Más allá del padre a condición de servirse de él
Fue esa vez que las palabras cometieron el parricidio por mí. A través de mí.
Más allá del padre a condición de servirse de él
El verdadero milagro es cambiar el punto de vista. ― Alma Delia Murillo, La cabeza de mi padre
Se niega: a sí mismo
Hace unas semanas, cuando por fin decidí iniciar el proyecto de esta columna dominical, asumí que el nivel de exposición personal y las consecuencias de lo que este acto enmarcaría, a saber, sobre una escritura por fin cuestionada, serían no del todo fáciles de soportar. ¿Cómo explicar que llegado el punto, una escribe la palabra angustia y a la mañana siguiente despierta con fuerte dolor en el pecho? Cuestiones de ese tipo sobre las que no repararé ahora.
Bajo este argumento, reitero mi absoluta gratitud a las personas que invisiblemente escriben conmigo a través de la potencia del encuentro. Mejor descrita por Alain Badiou como la capacidad de disponer de un lugar deseante, un escenario apto para discurrir, que refleja a su vez ese punto de concurrencia para la palabra; en lo que aquella tenga para expresar.
Por la vía de Badiou, este encuentro no sólo es repentino e indiferente; es también: amoroso. No se restringe a la motivación literaria. A partir de su viveza y fugacidad, los cuerpos atravesados por su propio deseo quedan afectados y hacen refugio unos a otros, lo mismo a su banalidad que a sus bríos entrelazados.
Pero en esta ocasión, quisiera enfocarme muy específicamente en la versión negativa de estos enunciados tan lindos que nos regala El elogio al amor. Pensemos en la ruptura y el desencuentro; en los celos y la degradación de la vida amorosa; en las envidias comunes, las separaciones, distancias, derrumbamientos; en la mohización de la fruta apenas pasa su mejor día; en los desmembramientos, las obsolescencias programadas y las plagas de lo no amado. En la actitud parasitaria de cientos de colegas, o si se prefiere, en una vida fagocitada por los síntomas que no dejarán de insistir ni aún en el fin del mundo.
Todas esas imágenes de lo negativo, nos recuerdan a su vez a Freud: y la Verneinung, término designado para el modo defensivo del deseo. Ahí: se enuncia un desear, pero muy pronto su acción se negativiza. Sin embargo, apoyémonos en su proposición hasta concebir que:
quizá en las sombras de lo negado ocurra el florecimiento.

Nighthawks
Honestidad y valentía
Entre estos desazones que la escritura ha revelado (también ante mi propio no retroceder esta vez), hubo quien abiertamente mencionó no soportar estas publicaciones porque le recordaban lo mucho que esa persona ha deseado escribir sin concretar en hacerlo. Su comentario, totalmente legítimo, francamente me descolocó pero solo hasta cierto punto; puesto que los conflictos suelen ampliar el espectro de nuestras creaciones al menos en un sentido pasional. Y aquello es: valioso.
La pregunta de fondo es de lo más interesante: ¿por qué si deseo escribir no logro hacerlo? ¿Qué respuesta puede ofrecer la teoría psicoanalítica a esta cuestión?
Cambiando abruptamente el tema de conversación y a la vez no, quisiera decir que hasta hace unos años, el domingo más aborrecible de cada año para mí era el tercero de junio: Día del padre. Una sensación de no saber ubicarme pasaba factura vez con vez y recuerdo perfecto que esos días terminaba llorando a solas en el parque, empecinada en resolver un sudoku imposible.
Una vez acudí a un restaurante el día del padre esperando pasar el trago amargo de: entre dos padres no concretar uno solo, y junto a mí una pequeñita de unos seis años era magníficamente querida por su papá, quien le pidió postre entre risas y ternuras muy francas a mi parecer. No pude probar bocado el resto de la tarde, la flagelación que conllevaba el tema era explícita.
Tendría que acudir otra vez al viejo y roído librero de mi novela familiar para dar mayor contexto a quien lea el día de hoy, pero francamente no me interesa. Pienso que el psicoanálisis debe soltar su moldura de freudolacanismo y atender que no hacemos el análisis para levantar una arqueología y posterior una historización del sujeto. Por el contrario, nos servimos del psicoanálisis para hacer algo con los restos, entre ellos, los de la memoria.
Helados y mimos
El momento de mayor inhibición frente a mi propia escritura ocurrió por finales de 2022, cuando estuve a punto de perder los créditos de curso de maestría si no escribía la tesis. El pormenor más complejo de contar aquí es que para entonces llevaba unos siete años sin cruzar palabra alguna con mi padre. Nunca le perdonaré no elegir amarme como su hija y llevarme cada domingo por helados y mimos.
Frente a mi propia desesperación de reanudar mi escritura, un día le llamé para decirle que iba a escuchar aquello que estaba tan pendiente, que viniera a verme si es que tenía valor. Finalmente: nos encontramos. Fue esa vez que las palabras cometieron el parricidio por mí. A través de mí.
Se dice que Freud también experimentó la misma liberación tras la muerte de su padre. Boris Cyrulnik detalla en Escribí soles de noche, que tanto Flaubert como Freud se declaran curados al momento que la figura del padre deja de figurar como su principal opresor y como la mirada que observa cada uno de sus pensamientos. Tras su muerte, ambos podrían por fin sentarse a escribir. ¡A trabajar!
Después de su muerte, en 1896, Freud liberado de toda su ambivalencia, se autorizó al fin a nombrar su investigación con el nombre “psicoanálisis”. Esta afirmación de sí mismo vino seguida de una cascada de publicaciones que marcaron su época: 1899: La interpretación de los sueños; 1901: Psicopatología de la vida cotidiana; 1904: Sobre la técnica psicoanalítica… Es como si la presencia de su padre le impidiera decir: “Yo pienso que”.
Escuchar que un hombre se recupera a sí mismo o tiene la valentía de mostrarse tal cual es a partir del momento de emanciparse del padre resulta no trágico sino cómico y risible. Aquí apuntemos que el patriarcado es un orden político que se basa en el disciplinamiento y la opresión de las mujeres mediante narrativas dispersas y diversas. Los engaños del padre no son aislados sino sistémicos, pero dejan en su último resquebrajamiento la posibilidad de darle vuelta a la página en blanco.
Ahora bien, considero que al matar al padre, muere uno mismo en su calidad de hijo. La escritura nos devuelve un valor post mortem puesto que en la letras reposan los restos casi vivos de quien ha muerto, les hacemos vivir un poco en el alma en duelo. No podría afirmar que la escritura colma entonces el agujero de la pérdida, pero tras el dolor y el desamparo, cuando la vida nos vuelve, lentamente, lo hace en forma de poesía y declaraciones de amor. La escritura amolda una resiliencia, en palabras de Cyrulnik.
Quería concluir este texto con un poema inédito del padre guerrillero que siempre añoré, pero no lo encuentro, espero compartirlo más adelante.
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