MASCOTISMO Y REDES SOCIALES: COMERCIO DE FAUNA SILVESTRE EN LA ERA DIGITAL
Michelle Todd Uribe
MASCOTISMO Y REDES SOCIALES: COMERCIO DE FAUNA SILVESTRE EN LA ERA DIGITAL
Michelle Todd Uribe
Introducción
¿Quién no recuerda a los simpáticos lémures de la película animada “Madagascar”? ¿Y quién no querría tener a uno de estos tiernos animalitos como mascota? Estos pequeños primates peludos fueron lanzados a la fama mundial en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, ya lo eran en su tierra natal, donde, además de ser criados en los hogares, hacen el papel de accesorios de hotelería, con los que los turistas pueden tomarse fotografías, que luego subirán a la red.
A raíz de la viralización de un video publicado en 2016, en el que dos niños acarician a un lémur de cola anillada, mientras éste pide una y otra vez que le rasquen el lomo, las búsquedas en Google y YouTube de la frase “mascota lémur” se dispararon en las semanas posteriores. Y a medida que el video se compartió, aumentó la cantidad de tuits en los que se expresaba la voluntad de querer un lémur como mascota, o se preguntaba expresamente dónde comprar uno.
En la misma medida en que su fama crece en internet, se va normalizando la percepción de este animal salvaje como una mascota. Es decir, se hace socialmente aceptable y deseable. Esto aumenta la demanda de ejemplares, ejerciendo presión sobre las poblaciones silvestres, aunado al hecho de que cerca de un tercio de los lémures capturados muere prematuramente.
Esta historia es vivida por una gran variedad de especies, y muchas de ellas se encuentran hoy en peligro. La disminución de sus poblaciones tiene un impacto directo en el equilibrio ecosistémico, a una escala mucho mayor de la que pudiera pensarse. Mientras la imposibilidad de cumplir sus funciones naturales atenta contra la integridad y bienestar de cada animal cautivo.
Por otro lado, sus instintos salvajes pueden provocar todo tipo de conflictos y accidentes. También está en juego su propia salud, la de otros animales, y la de sus tenedores, ya que estas interacciones inusuales abren caminos para la transmisión de patógenos.
Pudiera pensarse que los zoocriaderos constituyen una solución práctica, pero, por el contrario, parecen haber incentivado la demanda de especies exóticas, al facilitar su disponibilidad, diversificar la oferta de especies y fenotipos, abaratar los costos, y dar una falsa idea de sostenibilidad. Además, a través de ellos se logra certificar ejemplares obtenidos de manera ilegal.
La multimillonaria industria de las mascotas, en cualquiera de sus facetas, se desarrolla a costa de seres vivos, sintientes, que son concebidos y utilizados como mercancías, e incluso sometidos al criterio estético por encima de su propia salud y bienestar.
El objetivo de este artículo es comprender la dinámica de la oferta y demanda de mascotas silvestres, su acelerado crecimiento a partir de la difusión de contenidos inapropiados en las redes sociales, y cómo, sin quererlo, podemos estar contribuyendo a sostener este círculo vicioso. Del mismo modo, podemos aprender cómo ser parte de la solución.
Comenzaremos con un pequeño recorrido por la historia del comercio de mascotas, el desarrollo de la cría de especies autóctonas y exóticas, y cómo su tenencia se fue volviendo algo muy común. Luego, profundizaremos en las consecuencias de este mercado para los ecosistemas, la biodiversidad, el bienestar animal, la salud, y la economía.
A continuación, examinaremos el papel que juega el internet, y en especial las redes sociales, en el sostenimiento de una imagen colectiva del animal silvestre como mascota potencial. Finalmente, concluiremos con una breve revisión de los aspectos legales implicados y las propuestas globales para atender esta problemática, sin menospreciar el aporte individual que, sin duda, todos estamos dispuestos a ofrecer.
1. De la domesticación de los animales al comercio de mascotas
Aunque, inicialmente, la domesticación de ciertos animales buscaba beneficiarse de su uso como alimento, tracción, protección, pastoreo, instrumento de caza o control de plagas, pronto algunos de ellos comenzaron a ser apreciados como una grata compañía.
De hecho, el término “mascota” era el nombre dado originalmente a los talismanes o amuletos de buena suerte, siendo luego extendido a los animalitos que, al igual que aquellos objetos mágicos, irradiaban un influjo positivo a sus cuidadores humanos.
Los primeros merecedores de este título son los perros, que se han mantenido a nuestro lado durante 20 mil a 40 mil años. Seguidos por los gatos, cuyas huellas nos siguen desde hace unos 10 mil años. En ese tiempo, también fueron domesticados los cobayos, aunque no se convirtieron en mascotas hasta la llegada de los colonizadores.
Ahora bien, la tenencia de animales de compañía, en el sentido moderno, tomó auge en los siglos XVII y XVIII. Esta nueva tendencia era considerada como un símbolo de estatus entre las clases pudientes. Ganó terreno la percepción de la mascota como parte de la familia. Y al iniciar el siglo XIX, la creciente industrialización y urbanización trajo consigo una mayor demanda de ejemplares.
