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Perfil en duelo

Fragmentos para una crítica de la subjetividad publicitaria

Jesús Rodríguez · 2026-05-20 18:36 · 0 claps · 5.9 min read
#psychology #philosophy #digital-culture #subjetividad #cultura-digital
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Perfil en duelo

Fragmentos para una crítica de la subjetividad publicitaria

Imagen de Grae Dickason en Pixabay

Imagen de Grae Dickason en Pixabay

…porque el gesto ya no es tuyo cuando te das cuenta de que lo has ensayado antes de ejecutarlo, no frente al espejo sino frente a la posibilidad de que alguien lo vea, y esa anticipación de la mirada ajena es la jaula más perfecta que hayamos construido porque no tiene barrotes, tiene likes, tiene comentarios, tiene esa pequeña descarga de dopamina que confundes con libertad cuando en realidad es el chasquido del cerrojo cerrándose a tus espaldas.

El mercado de sí mismo no es un lugar exterior al que decides entrar o no, es el aire que respiras desde el momento en que aceptaste que tu primera tarea al despertar es actualizar tu perfil, y actualizar no significa contar lo que te ha pasado sino convertir lo que te ha pasado en un formato que pueda ser consumido por otros en el tiempo mínimo que su atención concede a cada elemento antes de seguir deslizando el dedo.

Duelo, entonces, por esa experiencia que se vivía sin el fantasma de su propia representación, por la tarde de lluvia que se disfrutaba mojada sin pensar en la foto que la inmortalizaría, por la tristeza que no tenía que justificarse ni volverse estética ni encontrar su hueco entre los filtros de una historia. Llamo perfil en duelo a esa condición paradójica donde el sujeto sigue operando, sigue publicando, sigue midiendo el éxito de su existencia por las métricas que la plataforma le devuelve, pero algo en él ya no cree del todo, algo recuerda que hubo otra forma de estar en el mundo, algo llora en silencio la pérdida de eso que ya no tiene nombre porque los nombres disponibles son todos publicitarios.

La subjetividad publicitaria, ese monstruo silencioso que todos llevamos a cuestas, no nos ha vuelto menos auténticos por un acto de impostura consciente, como a veces se dice en esos ensayos apresurados que confunden el diagnóstico con la queja. Nos ha vuelto más bien inmensamente eficientes en la tarea de ser otros, no porque decidamos fingir sino porque hemos interiorizado una lógica donde la lentitud es defecto, la contradicción es ruido y la intimidad es solo aquello que aún no hemos decidido mostrar pero que ya está siendo evaluado para su futura exhibición.

El resultado es un yo que ya no puede distinguir entre lo que siente y lo que publicaría si sintiera algo similar, una confusión tan profunda que la pregunta cartesiana ya no sería “pienso luego existo” sino “publico luego soy, y si no publico acaso respiro”. Esa confusión no es debilidad individual, es arquitectura: el diseño mismo de las pantallas ha sido pensado para borrar el umbral entre la vivencia y su comunicación, para que compartir sea tan inmediato que parezca natural y el silencio, por el contrario, requiera un acto deliberado de resistencia que cansa solo de pensarlo.

Recuerdo una conversación con alguien que ya no está, alguien que nunca tuvo perfil en ninguna red y a quien esa ausencia volvía casi incomprensible para los demás, no porque fuera hermético o distante sino porque su forma de estar presente no dejaba rastro, no podía ser revisitada ni compartida ni comentada, simplemente ocurría y luego se iba como se va un sonido que no se ha grabado.

Pensé entonces que esa era la verdadera libertad: la experiencia que no se convierte en archivo, el afecto que no se mide por la reacción que provoca, el pensamiento que no exige ser leído por nadie más que por quien lo piensa. Pero también pensé, con una tristeza que aún me acompaña, que esa forma de vida se ha vuelto prácticamente imposible para cualquiera que no esté dispuesto a pagar el precio de la invisibilidad absoluta, y la invisibilidad absoluta en nuestra época no es como el silencio monacal de otras épocas, no es retiro ni sabiduría, es simplemente la forma más depurada del fracaso social, aquello de lo que huyen incluso los discursos de autoayuda cuando prometen que el éxito está al alcance de un perfil bien curado.

