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“Con las manos y con los pies, la educación a defender”

Por: Juan Pablo Vergara

Sin Corbata in Sin Corbata · 2021-05-18 21:49 · 0 claps · 9.0 min read
#estudiantil
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“Con las manos y con los pies, la educación a defender”

Por: Juan Pablo Vergara

El día era Miércoles de la semana número un millón de la “nueva normalidad”, octava jornada de manifestaciones inscritas en un lamentable marco de cotidianidad; como de costumbre, la represión, abusos, violaciones, mentiras y asesinatos motivaban la movilización en el país. Empero, y distinto a la ya acostumbrada situación sanitaria, sobresalía una particularidad en aquellas protestas que ya llevaban una semana ocurriendo. Universitarios acudiríamos a las calles de manera coordinada y los uniandinos no seriamos la excepción.

Tomada por Felipe Posada

Tomada por Felipe Posada

Salíamos a las 9:30 del ML, entre arengas y al unísono retumbaba un clamor en el Eje Ambiental. A nuestro paso acudían con ollas, sartenes, tapas, y cubiertos los vecinos del centro de la ciudad, animando el cada vez más fuerte “Viva el paro nacional”. Bajando por las cuadras, por la multitud alzábamos nuestros carteles y nuestras voces, cada vez más llenas de convicción y motivo; a la incógnita sobre quien llevaba la batuta, más convencido gritaba que en efecto los estudiantes eran quienes la llevábamos. Nuestro punto de encuentro con las demás universidades era en frente al asqueroso monumento de la 3era con 19 y el contraste fue algo sublime, el estudiantado ondeando banderas y pancartas como un símbolo de voluntad y de cambio, postrando al pie de un adefesio arquitectónico. De las torres que imponentes se alzan en Las Aguas, los vecinos chiflando, gritando, saludando y arrojando papeletas animaban la creciente marcha que ahora tomaba rumbo al Occidente bajando por la arborizada Calle 19, no sin antes detenernos frente a la escena del crimen perpetrado por la Fuerza Pública sobre la Carrera 4ta; me resultaba curiosamente mágico, que un lugar previamente opacado por el siniestro actuar de un homicidio fuese hogar de una alborada de luz y esperanza.

Y al ritmo de un “Dilan no murió, a Dilan lo mataron” continuamos nuestro recorrido por una 19 cada vez más habitada por almas inconformes. Tras varios tropezones, en su mayoría causados por el canto de “Un pueblo que camina pa´delante y un gobierno que camina para atrás” nos detuvimos sobre la Décima, frente al mural de “Bogotawn” ilustrando por medio de ratas antropomorfas la configuración de la ciudad gracias al actuar corrupto de sus dirigentes. Alcanzó el tiempo para que pasaran varias furgonetas, carros, y “SITPs” animando con sus bocinas a la multitud ahí sentada, los transeúntes con sus celulares registraban una muchedumbre de variopintas voces que no daban tregua al calor que estaba haciendo, y bien recalcaban que, aunque dicha temperatura era muy hijueputa, más hijueputa fue, es y seguirá siendo el presidente de la Nación.

Pasando la “Carrera de la Modernidad”, el paisaje no era calmo en la manera como presentaba sus transformaciones; de las bellas fachadas, andenes amplios, y los rayos de luz que pintorescamente atravesaban los grandes árboles, se transformaban rápidamente en grises cofres con ventanas rotas, y el sol intenso iluminaba el gris cada vez más dominante en aquella parte de la ciudad. Llegábamos por fin al encuentro entre la Avenida Ciudad de Lima y la Avenida Caracas, encrucijada desde la cual girábamos nuestra marcha hacia el norte. De los edificios por los cuales retumbaba el tosco ritmo de los tambores junto con el rumor que traía nuestra turba, se asomaban por los cristales rotos de las arruinadas fachadas grupos de personas con camisetas de la tricolor, animando la marcha y replicando nuestro llamado a que se unieran nuestros amigos mirones. Hacia el costado del barrio Santa Fe, desde las esquinas que daban a la Caracas, las personas que allí se postraban emulaban con fina nuestros clamores: “¡Resistencia! ¡Resistencia!” Una Rapsodia en Bogotá que no andaba al compás de Gershwin, pero al paso de un pueblo unido.