Surgió entonces la cría y venta de mascotas, y la fabricación de artículos para su cuidado. El impulso del comercio aéreo, marítimo y ferroviario, fomentó el traslado de animales exóticos de un lugar a otro, por lo que muchas especies se volvieron comunes. Muy pronto, a finales del siglo XIX, este mercado se había convertido en un gran negocio.
La cría en cautiverio permitió la reproducción de algunas especies exóticas, así como la creación y preservación de nuevas razas. Y al crecer la afición de los dueños de mascotas y coleccionistas, la oferta de especímenes se hizo cada vez más diversa.
La práctica de la pajarería se volvió muy popular en los Estados Unidos. La venta ambulante de pájaros cantores era común en los mercados de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Buena parte de los ejemplares que se vendían eran silvestres, lo que condujo una alarmante disminución de sus poblaciones, y a la consecuente prohibición de la captura, matanza y comercio de las aves nativas, a inicios del siglo XX. A partir de allí, aumentó la importación y la cría de especies asiáticas, australianas y sudamericanas, a pesar de que eran más costosas.
En esa misma época, dado que aún los veterinarios no se especializaban en la atención de este tipo de mascotas, los propietarios acudían a las tiendas de aves, donde, además de la amplia experiencia práctica de los encargados, se distribuían medicamentos embotellados y alimentos especializados.
Los peces ornamentales habían llegado a Occidente desde el siglo XVII, pero fue en siglo XIX que se lograron avances en el mantenimiento de la calidad del agua, a través del uso de plantas para la oxigenación, y de caracoles para el procesamiento de los detritos. Al iniciar el siglo siguiente, se buscó mejorar la aireación y la filtración. Y a partir de los años ´40, los elevados precios de los equipos y de los peces, finalmente se volvieron accesibles.
Entre los años ´40 y ´70, en los Estados Unidos predominaban los reptiles nativos, como la famosa tortuga de orejas rojas. Inicialmente, los tortuguillos eran recolectados en los nidos silvestres. No obstante, en los ´50 y ´60 hubo un auge de criaderos, que, en 1975, a partir de la prohibición del comercio nacional de ejemplares de menos de 10 cm, se dedicarían a la exportación. Al mismo tiempo, ya desde mediados de siglo, se importaban reptiles de Australia, África, Asia y Latinoamérica. Aunque el verdadero boom despertó en las décadas de los ´80 y ´90, imponiéndose las iguanas verdes, pitones y boas.
En los Estados Unidos, en la década de los ´80, las tiendas de mascotas eran, principalmente, negocios familiares. Hasta que, en los ´90, aparecieron las grandes cadenas. Este período coincidió con la adultez de la generación de los Baby Boomers, que en ese entonces ya tenían hijos, contaban con mayores ingresos económicos, y creaban nuevas necesidades de consumo para sus mascotas.
En la realidad actual, donde las ventas en línea marcan la pauta, las tiendas de animales, y especialmente los minoristas, se enfrentan a nuevos desafíos de logística y almacenamiento. Sin embargo, aún cuentan con una ventaja: las mascotas son muy personales.
Tanto ayer como hoy, una amplia variedad de aves y peces han tenido gran presencia, existiendo incluso tiendas especializadas en ellos. En 2011, se estimaba que los estadounidenses poseían más de 16 millones de aves de compañía.
Aun cuando restricciones sanitarias o de conservación han mermado la importación y venta de aves ornamentales, esta industria se ha organizado para revertir la situación: por un lado, promoviendo su tenencia, y por el otro, mudando los puntos de importación a países con menos regulaciones.
La mayor parte de los peces de acuario provienen de grandes centros de cría. Sin embargo, la fracción extraída de la naturaleza todavía representa decenas de millones de individuos anualmente. Este es el caso de la mayoría de los peces amazónicos. Paradójicamente, las aguas de otra cuenca brasileña, la del río Paraíba do Sul, han sido invadidas por al menos 70 especies de peces ornamentales exóticos provenientes de piscifactorías, incluidos los coloridos “peces cebra de proteína fluorescente transgénica”, según investigaciones de la Universidad Federal de São João Del Rei.
Los reptiles representan, aproximadamente, el 20% del comercio mundial de animales vivos. Sólo en los hogares estadounidenses, entre 2017 y 2018, habría más de 9 millones de ejemplares cautivos. La tasa de mortalidad es muy difícil de determinar, pudiendo variar del 4 al 75%. Pero, dadas las dimensiones de la industria, aunque se tratase de un 1% únicamente durante la fase de transporte, serían millones de individuos.
Ahora, afrontan una nueva amenaza: la cría selectiva de reptiles “de diseño”. Las líneas genéticas especializadas producen ejemplares de alto valor, ya sea de serpientes del maíz, geckos leopardo, dragones barbudos, o pitones reales, estas últimas cotizadas en 5 mil a 30 mil dólares. Sin embargo, esto conlleva la obtención de ejemplares salvajes con los que experimentar, así como la aparición de trastornos genéticos, tal y como ocurre con las enfermedades típicas de las razas caninas.
