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El misterioso caso del “Princeso”

El otro día me encontré atrapado en una de esas conversaciones ajenas que empiezan como un comentario casual y acaban siendo, sin quererlo…

Juan Álvarez in El Intersubjetivista · 2025-08-11 03:36 · 54 claps · 3.7 min read
#princeso #cortejo #consentimiento #elección #doble-moral
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El misterioso caso del “Princeso”

El otro día me encontré atrapado en una de esas conversaciones ajenas que empiezan como un comentario casual y acaban siendo, sin quererlo, una radiografía en tiempo real de la especie humana. Dos chicas, café en mano y tono de certeza absoluta, se quejaban de algo que, por la insistencia con que lo repetían, parecía un axioma universal: “Siempre que un hombre te invita a salir, espera sexo. Salir a comer, espera sexo. Salir a bailar, espera sexo”.

Y yo, que no soy estadístico pero sí curioso, pensaba que la queja sonaba legítima. No existe un manual oficial del cortejo con fines prácticos, pero el patrón, en mayor o menor medida, está ahí. Hasta ese momento, todo correcto: una observación sustentada en experiencias personales y conversaciones de WhatsApp con amigas.

Pero la trama dio un giro cuando una añadió: “Pero si una mujer los invita directamente a tener sexo, sin necesidad de salir… es una perra”. Y ahí ya no era solo una queja: era un estudio sociológico en vivo. Una especie de TED Talk improvisada sobre la doble moral, pero sin PowerPoint y con mejor café.

Yo escuchaba, fascinado, cómo en cuestión de segundos habían pasado de señalar un problema de género a construir otro en la misma frase. Y la cosa se puso aún más interesante — y, admitámoslo, bastante graciosa — cuando confesaron que ellas solo salen con hombres que las cortejan, que deciden qué hacer, que marcan la hora y el lugar del encuentro, que “toman las riendas”. Y entonces, como si el universo quisiera regalarme material de estudio, llegó la frase de oro: “Tan rico los hombres así, que deciden… qué pereza un man que pregunta, que busca consentimiento… ¡que princeso! Qué pereza”.

Princeso. No príncipe. Princeso. Ahí tuve que detener mi sorbo de café para procesar la belleza lingüística y la potencia sociológica de semejante palabra. Un “princeso” no es un hombre afeminado, ni tímido, ni inseguro. Es, al parecer, un espécimen que comete la osadía de tratar a una mujer como a una adulta con agencia propia, y no como a un personaje secundario en el guion que él dirige. Según esta lógica, ser un hombre que pregunta y respeta no es un mérito… es un defecto.

Y aquí es donde me pregunto: ¿no ven la correlación entre quejarse de que los hombres solo buscan sexo como si fuera una transacción y despreciar a los que no juegan a esa transacción? Es como querer fruta fresca pero arrancar los brotes antes de que crezcan. Como plantar un árbol y luego enojarse porque solo da flores, cuando uno mismo le ha cortado las raíces que podrían dar fruto.

Porque las trampas femeninas y masculinas son viejas conocidas, casi un matrimonio estable. Ellos, muchas veces, se enredan en la lógica del cazador: “si pago la cena, cosecho el postre”. Y muchas se acomodan en el papel de esperar, como princesas en torre, a que alguien las rescate. No persiguen al hombre que les gusta; dependen de ser elegidas para, a su vez, poder elegir. ¿Pero qué clase de elección es esa, si solo puedes escoger entre las opciones que tocaron el timbre? Es como presumir de buen gusto musical pero solo escuchar lo que suena en el ascensor. Y ahí, como escena obligatoria del mismo libreto, aparece la trampa del drama ritual: “si no me corteja, no me gusta; si me pide permiso, es un princeso; si no me pide, es un patán”. Al hombre lo entrenan para cazar y a la mujer para elegir cazador, pero nadie les explica qué hacer después del safari: a él no lo educan para convivir cuando ya colgó el arco porque encontró lo que buscaba, ni a ella para seguir interesada en ese cazador cuando se queda quieto. Resultado: todos atrapados en un simulacro amoroso que ninguno admite que está interpretando, una obra de teatro de temporada infinita donde todos critican el guion… pero nadie se atreve a reescribirlo.

Y ahí aparece el “princeso” como figura subversiva. Un tipo que busca una relación entre adultos que desean lo mismo, que juegan, sí, pero no con juegos falsos. Que entiende que el sexo no es la recompensa de un contrato tácito, sino algo que sucede porque ambos quieren. Un hombre que, si te invita a comer, es porque quiere comer contigo, y si te invita a la cama, es porque cree que la cama puede ser tan digna de conversación como la mesa. Y sí, lo sé: esta definición arruina siglos de literatura romántica y media discografía del reguetón, pero alguien tenía que decirlo.

En el fondo, el problema es que se piden relaciones sanas, horizontales y sin dobles agendas, pero se sigue deseando el guion antiguo: él debe decidir, ella debe aceptar o rechazar, y todo envuelto en un misterio artificial que impide la honestidad. Es como pedir agua sin mojarse.

Mientras tanto, el “princeso” seguirá ahí: incomprendido, bebiendo café solo, preguntándose por qué diablos ser respetuoso y directo se considera aburrido. Y quizá algún día alguien entienda que el verdadero juego es cuando se juega sin mentir sobre las reglas. Pero, hasta entonces, seguirá siendo el espécimen raro de la cafetería, observando, tomando notas mentales… y, por supuesto, pidiendo permiso antes de robar un beso. Me pregunto si existirá una forma femenina del “princeso”, igual de invisible y que nosotros, desde lo masculino, tampoco sepamos descifrar: una mujer que diga lo que quiere sin rodeos, que no use el manual de las señales confusas, la que invita directamente a tener sexo y que, paradójicamente, termine siendo descartada por no “jugar bien” el juego que todos dicen querer dejar atrás. Tal vez la haya… y tal vez esté también ahí, en otra mesa, bebiendo su café, mirándo de reojo… pero esperando que adivinen que lo que en realidad quiere es que le roben un café y no el beso.


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