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El tipo con la remera de Fugazi

Nos conocimos en una fiesta. Él era el amigo de un amigo de un amigo de mi amigo. Al principio me pareció algo extraño, intenso. Me miraba…

Susanamsalguero · 2025-08-27 13:11 · 0 claps · 4.1 min read
#cuento #susana-salguero #música #relato #fugazi
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Wiki topics: STP · Startups & Venture

El tipo con la remera de Fugazi

Nos conocimos en una fiesta. Él era el amigo de un amigo de un amigo de mi amigo. Al principio me pareció algo extraño, intenso. Me miraba fuerte, como si me conociera de antes. Por momentos tanta presencia me ponía incómoda. Hasta que se quitó el suéter y vi que tenía una remera de Fugazi. Entonces se acercó y, sin mediar palabra, me pasó su vaso. Y yo lo tomé. Durante un rato nos quedamos escuchando la música, aturdidos por el ruido y el olor a humo. — ¿Estás bien? — No te escucho, hablá más fuerte. Miré el vaso vacío en mi mano. En el fondo quedaban unas gotitas. — ¿Qué? — Le puse algo al trago. No supe qué decir. Me temblaba todo. Me sudaban los pies, como siempre que siento que me voy a desmayar. Soltó una risa potente. — Te cagaste toda. Me reí. No supe por qué. Después no volvió a mencionar el tema. Me habló de música, de un recital en el que según él había estado y que yo juraría que nunca existió. Me contó que en la ruta había que manejar como si todos los demás quisieran matarte. Lo dijo sonriendo, pero no como un chiste. Fumamos un poco pero yo estaba cansada, tenía sueño. Y él cada vez más cerca. Su boca susurrándome cosas que se me escapaban antes de entenderlas. Su respiración acelerada. Y no recuerdo más. Cuando desperté estaba en el asiento del acompañante de un auto en movimiento. Afuera era de día, la ruta mojada, el parabrisas marcado por la lluvia. Él manejaba con una calma exagerada, como si todo estuviera bajo control. — Dormiste como una muerta — dijo. — ¿A dónde vamos? — A dar una vuelta, como me pediste antes de quedarte dormida. — Yo no te pedí nada. — No te acordás, que es muy distinto. Me pediste que te sacara de ahí y que te llevara a pasear en mi auto pero a baja velocidad y eso hago. ¿O querés otra cosa? En eso apretó el acelerador y tuve que cerrar los ojos para no gritar. No estoy muy segura pero podría jurar que se me escaparon algunas lágrimas. “Lo peor en la ruta no es chocar. Lo peor es tener que frenar”, me dijo sin soltar el volante, sin dejar de mirarme.

Paró en una estación de servicio. Compró dos cafés, un alfajor y un paquete de pastillas de menta. Me alcanzó uno de los vasos de cartón como si nada hubiera pasado. Necesitaba ir al baño porque me sentía completamente húmeda. No pude. Habló de un viaje a Uruguay, de un primo camionero, de una ruta que según él se desmoronaba a la altura de Gualeguaychú. Yo lo escuchaba con atención, como si en medio de cada palabra hubiera escondida otra frase, la verdadera. Aún no sabía su nombre. ¿O lo sabía y no lo recordaba? Me daba vergüenza preguntarle eso ahora, después de todo lo que hicimos. En ese “todo lo que hicimos” había un hueco que no podía llenar. Recordaba su cuerpo sobre el mío, la música de fondo, el humo. También recordaba haber bajado a la ruta en plena madrugada, el barro en las zapatillas, el ruido de un golpe seco. Los gritos. — ¿Qué pasa? — Mi celular. Miré mi cartera y no estaba. Me fijé en el bolsillo del tapado, tampoco. No podía ser tan boluda de haberlo perdido. — Lo tengo yo. Me pediste que te lo guardara. — ¿Me lo podés dar? — ¿Para qué lo querés? ¿No estamos bien así? Tomó un sorbo de café y siguió: — El problema con la gente es que siempre quiere avisar dónde está. Como si eso sirviera de algo. Nadie puede rescatarte en la ruta, Sonia. Sabía mi nombre. Lo más peligroso que hice en mi vida fue meterme en el departamento de un tipo que apenas conocía durante unas vacaciones en Estados Unidos. Era argentino, estaba estudiando cine en la NYU y se me acercó con una botella de agua en las escalinatas del MoMA. Claramente, algo tengo con las bebidas y los tipos. Es curioso porque con todo el cine de terror que llevo en sangre, debería estar más alerta y no. La diferencia es que aquel chico de Nueva York tenía veinte años y lo peor que podía pasar era que me mostrara un corto experimental insoportable. Y de repente, el dolor. — ¿Qué pasa, Sonia? Pensé que te gustaba que te mordiera así. Me toqué el cuello. Sangraba levemente. Me ardía como si me hubiese raspado contra el piso. — No vuelvas a hacerlo. — Como quieras. Seguimos en la ruta. Él abrió el paquete de pastillas de menta y me ofreció una. Yo la acepté solo para tener la boca ocupada. El silencio duró varios kilómetros. El viento movía los charcos en la banquina. Estaba deseando que volviera a llover, que el agua no nos dejara ver, que tuviéramos que buscar refugio en algún lugar extraño. Tirarnos en la cama a mirar tele. Chapar. — Sonia, ¿alguna vez sentiste que algo quedó tirado atrás y que no había forma de volver a buscarlo? — me preguntó sin mirarme. No, nada. Creo que nada. Me acomodé mejor en el asiento, me abrí levemente de piernas. Y le clavé la mirada, pensando. ¿Alguna vez sentí que algo quedó tirado atrás y que no tenía forma de recuperarlo? Mi mente estaba entumecida, sudada. Recordaba mi nombre porque él lo repetía a cada rato. Y entonces: — Tuve algo con mi hermano. Fue hace bastante. — ¿Algo como qué? — Algo como eso que estás pensando. — ¿Y qué sabés lo que estoy pensando? Se rió bajo, con la vista fija en la ruta. La lluvia estaba comenzando a aparecer. Primero unos gotones pesados, distantes. Luego, en forma de cortina. El parabrisas no servía de nada. Traté de limpiar un poco el vidrio, que se empañaba por nosotros dos. — Es verdad. No lo sé. Hice una pausa larga, como si el aire se espesara. Estaba a punto de confesarle algo más. El auto vibraba sobre el asfalto mojado. Pero él me ganó de mano. — Yo maté a un tipo en la ruta — dijo monocorde — . Era un día muy parecido a este. La lluvia no me dejaba ver. Y yo tampoco quería ver nada, ni esquivar nada porque lo peor en la ruta no es chocar. Lo peor es tener que frenar.


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