Las pitones resultan un ejemplo emblemático, ya que están desapareciendo en su hábitat natural, mientras sigue aumentando su cría en cautiverio, sólo para ser abandonadas posteriormente en ecosistemas ajenos a ellas, donde se convierten en especies invasoras, al igual que sucede con las tortugas de orejas rojas en muchas partes del mundo.
Los populares hámsters, que hoy lucen variadas coloraciones y pelajes, han sustituido sus largos recorridos por el desierto por una rutinaria rueda de ejercicios, mientras en sus hábitats originarios muchas especies salvajes están mermando, poniendo en riesgo el equilibrio natural y su propia existencia.
A lo largo de nuestra vida, hemos observado a todos estos animales tras vidrios y barrotes, por lo que es lógico pensar que están adaptados a vivir en cautiverio y que podemos garantizar su bienestar. Sin embargo, no evolucionaron junto a nosotros, como ocurrió con los perros y los gatos, por lo que mantienen sus requerimientos ecológicos.
Actualmente, existe una marcada tendencia a adoptar animales salvajes, fenómeno que hoy se conoce como “mascotismo”. Se estima que la mitad de las mascotas estadounidenses son animales silvestres, cuyo 75% muere durante el primer año de vida, siendo sustituidos por nuevos ejemplares una y otra vez.
Para responder a esta creciente demanda, muchos de ellos ya están siendo reproducidos en cautiverio, como sucede con los erizos de tierra, ardillas y mofetas. Sin embargo, a veces, las condiciones no son las más adecuadas en cuanto a la higiene y el hacinamiento, provocando la propagación de enfermedades, incluso aquellas transmisibles a humanos. Otros problemas detectados son la desnutrición, comportamientos inducidos por el estrés, la agresión entre los animales, lesiones, heridas infectadas, y hasta canibalismo.
Otro hallazgo relevante es la falta de transparencia y el monitoreo inadecuado de esta industria, lo que deriva en datos insuficientes. Pese a ello, la World Animal Protection estima que, a nivel global, al menos 5.500 millones de animales silvestres se crían con fines comerciales. Además, los criaderos terminan sirviendo como canales de legalización de ejemplares obtenidos a través del tráfico de fauna silvestre.
Pero, más importante aún, se normaliza la concepción del animal como mercancía, se hace socialmente aceptable su presencia entre humanos, y se perpetúa la práctica del cautiverio.
Mientras la pérdida de hábitats, la contaminación y el cambio climático tienen un efecto de goteo que se da poco a poco, el impacto del comercio de mascotas sobre la biodiversidad es inmediato.
2. La pérdida de biodiversidad, el mascotismo, y la salud: ¿qué tienen en común?
Las especies víctimas del mascotismo suelen ser aquellas que son consideradas carismáticas o atractivas, o que son populares en el cine o las redes sociales; también aquellas exóticas, costosas, o de origen lejano. Las motivaciones son muy diversas.
En todo caso, los grupos afectados incluyen a las aves canoras e imitadoras, los reptiles, los peces, diversos mamíferos, y algunos anfibios, insectos y arácnidos. Para tener una idea, sólo en Estados Unidos, se importan unos 200 millones de animales cada año, mayormente con este fin, y la mitad de ellos son extraídos de la naturaleza.
Ahora bien, en el ámbito legal, existen dos limitaciones fundamentales para este lucrativo negocio: primero, la protección de las especies vulnerables; y segundo, las regulaciones sanitarias.
Al trasladar un animal de un país a otro, aun cuando se trate de una especie cuyo comercio esté permitido, se debe cumplir con rigurosas normas y protocolos, como la presentación de la respectiva documentación, la evaluación de cada ejemplar, y la cuarentena preventiva.
Ello ha dado cabida al surgimiento de otro eslabón de la cadena: los zoocriaderos. Éstos pueden responder a la demanda local de mascotas, garantizar mayor control sanitario, y a la vez contar con permisos de exportación.
Sin embargo, tales credenciales no son del todo fiables, pues buena parte de los animales traficados termina en los canales autorizados a través de procesos de “blanqueo”. Por ejemplo, un ejemplar que ha sido extraído de la naturaleza ilegalmente, puede ser filtrado en un criadero, y sus descendientes serán automáticamente legalizados. También hay casos en los que los huevos de algunas especies son extraídos de la naturaleza, y llevados a las granjas.
Para muchos, se trata de una solución inmediata para amortiguar la presión sobre las poblaciones silvestres, provocar una baja de los precios de los especímenes, y generar ingresos para las comunidades, pero hay muy pocos datos reales que lo respalden. En cambio, se ha demostrado que el acceso a estas especies a un menor costo, incentiva su adquisición. De hecho, de 1996 a 2012, las importaciones mundiales de reptiles de criaderos aumentaron en un 2.500%, es decir, 50 veces más. Y varios países ya están fomentando la cría productiva de fauna silvestre.