Y así, sin darme cuenta, estaba en la cabeza del montón sosteniendo por la mitad un trapo negro que leía “Uniandes en pie de Lucha” adornado con un Seneca un tanto disgustado y serio. Atravesamos entonces la Calle 26, y constantemente trataba de mirar por encima del hombro para corroborar el tamaño de aquellos que pasábamos por ahí. Y éramos bastantes. Desde luego, así como se acostumbra en la ciudad, los paisajes cambian de una manera tacita, pero a su vez como si nada. Ya el gris quedaba atrás tanto en nuestra memoria como en el rabillo del ojo, y éramos bienvenidos con una panorámica en constante cambio: Una cara estando en la vanguardia del mundo y la otra siendo una verruga que queremos abandonar, ambas estando separadas por una corta distancia. De los edificios en construcción, el rugido de las maquinas cesaban para ser reemplazadas con las voces de quienes allí trabajaban, desde los balcones se repetía la escena que ya habíamos visto desde Las Aguas pero que nunca nos cansaríamos de volver a ver.

Sin aviso, repentinamente cambiamos nuestro rumbo hacia el Ministerio de Salud, encaramado en el Centro Internacional, para acompañar a los compas de medicina quienes con sus distinguidas batas y afiches se disponían a ejercer su derecho a la protesta. Tras el breve hiato, retomábamos nuestro rumbo por la Caracas hacia “Hippies” (según me enteré parando oreja), no sin antes agarrar el trapo negro y una boina para cubrir mi frente ante ese sol de mediodía. Sobre los carriles de Transmilenio y los particulares, atravesábamos la Avenida en ambos sentidos, todos marchando hacia el norte. En varias ocasiones tuve la oportunidad de comenzar canticos y continuar aquellas que se debilitaban, en especial la de “Hay que ver las cosas que pasan” dada su coreografía tan peculiar que ya adentraba en mí. Sin embargo, y a medida que avanzábamos, la necesidad de esta arenga para animar la marcha cada vez se iba debilitando, puesto que muchos bailábamos, girábamos, saltábamos, y hasta teníamos la oportunidad de agacharnos y salir a correr felices de la vida.

Tomada por Felipe Posada

Tomada por Felipe Posada

A la altura de la Calle 43 tuvimos que tomar otro descanso, esta vez motivado por la simultaneidad de las marchas que sucedían varías cuadras por delante nuestro. Me tomé la libertad de retirarme la boina que llevaba puesta, más por lo ridículo que pude haberme visto, lo hice ya que una gran nube gris cubría los inclementes rayos que quemaban nuestras frentes. Lo curioso de esta parada fue su diferencia en cuanto a las demás que ya habíamos tenido, era una especie de pausa activa: Entre danzas, clamores, tambores y uno que otro grito exclamando que “la pola estaba a mil”, alzábamos nuestros afiches y nuestras voces, nuestras vuvuzelas y bocinas, nuestra rabia y tristeza frente a todo lo que motivaba esta marcha. Fue un momento de reflexión para mí, el privilegio ahora se volvía en algo muy explícito, marchaba sin preocupaciones, sin temor de que no pudiese volver a abrazar a mi familia, seguro de que muchas cosas no cambiarían si dejara de ir a las calles, sin miedo a volverlo a hacer, sin rabia irreparable, sin pensar en luchar o morir. Pero apenas recobramos la marcha, la motivación y la voluntad, pensé en el porqué estaba allí, en la importancia de acudir a las calles y hacerse oír, a acompañar quienes están desconsolados, a trabajar en un presente que involucre el trabajo en sociedad, a involucrarse en un acto ciudadano.

La gente iba por el bulevar como un río, y cuando este río sonaba era porque llevaba una piedra ni la berraca. Varios acudientes se encaramaban en las vacías estaciones del Transmilenio a ondear la bandera, por las calles, con ollas, palmas y trapos avanzábamos con firmeza hacia la Calle 60 con Carrera 7ma. Pero el ritmo de nuestra marcha se sujetaba cada vez más al desarrollo de las manifestaciones que ocurrían más adelante, hasta el punto en el que decidimos subir por una 53 congestionada vehicularmente, no sin antes reunirnos una última vez antes de subir hasta la Séptima. En esos instantes en los cuales decidíamos por dónde coger, entre la multitud se asomaba la figura conocida de un viejo amigo, cuya presencia se nos hizo extraña para ambos. “¡Potro!” inútilmente le grité, siendo mi llamado ahogado por el buffet de gritos, pitos, bulla, tambora, parlantes, y demás, pero de alguna manera logró identificar su apodo. Volteó y con los mismos gestos de la infancia corrió hacia mí, “¡Vergara!” sorprendentemente respondió, y para mayor asombro mío decidió abrazarme. Le comenté que por su peculiar altura sería imposible no reconocerlo, a lo que me respondió que era muy grato encontrarme entre la multitud, no sin antes preguntar que qué hacía yo allá. “Iba para misa” decidí responderle, y ambos reímos para no volvernos a encontrar.

