NUNCA ESTUVE EN EL LUGAR CORRECTO
Relato testimonial de Esther Arango, sobreviviente a la toma guerrillera del municipio de Juradó en el año 1999.
NUNCA ESTUVE EN EL LUGAR CORRECTO
Relato testimonial de Esther Arango, sobreviviente a la toma guerrillera del municipio de Juradó en el año 1999.
“Lo único que quería era ver a mi mamá”
Terminé materias de la universidad en 1998 y una judicatura era lo único que me limitaba de mi título de abogada. Llevaba dos años tratando de conseguirla y el Consejo Superior de la Judicatura no reconoció lo que había hecho en unos actos como defensora de delitos menores, por el contrario, decidió investigarme de forma penal y disciplinaria. Me sentía presionada, con el tiempo agotado y sin muchas opciones en el camino. Si una condición tenía mi judicatura es que debía ser remunerada, debido a que para ese entonces estaba urgida de dinero. Apareció la alternativa de aspirar a la personería de mi pueblo natal Bahía Solano. A la cual accedí, sin embargo, no resulte elegida. Aun así, tuve fe y Dios no me abandonó. Se me presentó la opción del mismo cargo, esta vez en Juradó. Un municipio ubicado en la costa pacífica norte del Chocó que tiene la característica de ser limítrofe con el país Panamá. En aquella época, Juradó contaba con la fama de poseer la boca marítima más peligrosa del pacífico colombiano. Muchas fueron las embarcaciones que en sus aguas no lograron mantenerse a flote. Pero como primero está la necesidad que el miedo llegué a Juradó.
“Esther Arango es la nueva Personera de Juradó” — Luis Felipe Ibarguen (presidente del consejo de Juradó, periodo 1998–2002).
A veces sentía que el destino no me tenía el lugar correcto. Iniciando con que fui la única opción para el puesto, no hubo otros candidatos, eso me causó mala espina. Siendo sincera no me adaptaba. Sufrí de depresiones constantes a las que no estaba acostumbrada. Virus, alergias dominaron mis defensas. Fui víctima del tifo, el COVID de ese entonces, en múltiples ocasiones. Nacidos algo anormales tomaron a mi piel de rehén. En todo esto se basó mi inicio en Juradó y la única opción que me quedaba era escapar (en medio de un mar de lágrimas) lo más pronto que pudiera a ver a mi mamá en Bahía Solano.
Puedo decir que superé la situación (aunque no de forma total) y logré establecerme en Juradó. Sin embargo la mala espina que sentí cuando llegué me iba a dar la razón. En julio de 1999 empieza a correr el rumor de que las FARC (que estaban en pleno apogeo) se iban a tomar el pueblo. Con amenazas disfrazadas de razones, se decía poco que resultaba siendo mucho. No voy a decir mentiras, el miedo se adueñó de mí. El primer motivo del profundo terror con el que tuve que aprender a vivir surgió a partir de que en la casa donde residía el tránsito de los militares del pueblo era constante. Pues allí el blanco favorito de la guerrilla pasaba el tiempo libre jugando billar. Llega noviembre y aunque ninguna acción de lesa humanidad se había cometido por parte quienes serían los victimarios, el rumor de “Ya viene la guerrilla” seguía rodando el pueblo. Con la pesadilla que estaba viviendo, porque para mí ya todo estaba siendo una pesadilla, tomé la decisión de llegar hasta ese año en el cargo, no aguantaba un segundo más. De por sí ya era la peor situación que había vivido en mi vida y estaba totalmente segura de que era peor lo que me restaba por vivir ahí.
Pero para reforzar mis pesares y aceptar mi predicción, pasó lo que nadie quería, aunque todo un pueblo lo esperaba. Ese mismo mes las Farc se tomó el pueblo. Mi decisión fue tardía. El segundo sábado de noviembre los agricultores como de costumbre salieron a hacer su labor hacia los lados del río. Lo normal era que retornaran en las horas de la noche, sin embargo no hubo regreso. Con el estigma que ya se tenía, la única opción era preocuparse. En ese momento se retraía lo sucesos del pasado en forma de déjà vu. Pues no era la primera vez que el no regreso de los agricultores significaba la vuelta de los guerrilleros.
Esa noche el billar estaba vuelto un caos. El que no tuviera pánico no tenía sentimientos. Mi instinto me hizo preguntarle a Alberto Achito un líder indígena que se encontraba en el lugar algo que me dejaría sudando la gota fría.
“Alberto de por Dios dígame lo que va a pasar”.
A lo Alberto me respondió:
“¡Doctora, Sálgase ya de aquí! Que va a pasar algo terrible”.