Las investigaciones de la World Animal Protection en torno a la cría comercial de pitones reales, trae a la luz diferentes factores que deben sopesarse al evaluar el impacto real de este tipo de negocios. Por un lado, es difícil controlar que las extracciones cumplan con las regulaciones locales establecidas, y que no se desarrollen fuera de los límites fronterizos. Tampoco puede garantizarse que, dentro de las exportaciones certificadas, no estén mezclados individuos capturados en la naturaleza, o que el destino final termine siendo distinto al reportado. Y lo mismo vale para las liberaciones, en cuanto a los lugares donde se realizan, a las medidas de bioseguridad, y a los perfiles genéticos que se estarían introduciendo en la naturaleza.
En cualquier caso, un animal nacido en cautiverio no deja de ser silvestre. Las crías necesitan estar en un contexto de libertad para desarrollar las conductas de su especie que les permitirán desenvolverse en su entorno, para ocupar su nicho ecológico, sobrevivir y reproducirse.
Cada animal está adaptado a su hábitat, y sólo allí puede desarrollar comportamientos esenciales para su bienestar. Un búho no es un búho si no está en el ambiente correspondiente a su especie. Por consiguiente, al impedir la expresión de tales comportamientos, el cautiverio produce estrés, frustración y sufrimiento.
Ya sea que provengan de actividades lícitas o ilícitas, una vez convertidos en mascotas, ya no pueden cumplir su función dentro del ecosistema ni ayudar a perpetuar su especie. Habiendo modificado sus conductas naturales y comportamientos instintivos, son considerados “ecológicamente muertos”.
Viviendo entre humanos, quedan expuestos a estrés, deficiencias nutricionales, problemas de crecimiento, enfermedades transmitidas por animales domésticos, y todo tipo de accidentes, lo que acorta su esperanza de vida.
Al mismo tiempo, algunos de los comportamientos que les permiten sobrevivir en la naturaleza pueden no ser “adecuados” en el entorno doméstico, pudiendo generar problemas en la convivencia con sus tenedores o con otros animales.
Sólo en los Estados Unidos, han ocurrido cerca de 800 incidentes con grandes felinos mantenidos como mascotas, en los que han muerto unas 25 personas. En general, a lo largo de tres décadas, desde 1990 se reportaron más de 2.900 incidentes relacionados con mascotas exóticas, incluidos ataques, mordeduras y escapes, lo que da un promedio de casi 100 eventos de esta clase cada año.
Muchos de los ejemplares rescatados del tráfico o del mascotismo, sufren traumas y daños severos en su conducta, presentando patologías como el estrés, automutilación, autodestrucción, trastornos alimenticios, depresión, u otros comportamientos anormales. Es por ello que su rehabilitación resulta tan complicada, y no siempre tiene un final feliz.
Ante la ausencia de mecanismos eficaces para sancionar el trato cruel dado a los animales en el mercado de vida silvestre, se ha forjado una industria en la que el maltrato está normalizado. Paralelamente, científicos, conservacionistas y formuladores de políticas no se han pronunciado al respecto, pues han dado prioridad a la protección de las especies y los ecosistemas. Hoy, esta postura está cambiando cada vez más, en favor de considerar el bienestar de los animales individuales como una prioridad de conservación.
Otro aspecto fundamental del comercio y tráfico de vida silvestre, es la tendencia a manejarlo exclusivamente como un problema ambiental, cuando, en realidad, constituye un riesgo para salud pública, la bioseguridad, la seguridad mundial y la economía global.
La Organización Mundial de Sanidad Animal señala que, alrededor del 60% de las llamadas “enfermedades infecciosas emergentes”, provienen de animales, ya sea por transmisión directa, o a través de alimentos contaminados. A este tipo de afecciones se les denomina “zoonóticas”.
Existen más de 200 zoonosis descritas, y, en promedio, aparece una nueva enfermedad de este tipo cada año, aumentando a medida que se incrementa el contacto entre personas y animales, tanto domésticos como salvajes. Y, según las investigaciones, hay también una correlación con la destrucción de la naturaleza, ya que la biodiversidad tiene un papel protector frente a los agentes infecciosos.
Además de invadir los espacios de la vida silvestre, el ser humano ha agrupado a especies que, en el mundo natural, nunca se juntarían, creándose caminos para que los microbios se muevan y se adapten de un cuerpo a otro.
Eso es precisamente lo que sucede al comerciar con animales vivos, con partes de ellos, o con sus derivados: el riesgo de propagación de patógenos es alto en todas las etapas del proceso, independientemente de si se trata de una actividad legal o no.
Algunas de las enfermedades conocidas en este ámbito son la leptospirosis, la gripe aviar, la psitacosis, la salmonelosis, la rabia, los parásitos, y el herpes B, contra el cual no existen vacunas. Pero pueden darse situaciones más graves, como ocurrió con la entrada del virus de la viruela del mono a Estados Unidos, en 2003, a través de un cargamento de 800 roedores africanos, que afectó a varias personas en 6 estados.