El duelo al que aludo no es, por tanto, un estado excepcional que sobreviene tras una pérdida concreta. Es el clima afectivo permanente del sujeto contemporáneo, ese trasfondo de melancolía que no se manifiesta como depresión clínica ni como angustia existencial de manual, sino como esa sensación difusa de que algo esencial se ha roto en la relación con uno mismo, algo así como la certeza de que la propia vida sería distinta si no hubiera que administrarla como si fuera una pequeña empresa en concurso permanente de popularidad.

Los antiguos hablaban del cuidado de sí como una práctica ética fundamental, una atención amorosa al propio carácter que exigía tiempo, silencio y una relación no instrumental con el propio devenir. Nosotros, en cambio, hemos sustituido ese cuidado por la gestión de la imagen, que es justamente lo contrario: no atención a lo que uno es sino cálculo constante de lo que los otros perciben, no paciencia para el crecimiento interior sino urgencia por la actualización superficial, no respeto por la opacidad del sujeto sino terror pánico ante cualquier mancha en la vitrina.

He escrito en otra parte sobre la fatiga de interfaz, y vuelvo a esa idea porque me parece clave para entender por qué el duelo es la figura adecuada para esta situación. La fatiga de interfaz no es cansancio por hacer muchas cosas, sino por hacer todas las cosas bajo la mirada de un dispositivo que las transforma en datos, métricas, posibilidades de interacción.

Esa fatiga es la que sientes cuando cierras todas las pestañas después de horas de navegación y descubres que no has hecho nada que recuerdes, que el tiempo ha pasado sin dejar huella en tu memoria aunque el historial del navegador pueda demostrar que estuviste allí, conectado, presente de esa forma tan extraña de presencia que consiste en estar disponible para todo menos para tu propia vida.

El duelo, en este contexto, es el nombre que damos a esa fatiga cuando se vuelve consciente de sí misma, cuando deja de ser mero agotamiento funcional y se convierte en la pregunta por lo que se ha perdido en el camino. Y la respuesta a esa pregunta, si somos honestos, es abrumadora: se ha perdido la capacidad de estar a solas sin sentirse en falta, la posibilidad de aburrirse sin que el aburrimiento sea interpretado como fracaso de la productividad personal, la confianza en que la propia vida tiene valor aunque nadie la esté mirando.

Los perfiles de personas muertas que siguen apareciendo en los recordatorios de la plataforma son quizá la imagen más nítida de este régimen de subjetividad. El algoritmo no sabe de duelos, o mejor, sabe que el duelo es una ineficiencia que debe ser ignorada para que el flujo de datos no se interrumpa. Así, el muerto sigue siendo convocado a la presencia digital una y otra vez, no para que lo lloremos sino para que lo consumamos, para que su ausencia se convierta en contenido, para que el hueco irreparable que dejó sea rellenado con esa especie de presencia espectral que es el perfil sin actualización.

Pero el perfil en duelo del que hablo no es solo el de los muertos, es el nuestro, el de los vivos que hemos aprendido a tratarnos como si ya estuviéramos ausentes, como si cada publicación fuera no el acto de decir algo sino el gesto de demostrar que aún podemos decir algo, que aún estamos aquí, que aún somos capaces de producir el contenido que las máquinas esperan de nosotros.

No propongo salidas porque las salidas son siempre una trampa en este tipo de pensamiento: quien ofrece una solución al malestar de época suele estar vendiendo un producto disfrazado de salvación. Lo único que propongo, más modestamente, es una forma de nombrar. Llamar duelo a lo que sentimos cuando la pantalla se apaga y aparece el silencio, llamar pérdida a la experiencia de no saber ya qué deseo es propio y cuál fue sembrado por el algoritmo, llamar resto a eso que sobrevive en los pliegues del perfil, lo que no puede ser monetizado ni medido ni compartido, lo que simplemente está ahí como un hueso que el mercado no ha podido roer del todo.

Ese resto es mínimo, casi nada: un libro que se lee sin reseñar, una canción que se escucha en secreto, una tarde que se malgasta mirando la lluvia sin documentarlo. Pero quizá en esa pequeñez esté todo lo que nos queda. No la gran revolución del sujeto, no el retorno a un yo auténtico anterior a la técnica, sino apenas la posibilidad de habitar el propio perfil con una leve torcedura, con un gesto que no optimiza, con una palabra que se escribe sin pensar en cuántos la leerán. El duelo no es la superación de la pérdida, es la forma de convivir con ella sin que nos aniquile del todo. Y eso, acaso, baste.

Jesús Rodríguez | Ensayos sobre poder, organizaciones y cultura contemporánea


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