Ver, ver y no sostener: la conciliación entre la producción y el mercado fotográfico
Escrito por Karla Guerrero
Ver, ver y no sostener: la conciliación entre la producción y el mercado fotográfico
Escrito por Karla Guerrero

©Karla Guerrero, foto con totebag
¿Por qué vemos y vemos fotografías y no las queremos sostener? En un mercado fotográfico saturado de imágenes y discursos, tanto presenciales como virtuales, no damos el siguiente paso: sostener y adquirir una fotografía.
Últimamente me he preguntado hacia dónde va la fotografía. ¿Tiene futuro en este mundo? ¿Qué valores se atribuyen hoy a una imagen? ¿Existe realmente un público interesado en las obras?
Cada vez escuchamos con más frecuencia que grandes galerías cierran sus puertas, y que ferias y subastas no alcanzan cifras de venta deseables. Es probable que los modelos administrativos y operativos del mercado del arte estén obsoletos. Pero eso no representa el fin del arte; más bien, abre la posibilidad de generar nuevas formas y modelos. Y en medio de todo este conflicto, la fotografía se abre paso para mantenerse de pie.
Diversificar la mirada también es diversificar la economía
En la producción fotográfica observamos una saturación que responde a la necesidad constante de mantenerse visible y relevante en un contexto mediático y digital cotidiano. Admiramos una fotografía impresa tanto en gran formato como en miniatura; archivos, intervenciones, series, composiciones aleatorias: todo lo que es imagen. Pero, ¿qué valores –más allá de lo técnico– sostienen hoy una obra?
Hemos traspasado el sentido estético, y muchas veces nos detenemos únicamente ahí. Es decir, una imagen que solo responda a una experiencia estética ya no es suficiente para sostenerla. Entonces, ¿qué sí lo es? Me parece que es el contexto y el diálogo que abre. En un mundo que cambia de forma constante y detona incertidumbre a cada segundo, una imagen que muestre una postura, una idea o una reflexión ya tiene una relevancia particular.
Si diversificamos la mirada, debemos también preguntarnos cómo diversificar las ganancias y concretar una economía circular en el arte.
La experimentación, así como el uso de formatos y materiales alternativos para equilibrar la balanza económica, se vuelve en una solución posible para sostener la práctica. A partir de ello, se esbozan nuevos modelos de difusión y distribución: plataformas, galerías en línea, bazares, materiales de bajo impacto ambiental, catálogos vivos, etc.
Sin embargo, la idea romántica de la vida de artista persiste: vivir solo del arte. Pero no se piensa que un artista paga renta, invierte en materiales y educación. Pensar que no puede vivir de su obra es algo que debe cambiar. Por eso vemos artistas que también se convierten en creadores de contenido, que comparten sus experiencias y que impulsan el aprendizaje colectivo mediante talleres, asesorías o docencia.
Del mismo modo, surgen iniciativas como bazares o galerías emergentes. El problema aparece cuando estos esfuerzos quedan incompletos: dirigir un proyecto requiere una visión amplia y no la habilidad de ejecutar todo por cuenta propia. Entonces, en lugar de organizar exposiciones solo con amigos y familiares, ¿por qué no pensar en estrategias de difusión y sumar a curadores, gestores y otros agentes culturales igualmente emergentes?
El círculo del arte no puede ser unidireccional. Para mí, la clave está en hacerlo circular: entender que nos necesitamos mutuamente. Por ejemplo, un crítico no puede ejercer sin conocer artistas; los artistas no pueden exponer sin espacios; y esos espacios necesitan públicos. Trazar un camino personal y profesional implica, necesariamente, construirlo de forma colectiva.
El artista ya no encaja en el viejo sistema
Hoy, un artista no solo debe preocuparse por desarrollar su práctica, sino también por comunicarla y presentarla. Durante el resurgimiento de las galerías y los espacios expositivos –que adoptaron modelos europeos y tuvieron un auge internacional en los años 40 y 50– estas galerías definieron el cómo operar y asumieron la labor de representación, a través de modelos de negocio que les permitieran cubrir gastos y atraer coleccionistas, con la promesa de colocar al artista en el foco.