Los recién llegados, que eran ratas de Gambia, ardillas listadas africanas y lirones, contagiaron a los perritos de las praderas que se encontraban en la misma instalación, para su venta como mascotas. A raíz de ello, fue prohibida la importación de roedores procedentes del continente africano, mas no de otras regiones.
En otros casos, los patógenos pueden afectar seriamente a la fauna silvestre, como ocurre con el hongo quítrido de los anfibios, que ya se ha esparcido en áreas protegidas remotas de todo el mundo, infectando a cientos de especies y empujándolas a la extinción. Pese a ello, Estado Unidos mantiene la importación anual de casi 2,5 millones de ranas toro, provenientes de granjas industriales. Las ranas toro no sólo expanden la infección, sino que constituyen una de las 100 especies invasoras más relevantes del planeta.
Otros ejemplos en ese país son: el síndrome de la nariz blanca, un hongo que ha diezmado a millones de murciélagos de varias especies; y la enfermedad exótica de Newcastle, que en los años ´70 ingresó a través de un contrabando de loros sudamericanos, provocando la muerte de 12 millones de aves.
En el mundo, cada año mueren cerca de dos millones de personas por enfermedades zoonóticas desatendidas, advierte la ONU. Sumando las pérdidas ganaderas, así como los esfuerzos por la conservación de las especies silvestres afectadas, en lo que va de este milenio las zoonosis han generado pérdidas económicas de más de 100.000 millones de dólares.
Esto demuestra la importancia de reducir y regular el mercado de vida silvestre, en todas sus facetas, abarcando todos los actores: el producto (animales), los consumidores (hogares), los proveedores (cazadores y comerciantes), los controladores (gobiernos y sociedad civil), y los remediadores (centros de rescate). Mas, en la realidad actual, será necesario incluir un nuevo actor, cuya influencia es cada vez más evidente: el internet.
3. El círculo vicioso: de la pantalla a la jaula
Al facilitar las transacciones públicas o anónimas de compra-venta, ampliar el rango de consumidores, y servir como medio publicitario, el internet se ha convertido en un peligroso catalizador del mercado de vida silvestre.
Como resultado, a pesar de los esfuerzos por combatir el tráfico de fauna, en los últimos años aumentaron los anuncios ilegales en las redes sociales, tanto de animales vivos como de sus partes.
Pero no sólo se trata de la publicidad explícita: una avalancha de videos, reales y falsificados, exhibe una amplia gama de animales silvestres en entornos domésticos. El medio hace que el contenido sea más interesante, llega a los teléfonos personales, y permite la interacción entre los usuarios. De este modo, la tenencia de mascotas exóticas se ha convertido en tendencia, disparando la demanda de criaturas únicas.
Las grandes plataformas funcionan entonces como vector del mascotismo, y se benefician económicamente, junto a los creadores de contenido. Cada interacción con una publicación, ya sea por empatía o indignación, ayuda a que ésta se monetice y se vuelva rentable. Especialmente cuando es compartida por influencers y celebridades, cuyas opiniones tienen un impacto masivo.
La información “viral” es un aspecto de las redes sociales que sigue siendo poco estudiado en lo que respecta a la comunicación ambiental. La “viralidad” del contenido está impulsada, en parte, por las experiencias emocionales y la fuerza con la que se sienten, teniendo aquellas “agradables” una mayor influencia.
Sin duda, los animales gustan, y resultan aún más atractivos cuando realizan algo extravagante o se relacionan con otras especies, hasta el punto de hacerse virales. Pero un verdadero centro de rescate u organización conservacionista jamás divulgaría este tipo de video, puesto que esos comportamientos que resultan “graciosos” o “adorables” son, usualmente, antinaturales.
Tales conductas podrían significar la presencia de alguna enfermedad, el sometimiento prolongado a maltratos y privaciones, o que se trata animales explotados por la industria audiovisual, el circo, los establecimientos turísticos, los safaris “sin barreras”, o los “cafés de nutrias”. Aunque, aun en las condiciones de cautiverio más “amigables”, también pueden presentarse estas disfuncionalidades, que tienden a malinterpretarse.
Por ejemplo, un chimpancé que parece “sonreír”, hace pensar que está “feliz”. Cuando, en realidad, se trata de una expresión de miedo o de sumisión extrema, que manifiesta su malestar ante una situación determinada. El problema es que la antropomorfización del animal lleva a la interpretación incorrecta de sus posturas corporales, expresiones faciales, vocalizaciones y otras formas de comunicación, por lo que no se toman medidas para prevenir o corregir las causas. Y un estrés prolongado puede conducir a anomalías del comportamiento, obstaculizar el desarrollo cerebral, y comprometer el sistema inmune.
