potencia necesaria para controlarlo.[21]

Eso es lo que Mirowski sostiene que nunca ocurrió en la economía. El aparato marginalista tomó de la física de la energía no solo el vocabulario sino sus condiciones formales, entre ellas la integrabilidad, que es un caso especialmente problemático como se verá a continuación. Se construyó sobre esa base sin que ninguna voz con autoridad dentro del programa técnico que terminó imponiéndose confirmara antes si aplicaban para el comportamiento humano.

Conviene detenerse en qué consiste la integrabilidad. En física, un campo es conservativo cuando el trabajo depende solo del punto de partida y el de llegada, nunca del camino recorrido entre ambos, como ocurre con la energía potencial ganada al subir una montaña. Los marginalistas plantearon la utilidad sobre ese mismo terreno: asumir que es integrable implica que no importa el camino, el orden en que se adquieren los bienes, sino solo el punto de llegada, la canasta final. Escribían la utilidad marginal de cada bien por separado, uno por uno, sin comprobar que esas piezas encajaran entre sí en una única función de utilidad, algo que en física las leyes del campo garantizan de antemano y que en economía había que verificar aparte.[22]

Los economistas escépticos de este préstamo, como Georgescu-Roegen, fueron en gran medida ignorados por la corriente principal de la disciplina.[23] Cuando la conducta real no encajaba en el molde integrable, la respuesta no fue preguntar qué fenómeno estaba ocurriendo ahí. Fue declarar esa conducta irracional o mal especificada, y exigir que el modelo volviera a comportarse como un campo conservativo.[24]

El efecto dotación es el caso más documentado de este patrón. Durante décadas, la disposición a aceptar dinero por un bien superó sistemáticamente la disposición a pagar por el mismo bien, experimento tras experimento. Mirowski señala que la vasta literatura basada en experimentación controlada demuestra el carácter espurio de las preferencias neoclásicas, refiriéndose a los conocidos trabajos de Tversky y Kahneman.[25] Si las preferencias no se aproximan a un campo, sostiene, carece de sentido que los economistas sigan usando el aparato formal y conceptual de los físicos del siglo diecinueve.[26]

Estamos ante el núcleo de la crítica. Mirowski encuentra el mismo patrón en otros episodios donde la disciplina llegó cerca de abandonar la física del siglo diecinueve, la teoría de la producción (controversia del capital) o la macroeconomía keynesiana. En cada uno, algo terminó absorbiendo la amenaza o descartándola como poco científica, sin que la pregunta de fondo (si tiene sentido copiar física en primer lugar) llegara nunca a discutirse abiertamente. Esa combinación es la que él encuentra llamativa: por fuera, una disciplina capaz de adaptarse a cualquier desafío puntual, y por dentro, una que jamás permitió poner en duda su propio préstamo original, ni se dejó tocar por nada de lo que la física hizo después de 1900.[27]

Hasta el momento expuse, en sus propios términos, el argumento principal de More Heat Than Light (1989). Pero la obra de Mirowski no es sobre un caso particular, es una crítica general a la actitud epistemológica de la disciplina económica. El programa neoclásico no permanece detenido en el préstamo de la física de la energía. Durante el siglo veinte absorbe los avances de la cibernética y la teoría de la información nacidos en el contexto de la Guerra Fría. En Machine Dreams (2002) se documenta cómo el cambio técnico amenazó las concepciones de agente racional, mercado e información, que ya estaban bien cimentadas en el núcleo de la economía neoclásica.

Este cambio técnico tiene su origen en instituciones respaldadas por el gobierno estadounidense con fines de defensa durante la posguerra, como la Office of Naval Research (ONR) y la RAND Corporation, que financiaron buena parte de la nueva ciencia económica de posguerra.[28] ¿Qué estaban haciendo los economistas antes de la guerra y qué consecuencias tuvo este giro institucional en la disciplina? Mirowski hace un buen resumen de los pilares de la economía en la década de 1930: el objetivo era “la asignación óptima de recursos escasos a fines determinados”. Como esta afirmación sigue siendo nominalmente cierta (es lo que respondería cualquier economista sobre su objeto de estudio), vale la pena señalar las características fundamentales de la economía de entreguerras.