Me quedé con su gesto de alegría al encontrarme, algo que supongo era mutuo, porque más allá de la amistad que compartimos nunca sobra encontrarse a alguien que uno nunca piense se puede encontrar allí. Para mí, esa es la magia de la calle, y más en un contexto como este: La diversidad no solo de gente, pero de motivos, encontrados en la marcha, para que en conjunto podamos hacer y dialogar. Dicha diversidad me la encontré subiendo por esa 53, frente a un edificio que no logré reconocer cuya entrada se encontraba resguardada por aquellas peculiares figuras vestidas de un verde incandescente, con escudo en mano y el casco bien puesto. “Hay que estudiar” cantaban algunas voces frente al edificio, y decidí guardar silencio anticipando el resto de dicha arenga. Di la vuelta, dispuesto a continuar con la marcha, pero un poderoso bramido me hizo voltear; similar a lo que había sucedido jornadas previas frente al Palacio de Justicia, una persona con pelo corto y una camisa a la mitad bailaba frente a estas verdes estatuas, sin provocación y sin gritar, un brillante gesto de protesta y de resistencia.

Así, movidos por lo que acabábamos de presenciar, llegamos a la no tan acostumbrada “Avenida Alberto Lleras”, vacía de los habituales buses duales, carros, y demás para ser ocupadas en su lugar por gente. Nuestro andar se vio apurado gracias a un último “agache y corra” como decían algunos a quienes desistían de arrodillarse. Y por fin, a eso de la 1 en horas de la tarde, veía a una habitual muchedumbre con el ahora cotidiano uso del tapabocas reunida en El Parque de los Hippies. “Tengo sed” creo que dije tanto en mi cabeza como en voz alta, dada mi precaria preparación para una marcha a la cual dije “eso allá compro”. Fui buscando algo para tomar, pero dicha búsqueda motivó mi apetito, recordando que para trasladarme temprano a la Universidad tomé la brillante decisión de salir en ayunas. Para mí, siempre que salgo a marchar es muy fácil reconocer cuando comienzan las movilizaciones, con los gritos y estrenando los afiches que comenzábamos a hacer previamente, pero no hay ritual claro para determinar cuándo cesan… a menos que haya presencia activa de la Fuerza Pública. Fue así, buscando algo para mis “medias nueves” que la marcha terminó para mí, oyendo cada vez más la tenue presencia de la gente que estaba allí.

Llegué a la casa de mi abuela, que por motivos de seguridad no diré donde vive, pero sin embargo créanme que vive allí cerca, en búsqueda de mi merienda que ahora pintaba como almuerzo. A mi habitual silbido el cual hace las veces de timbre, sale preocupada mi Abuela, dándole gracias a su virgencita que haya llegado bien. Mientras entraba y me rociaba con alcohol quirúrgico, le comenté que no había desayunado, motivando aún más su ya álgida preocupación. “¿Y cómo está mi vándalo?” sarcásticamente comentaba mi tía que también se encontraba en el recinto, a lo cual le respondí que “con hambre y dolor de patria, pero contento por ver a la gente marchando”. Sentado, mientras esperaba que la rauda habilidad de mi abuela para preparar comida, veía las noticias tratando de ver qué pasaba y cómo se comentaba. “Bloqueos por aquí y por allá, todo por ahora marcha pacíficamente en la ciudad de Bogotá”, con eso me quedaba yo. Una vez servido mi desayuno/almuerzo reportaban las muertes y agresiones que “dejaban estas jornadas de protesta”, acompañadas de un pensamiento que nunca en mis cortos años de vida se me había atravesado; Pude haber sido yo.

Tomada por Felipe Posada

Tomada por Felipe Posada

De nuevo, vino a mi mente la comodidad con la que gozaba mi ejercicio de la protesta, la relativa calma con la que continuaba marchando por las calles y la tranquilidad. Recordaba también varios afiches que acompañaban nuestro recorrido, aludiendo a que “El gobierno es más peligroso que el virus”, las arengas que motivaban nuestro andar “Por Cali, por la salud, por las mujeres”. Y cuando se asomaba ese reclamo que muchas veces he escuchado, que solo “marcho por capricho” o que no debería hacerlo porque “eso no me toca”, es importante reconocerme como parte del tejido social; que aunque explícitamente no haya sido víctima directa del Conflicto no me quita agencia para exigir reparación a aquellas personas que si lo fueron, que aunque nunca haya sido víctima de los abusos por parte de la Fuerza Pública, no hay razones que desmotiven mis exigencias para que se detengan las violaciones de Derechos Humanos, que aunque sea Científico Social y solo estudie procesos de forma analítica y pomposa, no hay excusas para ser parte activa y comprender lo que motiva el marco actual, y que aunque piense que como estudiante soy ajeno a la realidad nacional, soy persona empática que actúa hacia un ideal de país. Y como dice el canto “Yo quiero estudiar para cambiar la sociedad, ¡vamo’ a la lucha!”


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