Jugamos como siempre
Todo nace, como nacen las cosas verdaderamente importantes de mi vida, es decir, de manera lateral y a deshoras, navegando en Twitter la…
Jugamos como siempre
Todo nace, como nacen las cosas verdaderamente importantes de mi vida, es decir, de manera lateral y a deshoras, navegando en Twitter la mañana siguiente a la eliminación de México frente a Inglaterra en los octavos de final del Mundial de 2026, cuando comprendí que llevé casi treinta años fingiendo seguir este deporte con la fidelidad de quien sigue una religión heredada, y digo fingiendo porque ha llegado la hora de confesarlo con todas sus letras: el futbol me gusta poco, me gustó poco siempre, y aun así lo abracé con tanta seriedad que en algún momento empecé el curso de entrenador, empujado por mi madre y por esa búsqueda de futuro que las madres emprenden por nosotros cuando nos ven entrar en la crisis de decidir qué hacer con la vida, de modo que estuve a punto de dedicarme profesionalmente a dirigir un deporte que me era indiferente, lo cual, bien visto, me habría preparado de maravilla para cualquier carrera en este país, aunque la crisis terminaría resolviéndose en esto que hago ahora: vivir para juntar palabras y reflexionar, que es una forma de dirigir técnicamente un equipo donde todos los jugadores son sustantivos y el arquero, siempre, es la memoria.
La memoria guarda con precisión de archivo una final del futbol mexicano, final en el doble sentido de la palabra, porque fue lo último que seguí de manera afectiva, con el cuerpo entero puesto en la pantalla: 2013, el grito del Perro Bermúdez desgarrando el aire con su “cabezazo (e) de Moisés” mientras el América alcanzaba al Cruz Azul para después darle la vuelta en los penales, milagro laico que yo presencié, con la ironía intacta, por un streaming libre sostenido por un internet de la época, un internet miserable que congelaba la imagen justo cuando la historia se decidía, de modo que mi recuerdo de esa final es en parte un recuerdo y en parte una reconstrucción, como casi todo lo que uno cree haber visto en la vida, y quizá por eso la quiero tanto: es la única memoria futbolera donde puse el corazón, y ni siquiera la vi completa. Vino después el Mundial de 2014, que seguí con la disciplina del creyente y el entusiasmo del burócrata, sellando cada partido porque la afición se había convertido en trámite.
Lo que descubrí en ese desplazamiento merece su propio párrafo, porque lo único que verdaderamente me divertía del futbol era todo aquello que rodea al futbol y que el futbol ignora: los números, los datos, las secuencias, esa contabilidad secreta que corre por debajo del pasto y que explica, mejor que cualquier grito, por qué un equipo gana y otro se va a casa a escuchar el himno de los reproches, y descubrí en consecuencia la falta escandalosa de esos números en la lectura del juego, en los medios, en las bancas, en las sobremesas, de manera que mi afición era una afición huérfana: me gustaba la parte del deporte que el deporte mismo se rehúsa a mirar y me encanta las cotradicciones que provoca en las “mesas picantes de análisis”
Aparece la confesión mayor, la que me cuesta más que todas las anteriores juntas y la que anoto con la resignación de quien lleva años pagando por entenderla: usé el futbol como armadura. Durante décadas, este deporte fue mi disfraz de persona sociable, mi tema de emergencia, mi contraseña de acceso a las conversaciones de los otros, porque soy una persona escasamente comunicativa y aprendí temprano que saber la alineación del domingo abría puertas que la timidez mantenía cerradas, puertas de amistades e incluso, ironía suprema, de ligue, y así memoricé resultados, fichajes y lesiones con la dedicación del estudiante que se aprende de memoria un idioma que jamás piensa hablar en la cabeza, todo para sostener charlas sobre un juego que en el fondo me aburría, lo cual me convierte, hago cuentas y me asusto, en una especie de espía de la sobremesa mexicana, un infiltrado que pasó treinta años recabando información sobre el enemigo más querido de todos.
Elegí construir mi vida social sobre un simulacro, y el simulacro funcionó tan bien que tardé décadas en notar que el aburrido era yo, que la armadura pesaba más que el cuerpo, y que debajo de tanto dato acumulado había un señor esperando que alguien le preguntara por cualquier otra cosa.
Del futbol como espectáculo me quedaba, eso sí, un argumento de coartada estética que hoy también me reviso: decía, y sostenía en las cenas con gran éxito, que el juego se había vuelto totalmente físico, un asunto de músculos y pulmones donde la técnica quedó reducida a pieza de museo, y que el último Grande de la corriente elegante se llamaba Andrés y se apellidaba Iniesta, un hombre pálido que caminaba por la cancha sabiendo exactamente dónde estaba cada cosa, y todo eso lo sigo creyendo, aunque ahora sospecho que Iniesta funcionaba también como mi excusa perfecta, la nostalgia presentable detrás de la cual escondía la verdad simple de que el balón me daba igual: culpar al futbol moderno de mi desamor resultaba más elegante que admitir que el amor había sido, desde el principio, una inversión social con dividendos conversacionales.