Los títulos de los videos también inciden en la interpretación de la situación por parte del espectador. Por ejemplo, ante un trato brusco, si es descrito como la reprimenda a una rabieta del niño, el espectador puede identificarse con ello e ignorar el hecho real. De manera similar, cuando se afirma que un animal ha sido rescatado y por ello vive entre humanos, la compasión sustituye a la indignación.
Diversas investigaciones han demostrado que la divulgación de imágenes de animales salvajes habitando en entornos no naturales, sin explicar detalladamente el contexto y todas sus implicaciones éticas, biológicas y legales, puede dar lugar a una serie de percepciones erróneas sobre estas especies.
Por ejemplo, en un estudio de 2011 publicado en la revista PLoS ONE, personas que vieron fotografías de chimpancés en estrecho contacto con humanos, tenían un 30% más de probabilidades de considerarlos una mascota apropiada, que aquellos que vieron fotografías de chimpancés solos; y un 35% más de probabilidades de asumir que las poblaciones salvajes no estaban amenazadas. Un resultado similar aplica para otras especies, como monos capuchinos, monos ardilla, y lémures de cola anillada.
Además, este tipo de imagen sugiere que tal contacto es seguro, y que estos animales son fáciles de manejar. Más aún, cuando son humanizados, lo que parece aumentar su atractivo. También dan la idea de que estos ejemplares son accesibles para cualquiera que desee una de estas mascotas exóticas. Y, por otro lado, normalizan el concepto de “propiedad privada” de la vida silvestre.
Llama la atención el hecho de que el público suele mostrar su preocupación por el bienestar de los animales de espectáculo, pero no ocurre lo mismo con los animales salvajes mantenidos como mascotas. El mascotismo parece ser malinterpretado como algo inofensivo, a pesar de que el contenido relativo en línea muestra diferentes grados de crueldad.
En síntesis, tenemos que: 1. Con la aparición de mascotas exóticas en las redes sociales, se normaliza su tenencia. 2. Por esa misma vía, a través de comentarios y mensajes directos, las personas pueden averiguar fácilmente cómo adquirirlas. 3. Esta demanda es alimentada por el comercio legal e ilegal. 4. Los nuevos dueños de mascotas silvestres les toman fotos y videos, y los publican, reiniciando el círculo vicioso.
En 2022, en tan sólo un año y en horarios restringidos, la Coalición contra la Crueldad Animal en Redes Sociales (SMACC), conformada por diversas organizaciones de protección animal, registró 840 enlaces individuales a videos de Facebook, YouTube, TikTok, e Instagram, que mostraban mascotas silvestres en hogares particulares, y el 65% eran especies en peligro de extinción. Análisis más recientes revelan que el 33,8% del contenido reportado en Instagram se relaciona con “animales salvajes como mascotas”.
Un caso que preocupa a los conservacionistas es el de los loris perezosos (Nycticebus coucang), pequeños primates del sureste asiático. Al analizar los 100 videos más vistos en tres grandes plataformas, se halló que, en casi todos, aparecían loris en cautiverio, a menudo en contacto con personas, y con signos de estrés o salud precaria. Mientras los pocos contenidos digitales donde se les mostraba en su hábitat y comportamiento natural, fueron ignorados en gran medida.
La investigación también arrojó que, a diferencia de lo que sucede con animales icónicos como elefantes, tigres y ballenas, las personas parecen percibir a los loris como tiernas mascotas más que como animales salvajes.
La mayoría de los loris cautivos que aparecen en las redes, especialmente si se hallan en países ajenos a su área de distribución, fueron extraídos de la naturaleza, puesto que su comercio está prohibido, y es difícil lograr su reproducción en cautiverio.
Todas las especies de loris están en peligro, debido a la deforestación y a la domesticación. Dado que su cuerpo está diseñado para el movimiento lento, no pueden huir de sus captores, sobre todo cuando el bosque es talado y quedan aferrados a los troncos. Así, son capturados fácilmente en cualquier época del año y a cualquier edad o sexo, y para evitar sus mordeduras, que además poseen un fuerte veneno, les cortan los dientes con cortaúñas, cortadores de alambre o alicates, sin anestesia. Y, por último, las condiciones del traslado son paupérrimas, resultando una tasa de mortalidad del 30 al 90%.
Tratándose de animales arborícolas y nocturnos, que buscan insectos y savia en las ramas, debe cuestionarse el trato observado en los videos, que pudiera parecer amable desde la perspectiva humana. Suelen aparecer de día, en hogares iluminados, sentados en el piso o en una cama, y comiendo frutas o bolas de arroz.
Las luces dañan sus ojos, y la dieta inadecuada acarrea obesidad, desnutrición, caries, diabetes, infecciones, neumonía, insuficiencia renal, y enfermedades óseas metabólicas. Además, los pequeños huérfanos no pueden limpiarse apropiadamente sin la ayuda de sus padres.
Siendo un animal lento, el veneno es su mecanismo de defensa. Pero en cautividad, al estar sentado tanto tiempo, la orina tóxica entra en contacto con su cuerpo y pudre su piel, pudiendo manifestarse una pérdida de cabello, o abscesos.