Al instante de recibir esas palabras, tomó la decisión junto con mi amiga Rosalba Jaramillo colaboradora de la personería, de irnos de la gigante cabaña hecha en chacao. Chepi, el vendedor de chances del pueblo nos ofreció como refugió su hogar. Una pequeña casa de cemento por la que pagaba de arriendo 78.000 pesos al mes. Ya resguardadas en la vivienda de Chepi, lo único que teníamos por hacer era rezar y preparar la mente para que supiera que íbamos a sentir en vivo y en directo lo que pasaba en una película de Sylvester Stallone. Llega la medianoche y suena la primera bala. Se desató la batalla. Los proyectiles se sentían como bombas, nadie sabe cómo nos transportamos al Vietnam de 1970. El batallón estaba a 1 kilómetro de la casa. Nunca me imaginé que estar cerca de el me iba causar terror y no seguridad. La esperanza estaba en un apoyo o un refuerzo del ejército para desmantelar a nuestro terror, sin embargo todo se quedó en una esperanza.
Amaneció y aun seguía el combate. A las 9 de la mañana llegaron a informarme que la guerrilla se había tomado el batallón. Todos los militares habían sido asesinados. En control de Juradó estaba en manos de las Farc totalmente. Por mis pensamientos solo rondaba la idea que algún guerrillero iba a llegar hasta donde estaba y me iba a matar. No soltaba la biblia de mis manos, sin hacer esfuerzo mi lengua reproducía el salmo 91 automáticamente por las tantas veces que ya lo había repetido. En ese momento solo quedaba la policía en combate, pues tuvieron mejor resguardo que los militares logrando salvarse de la barbarie.
En la tarde ese domingo la guerrilla preguntaba por la Personera. Nunca pensé que el miedo que tenía controlado mi cuerpo y mi mente pudiera aumentar. Hasta que me llegó esa noticia. La lógica me conducía a un secuestro, por mi cargo no pensaba en otra situación. No sé cómo, ni por qué, pero me entro una valentía que me conllevaba a salir. Tenía que salir en defensa del pueblo, pues el alcalde se había esfumado. El Padre del pueblo llegó a la casa a buscarme, me estaban pidiendo junto a él. Sin embargo, Rosalba preocupada por mi le dijo que yo ya me había ido, pues ella estaba segura de que si salía por lo menos sana no volvería.
Le reclamé a Rosalba ya me había comprometido con salir. A lo que Rosalba me responde:
“¡Para allá no va, usted para allá no va! “.
Al final acaté la decisión de Rosalba. El Padre acompañado de los policías llegan al encuentro con los guerrilleros. Quienes terminan secuestrando a los policías.
Al día siguiente, que era lunes por fin tomamos un respiro. La guerrilla decidió partir de Juradó. Y horas después llegaron militares desde Bahía Solano a examinar la situación. Después de realizar su labor, los militares verificaron que todo estaba bien y por ende se marcharían. Sin embargo, si se iban quedaríamos desprotegidos, en el pueblo no había quien brindara seguridad. Solo me quedaba rogar para que no nos abandonaran. Espere hasta el miércoles que reflexionaran y tomarán la decisión de quedarse, pero no cambiaron de parecer. Ese mismo miércoles en la tarde me tocó salir hacia el puerto, los militares ya estaban rumbo a embarcar. En el camino me topo con el coronel García al cual le digo:
“Coronel, no nos pueden hacer esto, no nos pueden dejar desamparados, esa gente vuelve y en cualquier momento”.
A lo que el coronel García me responde:
“Aquí no nos quedamos. Este pueblo contribuyo a la muerte de nuestros hombres. Nos vamos”.
El ejercito decidió quemar sus propias bases militares en forma de protesta por lo que había sucedido con sus compañeros. Haciendo saber que militarmente no le prestarían más servicio a Juradó. Embarcaron sus lanchas y se fueron.
Nunca en la vida me había sentido tan sola. Di media vuelta y me largué a llorar mientras caminaba. De la nada aparece un periodista de El Tiempo y al verme en mi condición decide tomarme una foto. Al percatarme le ruego que no lo haga, y él termina aceptando mi decisión.
Un enfermero militar que aún se compadecía del pueblo al verme en desenfocada y desalentada me pregunta:
“¿Usted que quiere?”.
A lo cual le respondo:
“Me quiero ir a mi casa.
A lo cual accede y me dice:
“Ya mismo la sacó de aquí”
Llegamos a la casa, armé la maleta lo más rápido posible. Salimos corriendo por todo el pueblo hacia el puerto. La gente al verme me decía “Personera no se vaya”. Pero yo no podía, me moría si dormía en el pueblo sin fuerza pública, así como me moría dejar Juradó en la condición el que estaba, pero no podía hacer nada más. Llegamos al puerto, entro al barco, ahí dormí una noche y al otro día ya estaba en mi natal Bahía Solano.
메타데이터
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