La economía de entreguerras descansaba en el individuo aislado, un agente conductista que no pensaba ni aprendía, solo respondía a estímulos de precio con elecciones observables, y de cuya agregación se asumía que brotaba sin residuo lo social. Descansaba también en el mismo préstamo de la física de la energía ya reconstruido, la utilidad a imagen de la energía potencial y la utilidad marginal a imagen de la fuerza, del que resultó, en palabras de Mirowski, una ciencia de “causalidad, determinismo rígido y orden preestablecido”, donde se ve claramente que todavía no hay influencia de la mecánica cuántica y la termodinámica estadística.[29]

No hace falta profundizar aquí en la historia institucional ni en la trayectoria puntual de los economistas dentro de ese aparato, es suficiente señalar que su inserción en un programa de investigación con enfoque militar alteró tanto los objetivos como los métodos de la disciplina económica. De esa reorganización importan sobre todo dos cambios.

El primero es el colapso del modelo mecánico y el ascenso de la información. El marginalismo había heredado una energía reversible y determinista. Las nuevas ciencias traían en cambio la entropía y una fe creciente en que la probabilidad terminaría por absorber a la física entera, lo que chocaba de frente con la alianza del marginalismo con el conductismo. A la par llegó la información, un concepto técnicamente preciso nacido de problemas de guerra, frente al “conocimiento” vago que manejaban los neoclásicos.[30]

El segundo es donde se juega el argumento. El surgimiento de la Teoría de Juegos desplazó el eje de la optimización pasiva a la interacción estratégica. El individuo aislado que solo respondía a estímulos de precio se volvió jugador estratégico, definido por la influencia recíproca de cada jugador sobre los resultados de todos los demás. Para abordar esta nueva “complejidad organizada”, la disciplina importó del esfuerzo bélico un arsenal completo: programación lineal, teoría de juegos, métodos Monte Carlo.[31]

En la teoría marginalista se expuso el caso de la integrabilidad como prueba de la dificultad de la disciplina económica para incorporar nueva evidencia en sus investigaciones, en la era de la cibernética el caso más claro es el experimento de Flood y Dresher de 1950. Ambos investigadores de RAND hicieron jugar cien rondas del Dilema del Prisionero a dos economistas de la institución, Armen Alchian y John Williams, para poner a prueba el equilibrio de Nash en la práctica. La predicción falló. Alchian cooperó sesenta y ocho veces sobre cien, Williams setenta y ocho, lo que llevó a Flood a concluir que no existía ninguna tendencia hacia el punto de equilibrio previsto. Nash no revisó su teoría ante este tipo de resultados. Redefinió el experimento como un único juego de múltiples movimientos cuya prolongada interacción invalidaba la lectura de Flood y Dresher, gesto que Mirowski interpreta como una reinterpretación ad hoc de la anomalía antes que la revisión del núcleo teórico dominante.[32]

Flood y Dresher son un caso más de un patrón que Mirowski documenta en detalle: la economía no abandonó la física del siglo diecinueve por descubrimiento propio, sino porque fue reclutada a las nuevas ciencias de la posguerra.[33]

Lo expuesto hasta acá es correcto en sus propios términos. La integrabilidad no resiste al efecto dotación y la disciplina nunca revisó el supuesto que la sostenía. Nash no cedió terreno frente a Flood y Dresher. RAND, la misma institución que impulsó el desarrollo de la teoría de juegos, terminó absorbiendo la anomalía que su propio experimento había producido. Ninguno de estos hechos está en discusión. Lo que está en discusión es la conclusión que Mirowski extrae de ellos.

Esa conclusión es que la economía nunca logra incorporar de manera genuina la nueva evidencia, que se limita a parchar el aparato y a importar herramientas ajenas sin revisar sus fundamentos. Es una conclusión universal. En términos estrictamente lógicos, ese alcance tiene un punto débil. Un solo caso de “crush out” autónomo, que no dependa de ninguna metáfora importada, alcanzaría para refutarla. No voy a desarrollar este contraargumento. Aunque la tesis caiga a nivel lógico, la narrativa que Mirowski construyó no depende de que el cuantificador universal se sostenga, y seguiría en pie para cualquier lector. Ganar a nivel lógico y ceder en el argumento central significaría evadir el problema real con un tecnicismo.

Schumpeter y Blaug ya conceden que la corrección en la teoría económica es imperfecta y lenta. El criterio de Schumpeter nunca prometió una trituración inmediata del error frente a la evidencia. Prometió que ese mecanismo opera, con demoras, a veces durante décadas.[34] Pero decir simplemente que “hay demora, eventualmente la disciplina se corrige” no alcanza como respuesta. Es la misma excusa universal que le critico a Mirowski, ahora del lado contrario. Cualquier caso que él documenta (integrabilidad, Flood y Dresher), podría contestarse siempre con la fórmula de que todavía no le tocó el turno de corregirse.