En cuanto a los comportamientos que parecen “bonitos” o “tiernos” en los videos, como levantar los brazos por encima de la cabeza o agacharse en una postura encorvada, son también parte de sus mecanismos de defensa, que muestran cuando se sienten amenazados.
Un impulso adicional a su popularidad, constituye la aparición de un loris como mascota en la caricatura “HouseBroken”, producida por Fox. Asimismo, la marcada influencia de las celebridades al compartir y comentar el famoso video del loris que parece levantar sus brazos para que le hagan cosquillas, que fue visto unas 2.400 veces más debido a estas interacciones.
Otra preocupación de las organizaciones de protección animal es la proliferación de videos en los que, con la intención de lucir divertidos o interesantes, los animales son expuestos a situaciones estresantes o de peligro, que atentan contra su bienestar. Un análisis de la Coalición contra la Crueldad Animal en Redes Sociales, clasificó este contenido en 35 categorías, según el nivel de crueldad. En 2025, la SMACC encontró que el 35,9% de los reportes a Instagram muestran “animales como entretenimiento”, mientras Facebook lidera el contenido clasificado como “tortura física deliberada”, con un 24,5%.
Durante más de una década, las organizaciones de la Coalición han luchado por la eliminación de contenidos que muestren animales silvestres maltratados y descontextualizados. Esta es una tarea urgente, pero constituye sólo una parte de la solución. Es necesario debilitar ambos extremos de la cadena de oferta y demanda, y los consumidores son la chispa que enciende el proceso. Y así como influencers y celebridades pueden masificar un mensaje inadecuado, también tienen el poder de educar con la misma magnitud. Todos, creadores de contenido y seguidores, comparten la misma responsabilidad.
4. El mercado global de animales silvestres implica nuevos desafíos
El comercio de animales vivos provee a tiendas de mascotas, comerciantes mayoristas, zoológicos y afines, e instalaciones de investigación biomédica. Desde 1975, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, conocida como CITES, vela por la legalidad, seguridad, sostenibilidad y trazabilidad del mismo. Esta protección incluye a los ejemplares vivos o muertos, sus partes, y los productos de origen animal o vegetal.
Como acuerdo internacional, brinda un marco jurídico y orientación en cuanto a los procedimientos a seguir por parte de los países exportadores e importadores. Está basado en un sistema de permisos y certificados, que dejan constancia del origen, destino y motivo de cada traslado.
Actualmente, más de 6.600 especies animales están amparadas en tres categorías, según el nivel de protección que requieran frente al comercio. Así, en el Apéndice I se agrupan aquellas en peligro de extinción debido a la presión comercial, que queda prohibida, por lo que su importación o exportación para otros usos requiere de permisos especiales. Por su parte, las especies del Apéndice II no están en peligro inminente, mas debe vigilarse que el comercio no suponga una amenaza para ellas. Y, por último, el Apéndice III incluye especies protegidas localmente, cuya demanda global debe ser regulada. Aparte, una actualización del Marco Político de Vida Silvestre Prohibida de 2020, incluye dos grupos de especies muy raras que podrían verse afectadas por el comercio en línea: las endémicas, es decir, que sólo existen en ese lugar, y las recién descubiertas y redescubiertas.
Sin embargo, a pesar de que este convenio proporciona un marco legal basado en tratados mundiales para la protección de la naturaleza, no es lo suficientemente sólido para afrontar la delincuencia ambiental transnacional, puesto que no existen mecanismos eficaces que garanticen su implementación, ni un reconocimiento del ecocidio como crimen procesable por la Corte Penal Internacional.
Por otro lado, la CITES no tiene injerencia en el comercio dentro de un país, de modo que no puede garantizar el bienestar de los millones de animales criados en cautiverio o capturados en su hábitat natural, que, tras las transacciones comerciales, son transportados a sus respectivos destinos.
Hasta ahora, CITES es el único convenio internacional que contempla el bienestar animal en diversas materias, y en los últimos años le ha prestado una mayor atención al tema. No obstante, la aplicación práctica aún no ha logrado beneficios perceptibles hacia los animales individuales, que siguen teniendo valor como productos comerciales esencialmente.
Por ejemplo, el tratado exige que, en los cargamentos de ciertos animales vivos, se minimicen los daños o el maltrato, pero sus normas sólo se aplican al transporte, no a cómo se capturan los animales, se almacenan o se alojan finalmente. Además, no tienen fuerza de ley.
En Estados Unidos, las normas federales protegen sólo a las aves y a los mamíferos de las “condiciones inhumanas e insalubres” de la importación, cuando se lleva a cabo a sabiendas, considerando el hecho como un delito menor.
Y cuando es evidente la toma de medidas ante un cargamento, por ejemplo, al encontrar ejemplares lastimados o muertos, los inspectores pueden imponer multas, mas, por lo general, la aplicación de la ley no llega más allá.
