GOLDEN TEACHER
GOLDEN TEACHER

Seguro todavía existe alguna persona así. Quizás no en las grandes ciudades, pero sí en algún pueblito del piamonte, o en los acantilados griegos que descansan sobre el mar, todavía debe de vivir algún anciano de noventa y tantos, que duerma ocho horas de corrido sin ayuda de fármacos, y que por las tardes de verano tome largas siestas con sabor al mar Egeo.
Como no soy una de esas personas, tomé mi pastilla por la mañana y seguí respondiendo mails. Treinta o cuarenta minutos más tarde, comencé a sentir los efectos. Soy sensible a la psilocibina, pero esta vez sentí un golpe psicoactivo más potente de lo habitual.
Por lo general, luego de ingerir cada dosis de la Golden Teacher, siento como una caricia, un cosquilleo o leve entumecimiento en el pecho o la cabeza.
De vez en cuando, sufro flashes alucinacinatorios, imágenes a medio cocinar que recuerdan a viajes lisérgicos más potentes y duraderos, como cuando un acorde de guitarra podía recordarte al disco completo.
La mayoría de las veces, las alucinaciones son tan breves que no logro retener ninguna imagen ni sensación. Así como vienen, se desvanecen y no queda nada de ellas.
Hago el esfuerzo, como cuando uno se despierta y hace el esfuerzo por recordar lo que soñó, antes de que pensamientos e imágenes diurnos reemplacen por completo a las imágenes del sueño.
En uno fe los flashes alucinatorios alcancé a ver dos máscaras de teatro arriba de un sube y baja con aspecto de nube. En otra oportunidad, vi caer frente a mí un relámpago que impactó en el piso, frente a mis pies.
Pero las alucinaciones de hoy eran más poderosas y duraderas, el entumecimiento en el pecho también era intenso y se extendía hacia la cabeza, brazos y piernas.
Me recosté.
En ese momento, sentí que merodeaba la paranoia. ¡Qué juego complicado el de las sustancias! La experiencia nos enseña que no hay que dejarse vencer por la ansiedad. La ansiedad es como la temperatura corporal, que si la dejamos subir medio grado, nos volvemos presos de emociones indeseables o pensamientos desagradables. Es la ansiedad la que le abre la puerta a la paranoia.
Mientras sentía cómo los efectos de la psilocibina se apoderaban de mí y jugaba una pulseada mental entre mis pulsaciones y mi respiración en contra de la ansiedad y la paranoia, pensé que:
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Había confiado mi salud mental a una hippie de Málaga que encontré en Telegram, sin ninguna referencia.
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Que la hippie malagueña me había intoxicado cargando las pastillas con hongos venenosos.
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Que me quedaban diez minutos de lucidez como mucho antes de sumirme en un mundo de alucinaciones; la molécula ya había ingresado en mi cerebro y jugueteaba con mis neurotransmisores: correteaban por el arenero, jugaban al subi baja, se balanceaban en los columpios… deformando la realidad.
Con los transa, es siempre una apuesta. Es como realizar por vez primera una transferencia bancaria de una suma importante de dinero a un destinatario desconocido, o abrazar el abismo ¿Hay también un paralelismo entre la fe ciega en el transa y enamorarse de alguien?
Aún no sabía si estaba comenzando mi agonía o un viaje cósmico, cuando comprendí lo que había sucedido.
La noche anterior, no había dormido casi nada. Me desperté e ingerí mi dosis habitual de psilocibina. Luego, encendí la computadora y respondí mails. Más tarde, empecé a sentir hambre y recordé que la pastilla había que tomarla en ayunas. Entonces, ingerí, por error, una segunda dosis de psilocibina, duplicando la dosis.
En el mismo momento en el que asimilé mi error, los efectos se potenciaron, como si el hongo estuviese aguardando que yo comprendiese racionalmente lo que sucedía para implosionar y liberarse.
Ya había duplicado mi dosis habitual. Ya había puesto mi salud mental en manos de un hippie malagueña. ¿Qué más podía hacer? Cerré los ojos y me dejé llevar, tanto por el cansancio como por las alucinaciones.
A la velocidad de la luz, ¿mi mente? ¿mis párpados? se cubrieron de proyecciones, como si alguien hubiese encendido un proyector de cine clavado en mi cerebro y, sobre la pantalla blanca ubicada en mis párpados cerrados, comenzaran a proyectarse imágenes de un film en blanco y negro.
Parecía que estuviese recostado mirando desde abajo troncos y ramas de árboles que se movían al ritmo del otoño. Era una imagen eb blanco y negro, que fue reemplazada lentamente por la imagen de unos toldos anaranjados que había visto en el verano, en un pueblo del sur de España. Luego, en una imagen mucho más nítida, me vi en una clase de dibujo a los once años, junto a un amigo y dos amigas, donde, en lugar de hacer un collage, leíamos una revista Cosmopolitan que alguna madre había donado para la clase de dibujo. En lugar de trabajar en el collage, seguíamos un cuestionario de la revista, hasta que la profesora nos echó por reírnos en clase. Era un recuerdo olvidado en lo más profundo de mi mente que creía totalmente perdido, y ahora no solo volvía a recordarlo sino que revivía ese momento. Tal cual había sucedido. Yo me encontraba tanto en la clase de pintura como recostado en la cama, tenía once y treinta y tres años, simultáneamente.
Cuando la profesora echó a los cuatro alborotadores -que respondían un cuestionario sexual que apenas comprendían-, había pensado que el remedio para evitar las clases del colegio era reír en voz alta. Fue ahí cuando aprendí que uno podía evitar quedarse en lugares indeseables o junto a personas poco agradables, solo había que encontrar la manera indicada. Riendo en voz alta, inventando una excusa o algo por el estilo.
Después, me vi a los trece años chateando con mi primer amor.
A esta altura yo no podía distinguir el recuerdo de la ensoñación o de la alucinación producto del hongo. Rememorar, soñar o alucinar, son vías de escape del mundo ordinario y, como yo estaba experimentando las tres al mismo tiempo, sentí que comenzaba a circular por la autopista de la libertad, escapando de lo vulgar de la vida.
Vi a dos chicos de principios de los dos mil que chateaban por internet hasta largas horas de la madrugada. A ella le gustaba el cine pero -comprendí con el tiempo- más le gustaba recomendar películas que todavía no había visto o, si las había visto, no había entendido. Los vi en el recreo del colegio; cómo ella se ruborizaba, su media sonrisa y su mechón de pelo teñido de rojo que caía sobre su rostro, y vi cómo a él le transpiraban las manos y se le aceleraban las pulsaciones, vi el brillo en los ojos de los dos.
Él miraba las películas recomendadas como excusa para mirarla más tiempo a los ojos a ella. A menudo, cuando nadie los veía, saltaban la reja del colegio y se refugiaban en el parque lindante. Se recostaban sobre el tronco de un árbol o directamente sobre el pasto y ella pronunciaba nombres de directores de cine, de actores y actrices, nombres complejos, polacos u holandeses, pero cada nombre, cada palabra, eran como notas musicales para él, como una melodía que lo llenaba de confianza y bienestar. Uno al lado del otro, recostados sobre el césped, mirando desde abajo los troncos que se erguían hacia el cielo, y el ir y venir de las ramas otoñales.
메타데이터
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- 2026-07-14 12:17:41