Dejo de lado la fórmula sobre el tiempo transcurrido. La respuesta de fondo consiste en dos argumentos. La mera existencia de un parche ad hoc no implica, por sí solo, que el programa de investigación que lo rodea quede invalidado. Tampoco implica que ese programa haya dejado de producir algo genuino mientras esa enmienda seguía ahí. Son dos afirmaciones estructurales importantes y ninguna de las dos se deduce del hecho de que el parche siga en pie. Hace falta mostrarlas, no darlas por sentadas.

Empiezo por el primer punto, tomando como referencia uno de los episodios más famosos de la historia de la ciencia. En 1859, el matemático francés y director del Observatorio de París, Urbain Le Verrier detectó una anomalía en la órbita de Mercurio. El perihelio de Mercurio, el punto de su órbita más cercano al Sol, avanzaba de un modo que la mecánica newtoniana no lograba explicar. Sus cálculos lo llevaron a postular la existencia de un nuevo planeta entre Mercurio y el Sol, al que se terminó llamando Vulcano.[35] Por supuesto, hoy sabemos que este planeta no existe, pero ¿cómo llegó un científico tan capacitado a cometer un error así? Trece años antes, usando el mismo procedimiento (inferir la existencia de un cuerpo invisible a partir de las perturbaciones en la órbita de Urano), había llegado al descubrimiento de Neptuno, uno de los triunfos técnicos más importantes de la física de su siglo.[36] Ese éxito le dejó una lección peligrosa. Nada indicaba que la anomalía de Mercurio fuera distinta de los problemas que la mecánica newtoniana ya había resuelto. Después de todo, no era más que un defecto menor, uno que el mismo tipo de solución ya probada podía resolver sin tocar la teoría de fondo.[37] Estaba tan convencido de la validez universal de la física newtoniana que llegó a afirmar “nunca volveremos a caer en la tentación de acusar a la ley de la gravitación universal de insuficiencia”.[38]

La posibilidad de que el núcleo de su investigación tuviera defectos nunca estuvo en el horizonte. Buscado durante décadas por astrónomos profesionales y aficionados, el supuesto planeta nunca apareció. Lo que fracasó fue Vulcano, no el programa de investigación que lo rodeaba. La mecánica newtoniana, con la anomalía de Mercurio todavía sin resolver, siguió siendo durante ese medio siglo la herramienta de cálculo de toda la astronomía y la ingeniería de su época. El mismo criterio aplica para los dos frentes que abre Mirowski. Que el patrón sistemático de violaciones empíricas de la integrabilidad se resuelva declarando irracional la conducta observada, y no revisando el marco, no invalida por sí solo al marginalismo que la originó. Que el supuesto de racionalidad de la teoría de juegos siga sin resolver el problema de los sujetos reales no invalida por sí solo al programa neoclásico de posguerra que la incorporó.

Paso ahora al segundo punto del contraargumento. Un parche no resuelto tampoco implica que el programa que lo rodea haya dejado de producir resultados genuinos mientras el parche seguía ahí. El caso de Vulcano ofrece también acá el paralelo más preciso. Durante las mismas décadas en que la anomalía de Mercurio permanecía sin explicación, la mecánica newtoniana seguía prediciendo con éxito casi todos los demás fenómenos del sistema solar. Calculaba el retorno de los cometas, ordenaba las órbitas de los demás planetas, sostenía las tablas de navegación y la ingeniería de una época de avance técnico sin precedentes. Esa vigencia no se cortó en 1915. Hoy mismo, el cálculo de trayectorias de satélites y sondas espaciales sigue haciéndose con mecánica newtoniana. La falla de un caso puntual nunca contaminó la validez del resto del programa.

Lo mismo puede mostrarse del lado económico. Que el patrón de violaciones empíricas de la integrabilidad se resuelva descalificando la conducta observada, no revisando el marco, no impidió que sobre ese mismo marco se construyera la teoría de la dualidad y el análisis del bienestar moderno. Como con Newton, lo que falló fue un punto específico del edificio, no el edificio entero.