Actualmente, los precios de una obra se vuelven inalcanzables e injustificables. Supuestamente deberían relacionarse con la trayectoria del artista, sus materiales, su discurso y la pertinencia de su propuesta. Pero, aunque el valor de una obra es siempre subjetivo, cabe preguntarse si el sistema de catalogación y venta que se ha manejado sigue siendo vigente. Para mí, la respuesta es no.
Los modelos administrativos y operativos de las galería están obsoletos, en gran parte debido a los cambios económicos, sociales, y políticos que influyen directamente en el mercado del arte. El arte no es obsoleto –nunca puede serlo– porque forma parte de la historia y de nuestra temporalidad. Lo que debemos cuestionar profundamente es la forma en la que nos acercamos a él.
Las nuevas propuestas de difusión y venta deben escuchar y entender las necesidades de los públicos, no imponerlas.
Funcionalidad y arte: una nueva negociación
A veces pecamos de idealizar lo inalcanzable. Las obras artísticas se han convertido en objetos de alto valor a los que solo se puede acceder desde la contemplación. Con el debate de la pérdida del “aura” en la reproducción[1], nos desviamos de la posibilidad de resignificar.
Hoy, una obra puede presentarse de múltiples formas: desde una impresión de alta calidad hasta una edición especial en risografía, y también en objetos de uso cotidiano: playeras, tote bags, tazas, etc. Nuevos formatos que integran la imagen a la vida, no solo al cubo blanco. Y, a veces, me pregunto si estas adaptaciones y ediciones reducen una obra; por el momento, funcionan como elementos de transición hacia otra mirada y consumo.
En estas adaptaciones se pretende concretar ventas, pero no siempre se incentiva la formación de nuevos coleccionistas. Las generaciones jóvenes responden a su contexto ¿Cuáles son sus retos económicos en mediano y largo plazo? ¿Su forma de pensamiento? ¿Sus intereses y gustos? Un estudio real de mercado debería de ser el primer paso para definir una estrategia, y con base en ello, iniciar el desprendimiento consciente de los viejos modelos de venta.
El propósito de las cosas.
Un día, viendo una serie sobre personas mayores de 100 años, mencionaban una comunidad japonesa que, en su cotidianidad, vivía bajo la filosofía del “Ikigai” (“razón de ser” o “motivo para levantarse cada mañana”). Este modo de vivir propone pequeñas metas que no tienen que ser grandiosas; al contrario, pueden ser simples acciones diarias que llevan a la plenitud. El “Ikigai” es la conjunción entre lo que amas, lo que sabes hacer, aquello que el mundo necesita y por lo que puedes obtener recursos para vivir.
Pensando en esta filosofía, hice una analogía con las obras de arte y, en mi caso, con la fotografía. Si los derechos de autor se cumplen pasados los 100 años, ¿por qué dejar de lado el propósito con el que se desarrolla la práctica, la obra y su formato de salida en el presente?
Creo que si, como fotógrafxs, reconsideramos el propósito que hay detrás de sostener una cámara, capturar una imagen, investigar y documentar, podemos extenderlo al buscar su exposición, circulación y venta.
En resumen
Encontrar salidas para la circulación, el valor y el sentido en la imagen contemporánea nos lleva a repensar economías visuales en tiempos de saturación; a reconfigurar los ecosistemas donde se produce y se difunde; a ser más conscientes de nuestras prácticas para alcanzar una sostenibilidad creativa.
¿Por qué miramos imágenes que no queremos sostener? Quizá porque no nos hemos detenido lo suficiente para pensarlo. Cuando ver no es suficiente, el comprender el valor de adquirir una imagen surge.
[1] Paráfrasis a Walter Benjamin y su concepto de “aura”.
CÓMO CITAR GUERRERO, Karla, “Ver, ver y no sostener: la conciliación entre la producción y el mercado fotográfico”, Medium, en:
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- 2026-07-13 06:23:13