Con los años esas conversaciones se fueron apagando, y con ellas se apagó el sentido de seguir acumulando datos que ya nadie me pedía y que a mí mismo me sobraban, hasta que este año dos amigos, Rodrigo y Javier, cuyas conversaciones normales giran hacia cualquier otro lado, y ahí está la clave, porque con ellos la armadura resulta innecesaria, me devolvieron sin proponérselo a los juegos y a las tácticas, y así llegué a este domingo pasado, sentado frente a la pantalla durante más de noventa minutos que ahora son muchos más, porque existe la pausa de hidratación que en realidad es una pausa publicitaria donde me anuncian el tráiler de la nueva película de los Derbez y el reality de personas totalmente desconocidas que insisten en presentarse como influencers, de manera que el partido se ve entre paréntesis comerciales y el deporte se convierte en folletín, capítulos breves de balón interrumpidos por la telenovela de la mercadotecnia de la alegría que dudo que se tenga.
Mientras veía el juego escuchaba a los narradores, y ahí, exactamente ahí, nace este texto: porque llegué a pensar que yo estaba viendo otro partido, o que aquello era un conjunto de porras disfrazadas de crónica, ya que, si bien el portero del equipo de la “rosa” parecía estar en la mejor noche de su vida según leía en las redes, el juego entero se desarrolló bajo la mirada de los ingleses, y cualquiera que hubiera visto los partidos contra Ecuador y contra Chequia (R.I.P República Checa) sabía que lo más débil del “combinado nacional”, agréguese aquí el término más cursi que la memoria de cada quien conserve, eran sus bandas, y que por más control de la bola (esférique) que se presumiera, cada secuencia por esos costados nacía condenada, y que en cualquier momento iba a caer el gol del moustro de apellido Kane, aunque la historia, que tiene sentido del humor, decidió que el verdugo fuera otro moustro, disculpe usted mi ignorancia, de nombre Jude Bellingham, quien ejecutó exactamente lo que yo venía pensando desde el sillón, con lo cual quedó demostrado que el desertor confeso, el impostor de sobremesa, el señor que abandonó el futbol en 2013 y admito que esa pequeña victoria me produjo una alegría mezquina que también merece su autocrítica: llevo tanto tiempo fuera de la fe que ya solamente disfruto teniendo razón contra ella, maldito ateísmo inservible y narcisista.
Entonces me pregunté, en caliente y en frío, lo que sigo preguntándome ahora: ¿en el futbol se miden los datos de los juegos anteriores?, ¿se revisan las secuencias de jugadas de los otros equipos?, porque si la respuesta es afirmativa, y si un usuario de Twitter cualquiera pudo subir la estadística que explicaba la derrota, resulta un misterio teológico que México tratara el partido con sus mismos malos laterales, mandando centros con tres delanteros dentro del área para buscar un gol de cabeza contra un rival que llevaba algo así como un gol de cabeza recibido en sus últimos cuarenta juegos (según el post no comprobado en X -la plataforma antes conocida como Twitter), es decir, que la estrategia elegida fuera precisamente la única que los números desaconsejaban, en plena época de la datificación, cuando cada pisada de cada jugador queda registrada por sensores que cuestan más que mi auto. Porque, salvo que me equivoque, México careció siempre de esos talentos que por sí solos te sacan el juego, los Messi, los Zidane, y lo nuestro fue siempre más cercano al “picapiedrismo” que diagnosticó el señor Lavolpe, y cuando el talento escasea lo lógico sería trabajar el dato, construir con inteligencia lo que la genética y la historia escatimaron.
Pero el “análisis” de los medios sigue midiéndose con las mismas estadísticas de hace cuarenta años y con una simulación chafa en 3D cuyo render, juraría, baja de calidad cada mundial, como si la tecnología también estuviera en crisis de decisiones, y los días posteriores a la eliminación se llenan de los mismos posts de cada ciclo, las mismas palabras, el mismo “jugamos como siempre pero perdimos, como siempre”, que es la frase que llevo escuchando casi cuarenta años y que ya funciona menos como diagnóstico y más como oración fúnebre nacional, rezada por millones de fieles entre los cuales me formé durante décadas moviendo los labios, aparentando saberme la letra.
Y yo, que en algún sentido soy analista de datos, dada mi labor de investigador, y que en otro sentido soy apenas un ex-simulador de aficiones en proceso de rehabilitación, me quedo con la pregunta girando como un balón que se niega a cruzar la línea: ¿dónde quedan todas las métricas para la toma de decisiones, considerando lo que se paga a quienes practican este deporte en todas sus vertientes?, ¿no suena lógico?, ¿o resulta que el romántico, después de todo, soy yo, el que abandonó el futbol hace más de una década y todavía cree que un número bien leído puede salvarnos del cabezazo ajeno? (Cabezace de Moisés)
메타데이터
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