La distinción entre núcleo y parche que uso acá es reconociblemente lakatosiana, y conviene nombrarla antes de seguir. Tomo de Lakatos esa distinción puntual, pero no el aparato metodológico completo que la acompaña. Me apoyo la obra del filósofo de la ciencia Larry Laudan Progress and Its Problems: Towards a Theory of Scientific Growth en (1977) para tomar esta decisión. El criterio de Lakatos tomado estrictamente exige poder medir cuánto puede explicar una teoría nueva que su predecesora no explicaba, y esa cantidad nunca se pudo fijar con precisión. No hay una regla que diga cuánto es “suficiente” avance para contar como progreso. Ni Lakatos ni sus seguidores lograron mostrar un solo caso histórico donde el criterio se aplicara con ese rigor.[39]

No pretendo, entonces, medir qué tan progresivo es el programa marginalista o el neoclásico frente a sus rivales, ni distinguir con esa precisión un programa progresivo de uno degenerativo. Mi respuesta no necesita esa medida. Hacerlo implicaría admitir la existencia de una métrica precisa, y es exactamente ese terreno el que Mirowski necesita pisar para poner en duda el progreso de la teoría económica. El resultado es irónico porque Mirowski es en el fondo un relativista, pero para su propia crítica necesita apoyarse en esa misma métrica precisa, la que Laudan argumenta que nadie logró aplicar con rigor a un solo caso histórico real. En este ensayo sostengo algo más acotado: que la falta de resolución de un parche no basta, por sí sola, como prueba de invalidez.

El criterio de Schumpeter no exige esa clase de victoria total. No le hace falta que la economía supere todos sus parches para que la distinción entre Visión y técnica siga siendo útil. Le alcanza con que haya casos válidos donde la técnica logre progresar de un modo que no dependa de que la Visión original siga vigente. Mirowski describe con precisión el patrón dominante. La economía parcha en vez de revisar, con una frecuencia y una persistencia que ningún historiador ortodoxo puede desconocer. Lo que esa conclusión universal no puede sostener es que ese patrón sea necesario, definitivo o exclusivo de la economía. Ni siquiera la física lo cumple siempre.

Respondo, aunque sin el sí o el no cerrados que prometí evitar desde el puente. La Visión no progresa. Sigue estando ahí, en Ricardo, en Blaug, en Mirowski, y en mí mismo, escribiendo este ensayo. La técnica sí progresa, no en todos los frentes a la vez ni para siempre, sino caso por caso, con Ricardo como el ejemplo más limpio y con la utilidad marginal como el más disputado. No hace falta cerrar esa disputa para sostener la respuesta. Esta conclusión sería falsable si se mostrara que ningún avance técnico construido sobre el marco marginalista o neoclásico, como la teoría de la dualidad o el análisis del bienestar, o cualquier otro, sobrevive de manera independiente al patrón que describe Mirowski. Eso no ocurrió todavía y ese largo silencio ya es parte de la respuesta.

Antes de concluir vale la pena volver a las dos posiciones extremas planteadas al principio, ahora con la distinción entre Visión y técnica en la caja de herramientas. Empiezo por la que reduce la economía a lenguaje con el que el poder se disfraza de neutralidad. El caso de Ricardo le niega su pretensión más fuerte: si la disciplina pudo corregirse una vez apelando a su propia coherencia, no toda discusión económica se reduce a una disputa de intereses disfrazada de vocabulario técnico. Eso no exime a la economía de toda sospecha, ni resuelve de antemano cada debate futuro. Pero le devuelve algo más importante: la posibilidad de que un argumento se sostenga por motivos ajenos a intereses particulares.

La posición tecnocrática tampoco sale bien parada. El caso de Mirowski le niega la misma pretensión, en espejo: ninguna técnica llega limpia de Visión, ni siquiera la que se presenta como ciencia exacta que no admite preguntas. Eso no reduce la economía a pura ideología ni invalida sus herramientas. Le quita el derecho a cerrar un debate apelando solo a la evidencia, como si esa evidencia no viniera ya empaquetada en una Visión particular.

Vistas así, las dos posiciones chocan con el mismo obstáculo, por lo que no es un problema de un solo signo político. Quien defiende la disciplina como ciencia exacta y quien la acusa en bloque de ser pura ideología cierran la misma puerta. Las dos le niegan a la teoría económica el lugar que en realidad le corresponde: no es el veredicto final que promete una, ni la máscara que denuncia la otra, sino el de una herramienta capaz de sostener acuerdos que sobrevivan a un cambio de gobierno, algo que ninguna de las dos posiciones le permite hoy.

Esta distinción no ofrece una receta. No dice qué política pública elegir. Ofrece algo más modesto, y para una región con decisiones urgentes, más útil: una herramienta para distinguir una corrección técnica pendiente de una Visión disfrazada de técnica. Su ausencia es una de las causas del estancamiento estructural del que hablé en la apertura.

