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Un día escampó

Llovía y no escampaba, se veía que no pararía. Fue justo después de saber que nunca cesaría que me hice a la idea y comencé a escribir. No…

Juan Alcántara · 2024-12-22 18:54 · 0 claps · 2.9 min read
#ficción #lluvia #tinta #lamy
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Un día escampó

Llovía y no escampaba, se veía que no pararía. Fue justo después de saber que nunca cesaría que me hice a la idea y comencé a escribir. No sabía qué y tampoco importaba, sabía que escribiría hasta que se me acabara la tinta, hasta que el papel ya no pudiera más y se rompiera de tanto escribir sobre él.

No pasó tanto tiempo y me quedé sin tinta y casi sin papel al mismo tiempo. Primero fue la tinta y aún me quedaba alguna que otra hoja. Lo dejé ahí, pero el cuaderno me volteaba a ver, ¡sé bien lo que les digo, me veía! Esas últimas hojas, tal vez dos o tres, no las había contado, me veían, buscaban sedientas tinta, querían ser llenadas, entintadas y descubrir esas letras ocultas.

Yo no tuve opción, no podía dejarlas así. Además, la lluvia no me dejaba ni escuchar mi propia voz, incluso gritando no escuchaba lo que yo mismo trataba de decirme. Ya había olvidado el tono de mi voz. No sabría si alguna vez tuve voz, el pertinaz ruido del agua que pega en las hojas, en el techo, en el piso, saturaba mis oídos. Era una mezcla de ruido que cada vez perdía el sentido bajo la lluvia más intensa que jamás había vivido, lluvia tan fuerte como cortina infranqueable, un muro de agua azotando todo a mi alrededor.

Volteé varias veces a lo que creía distinguir que eran voces, murmullos entre el ensordecedor aguacero. Sí, eran voces, distinguía entre la lluvia como una plática. Puse atención a una voz, pero fue inútil. Era como entrar a un bar repleto con música atronadora hasta que te acercas a una mesa o a alguien y distingues su voz, más por la lectura de labios y la imaginación que por el sonido que emite en sí. Yo trataba de hacer eso, imaginar a alguien y leerle sus labios, pero las personas se movían rápido, corrían, se burlaban de mí, reían sin risas, carcajadas ahogadas que en mi mente sumaban más ruido y me hacían sentir ridículo, como parte de algún chiste del que yo no era partícipe. Me estaban volviendo loco.

No me juzguen, lo que hice fue lo más sano para mí. Giré mi Lamy y sus costras de tinta que iba dejando a su paso, hilos azules que dejaban espacios y no permitían la continuidad de las letras, pedían tinta, exigían a gritos ese líquido para su funcionamiento. En medio de lo que para mí ya eran días y noches de lluvia, entre sonambulismo y hambre, vi un brillo desde la punta de la pluma. Esa sed la calmaría con la tinta que yo tenía en mi cuerpo, mi propio ser tiene tinta y podía alimentar más la escritura.

El hilito de sangre que bebió la pluma al jalar el émbolo fue poco. Pensé que solo faltaba media hoja y con eso era suficiente. El tono escarlata brillante me enamoró y así seguí escribiendo, las interminables dos o tres hojas seguían estando ahí como una libreta sin fin. Yo pinchaba en lugares distintos buscando más sangre, ávido de tonos distintos: en mi muslo, algo más oscuro; entre los dedos de los pies, algo más brilloso; y debajo de mi axila, un tono rojo quemado. Entre las costillas es donde había menos sangre y su tono se acercaba más al chocolate que al rojo.

Finalmente llegó la última hoja. Sonreí y sentí un mareo. Sabía que moriría, además de las sangrías y la falta de comida. No dormir por días solo escribiendo, sabía que si dormía ya no despertaría.

Me dio sueño. Recuerdo ver satisfecho el punto final rojo y las hojas con algunos coágulos secándose al mismo tiempo que veía que iba escampando. Todo se secaba, finalmente.


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