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La seducción del abismo: psicología del riesgo, educación emocional y la cultura que dejó de formar…

El reciente asesinato de dos adolescentes en el Atlántico vuelve a abrir una pregunta incómoda que la sociedad evita discutir con…

Klaligatos · 2026-03-09 20:53 · 0 claps · 3.9 min read
#adolescencia #yo #violencia #responsabilidade #corresponsabilidad
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La seducción del abismo: psicología del riesgo, educación emocional y la cultura que dejó de formar carácter.

El reciente asesinato de dos adolescentes en el Atlántico vuelve a abrir una pregunta incómoda que la sociedad evita discutir con honestidad: ¿por qué tantas jóvenes terminan vinculándose emocionalmente con hombres violentos o delincuentes?

Antes de cualquier análisis hay algo que debe decirse con claridad: el dolor de esa madre es real y merece respeto. Perder un hijo rompe algo que ninguna familia debería experimentar. Pero reconocer ese dolor no debería impedirnos pensar con honestidad sobre los factores psicológicos y culturales que siguen produciendo tragedias como esta. No se trata de justificar a los criminales — la responsabilidad penal siempre es de quien comete el delito — ni de trasladar toda la culpa a las víctimas. Ignorar las decisiones individuales tampoco ayuda. Lo cierto es que las tragedias humanas rara vez tienen una sola explicación. Hay criminales que deciden cometer violencia, pero también hay decisiones, errores y contextos culturales que ayudan a explicar por qué estas situaciones siguen repitiéndose.

Durante la adolescencia el cerebro humano está especialmente orientado hacia la búsqueda de emociones intensas. Los sistemas de recompensa responden con fuerza al riesgo, a la novedad y a la transgresión. En ese contexto, figuras que proyectan poder, rebeldía o desafío a la norma pueden resultar atractivas, incluso cuando ese poder proviene de la violencia o la criminalidad.

No es amor. Es estimulación emocional.

La cultura contemporánea ha aprendido a confundir ambas cosas. La música, las redes sociales y ciertas narrativas culturales han romantizado al delincuente. El “malo”, el que desafía la ley, el que vive rápido y sin reglas, aparece como símbolo de carácter o masculinidad. Ese imaginario se infiltra en la construcción emocional de muchos jóvenes. El problema es que detrás de esa imagen no hay aventura ni libertad, sino manipulación, violencia y riesgo real.

Pero este fenómeno también revela una contradicción cultural más profunda: la forma en que educamos a las mujeres. Desde pequeñas, muchas niñas reciben un mensaje constante: deben cuidarse. Deben ser prudentes, discretas, responsables. Se les repite que el mundo puede ser peligroso para ellas. Sin embargo, al mismo tiempo se limita el desarrollo de su lado fuerte. Se desincentiva competir, confrontar, explorar riesgos o probar sus propios límites. Se les pide prudencia. Pero no se les enseña poder.

Mientras tanto, los niños crecen probando límites: se caen, compiten, discuten, exploran jerarquías sociales. En ese proceso desarrollan habilidades fundamentales para la vida adulta: autoconfianza, lectura del riesgo, capacidad de confrontación. Cuando a muchas niñas se les niegan esas experiencias, la necesidad humana de intensidad no desaparece; simplemente se desplaza. La emoción, el riesgo y la sensación de poder terminan buscándose a través de otros, especialmente en hombres que representan esa energía transgresora que ellas nunca tuvieron oportunidad de explorar por sí mismas.

La cultura les enseñó prudencia. La emoción se la ofrece el peligro.

A esto se suma otro elemento cultural: la idea de que el valor social de una mujer depende de ser elegida o deseada. Cuando el reconocimiento personal se construye alrededor de la validación masculina, el interés de un hombre que proyecta poder o peligro puede interpretarse como una forma de estatus emocional. Es una ilusión peligrosa: lo que parece poder suele ser simplemente violencia disfrazada.

Los grupos criminales conocen bien estas dinámicas. La seducción rápida, los regalos, las promesas o las invitaciones son formas de manipulación emocional diseñadas para generar confianza y control. No es una relación romántica. Es captación.

Pero el problema cultural no termina ahí. Durante décadas muchas familias han ido criando niños bajo una idea peligrosa: que sus hijos son especiales, superiores, distintos a los demás. Se les protege de toda frustración, se suavizan las reglas, se negocian constantemente los límites. Pero educar no consiste en convencer a un niño de que es extraordinario. Educar consiste en enseñarle que vive en un mundo donde existen riesgos reales, donde las decisiones tienen consecuencias y donde el carácter es una forma de inteligencia.

Cuando un niño crece sin límites claros ni conciencia de consecuencias aparece algo peligroso: egos frágiles que creen que sus emociones justifican cualquier decisión. Y una sociedad llena de egos frágiles es una sociedad vulnerable. Porque quien nunca ha aprendido a reconocer límites tampoco aprende a reconocer el peligro.

Pero hay una dimensión moral aún más inquietante. Hemos aprendido a amar solo a los nuestros. Protegemos con ferocidad a nuestros hijos, hermanos, primos o sobrinos. Pero cuando el niño pertenece a otra familia, a otro barrio o a otro contexto social, la empatía se vuelve más débil.

Entonces es más fácil juzgar. Más fácil señalar. Más fácil mirar desde lejos.

Es el mismo mecanismo psicológico que permite enviar a la guerra a los hijos de otros mientras protegemos a los nuestros. El mismo que nos hace condenar con dureza a los hijos de otras familias mientras justificamos cualquier error cuando ocurre dentro de la nuestra. Mientras sigamos viendo a los niños del mundo como los hijos de otros, la violencia seguirá encontrando espacio. Una sociedad verdaderamente madura debería ser capaz de mirar a cualquier niño — sin importar su origen — y reconocer algo esencial: ahí también está el hijo que alguien ama, la vida que alguien desea ver crecer.

Educar a un niño — sea hijo, hermano, primo o simplemente un niño que comparte el mundo con nosotros — no consiste solo en protegerlo del peligro. Consiste en formar el carácter necesario para reconocerlo antes de que sea demasiado tarde. Porque el verdadero empoderamiento no consiste en elegir cualquier relación, sino en desarrollar el criterio suficiente para reconocer cuándo una relación es simplemente un camino directo hacia el peligro.

Y porque hay una verdad que no se debería olvidar: cuando una sociedad deja de formar carácter en sus niños, tarde o temprano aprende a llevar flores a las tumbas de quienes no supo educar.

KLODOMYRA


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