Notas

[1] Este ensayo trabaja sobre la introducción de la cuarta edición (1985). Blaug adoptó luego de Rorty la distinción entre reconstrucción histórica y racional, y la incorpora en el prefacio de la quinta edición (1996), aunque el cuerpo del texto sigue usando el vocabulario de absolutismo y relativismo en el pasaje aquí analizado. [2] Mark Blaug, Economic Theory in Retrospect, 4a ed. (Cambridge: Cambridge University Press, 1985), 2, para ambas definiciones. [3] Ibid., 1. [4] Ibid., 3, citando a Jacob Viner, Studies in the Theory of International Trade (1937), 110. [5] Un lector formado en filosofía de la ciencia podría esperar aquí el aparato de Popper y Lakatos, que exige el mismo tipo de confrontación con hechos nuevos que el crush out de Schumpeter. Blaug se apoya en Lakatos en The Methodology of Economics (1992) para juzgar programas de investigación como progresivos o degenerativos, y esa base sostiene buena parte de su propia historiografía absolutista. Pero ni Popper ni Lakatos, centrados en física y matemática antes que en ciencias sociales, necesitan explicar de dónde sale una hipótesis o un programa. Heredan la separación entre contexto de descubrimiento y de justificación, y el origen queda fuera de la evaluación. [6] En un trabajo posterior, La sociología del conocimiento (1958), Stark suaviza esta posición, según el propio Blaug reconoce en nota al pie. En este Stark construye su argumento en polémica directa contra Mannheim, a quien reprocha no distinguir la ideología (pensamiento deformado por interés de clase) de la sociología del conocimiento propiamente dicha (cómo la posición social condiciona qué se percibe, sin necesariamente deformarlo). [7] Ibid., 1–3. [8] Ibid., 7. [9] Schumpeter, Joseph A. History of Economic Analysis. Edited by Elizabeth Boody Schumpeter. Introduction by Mark Perlman. New York: Oxford University Press, 1994, 39. [10] Ibid., 40. [11] Mark Blaug, Economic Theory in Retrospect, 4a ed. (Cambridge: Cambridge University Press, 1985), 6. [12] Ibid., 107–108. [13] Platón, Teeteto, 170a–171c. [14] Ver Barry Barnes y David Bloor, «Relativism, Rationalism and the Sociology of Knowledge» (1982), 22–25. En sentido contrario, Paul Boghossian, Fear of Knowledge (2006), 2–5 y 9 (sobre el carácter radical del relativismo), y 19–22 (sobre la defensa de la imagen clásica y objetivista del conocimiento). [15] Este concepto le ofrece a la lectura relativista una salida de emergencia. Ante cualquier corrección técnica que parezca desmentirla, puede apelar a la reflexividad y sostener que la corrección misma es apenas otro efecto de contexto. Es una posición que no ofrece, por diseño, un caso en el que pueda perder. [16] Mirowski no recurre al aparato de Lakatos, pero lo que describe coincide con lo que Lakatos llamaría un programa de investigación degenerativo. [17] El título proviene de una expresión en inglés que describe una situación en la que hay más emoción (heat) que claridad (light). [18] Philip Mirowski, More Heat Than Light: Economics as Social Physics, Physics as Nature’s Economics (Cambridge: Cambridge University Press, 1989), 63. [19] Ibid., 224. [20] Ibid., 196. [21] Ibid., 127–129. [22] Ibid., 258. [23] Georgescu-Roegen, Nicholas. The Entropy Law and the Economic Process. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1971, 2–3. [24] Mirowski, More Heat Than Light, 236. [25] Ibid., 371. [26] Ibid., 372. [27] Ibid., 368–369. [28] Philip Mirowski, Machine Dreams: How Economics Became a Cyborg Science (Cambridge: Cambridge University Press, 2002), 164–166. [29] Ibid., 6–7. [30] Ibid., 19–22. [31] Ibid., 175–180. [32] Ibid., 357–360. [33] Ibid., 157–160. [34] Schumpeter, Joseph A. History of Economic Analysis. Edited by Elizabeth Boody Schumpeter. Introduction by Mark Perlman. New York: Oxford University Press, 1994, 41. [35] Richard Baum and William Sheehan, In Search of Planet Vulcan: The Ghost in Newton’s Clockwork Universe (New York: Plenum, 1997), 2–4, 136–138. [36] Ibid., 2–4, 118. [37] Ibid., 3. [38] Ibid., 133. La traducción del inglés es mía. [39] Larry Laudan, Progress and Its Problems: Towards a Theory of Scientific Growth (Berkeley: University of California Press, 1977), 77. El argumento sobre la imposibilidad de especificar medidas de contenido empírico es de Adolf Grünbaum; Laudan lo retoma para mostrar que el criterio lakatosiano de progreso nunca pudo aplicarse con rigor a un caso histórico real.

Bibliografía

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