En los ´90, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre intentó establecer pautas para el transporte apropiado de reptiles y anfibios, pero antes de que iniciara el proceso para su legalización, la industria de las mascotas ejerció presión detrás de escena para que no se adoptaran los cambios. Posteriormente, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo adoptó medidas similares, pero, sin normas federales, no pueden obligar al importador a cumplirlas.
Organizaciones no gubernamentales han recomendado al equipo presidencial que mejore la cooperación internacional en los asuntos relacionados con el comercio de vida silvestre, lo cual adquiere especial relevancia en la prevención de pandemias.
En general, dicho país no cuenta con una legislación que exija un seguimiento de enfermedades de la fauna importada, por lo que la gran mayoría de los animales no se analizan. Tampoco existe una agencia federal que se encargue de ello.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, llamados CDC por sus siglas en inglés, regulan específicamente la importación de vida silvestre y productos derivados que constituyen un motivo de preocupación para la salud pública, como es el caso de los murciélagos, roedores africanos y primates. El Departamento de Agricultura, conocido como USDA, interviene únicamente ante riesgos de contagio a los animales de consumo. Pero el hecho de que una enfermedad importada no represente un peligro inmediato para la salud pública o agraria, no significa que no constituya una amenaza para los intereses económicos.
Para comprender a profundidad la diversidad y abundancia de los patógenos que ingresan al territorio estadounidense, se hace indispensable mantener una vigilancia permanente sobre la importación de fauna silvestre. Mas, para llevar a cabo esta recopilación sistemática de datos, se requeriría un mandato jurídico del gobierno, que, contradictoriamente, sólo podría ser otorgado en base a la información recabada.
En otros ámbitos, desde 2018, la Coalición para Acabar con el Tráfico de Vida Silvestre en Internet reúne a las mayores empresas de comercio electrónico, tecnología y redes sociales del mundo, bajo la asesoría de grandes organizaciones conservacionistas, que aportan datos actualizados del comercio de especies, orientación sobre políticas, material de capacitación, y educación al usuario para la detección de productos ilegales. Cada empresa es responsable de diseñar sus propias políticas, mientras el trabajo integrado permite compartir lecciones aprendidas y mejores prácticas, y evitar vacíos legales.
La lucha es ardua. Cuando una empresa prohíbe anunciar un producto específico, el vendedor recurre a palabras clave, que puede cambiar una y otra vez, del mismo modo que mudará de plataforma cuando sea necesario. Son los algoritmos de aprendizaje automático los que ayudarán a detectar estos anuncios a tiempo. También serán necesarias revisiones manuales, así como la participación activa de los usuarios y voluntarios. Una medida adicional es la aparición de avisos que alertan al usuario cuando su búsqueda está vinculada al maltrato de animales o a su comercio ilegal, o sugieren la eliminación del contenido dañino a quien lo publicó.
Gracias a este elemento disuasorio, en los primeros dos años fueron bloqueados unos 3 millones de anuncios de tráfico ilegal de especies en peligro y sus subproductos, incluyendo animales vivos para el comercio de mascotas exóticas.
Mas esto no es suficiente. Por un lado, al eliminar la publicación original, ésta ya se ha compartido infinidad de veces; y por el otro, las advertencias bloquean igualmente los videos similares usados para promover mensajes de conservación.
Se han creado regulaciones para cierta clase de contenido que represente o fomente la crueldad hacia los animales, así como algunas restricciones sobre la venta de especies en peligro de extinción. Sin embargo, ninguna de las plataformas tiene políticas específicas con respecto a la representación de animales salvajes como mascotas, y alegan que estos contenidos no violan sus pautas de usuario.
Según afirman los expertos, las compañías tecnológicas no están haciendo suficiente, debido a la Sección 230 de la Ley estadounidense de Decencia en las Comunicaciones de 1996, que las exime de toda responsabilidad legal por las publicaciones de terceros. Esto quiere decir que no están obligados a supervisar esos contenidos. Y ante las presiones para la modificación de la legislación, alegan que sus métodos son eficaces.
Pero, en el caso de Facebook, las políticas de eliminación de anuncios ilícitos podrían estar alertando a los delincuentes de que han sido descubiertos, a la vez que desaparecen las pruebas públicas necesarias para atraparlos. De hecho, desde su implementación, se multiplicaron las páginas y grupos dedicados al comercio ilícito de especies, según señalan las investigaciones realizadas en 2020 por la Alianza Contra la Delincuencia en Línea.
Por otro lado, los algoritmos que hacen recomendaciones para conectar a personas y grupos con intereses similares, podrían facilitar la interacción entre quienes comercian con bienes ilícitos. Esto se manifiesta claramente en el 30% de las páginas que venden fauna silvestre, encontradas a través de la función de “páginas relacionadas”.
Las investigaciones también han mostrado que buena parte de los anuncios de multinacionales acompañaban contenido relativo al tráfico de especies.
En 2025, nuevos estudios de la Coalición contra la Crueldad Animal en las Redes Sociales desatan nuevas alertas. Las plataformas Meta conglomeran más de la mitad del contenido denunciado por crueldad animal explícita, y eliminan apenas un tercio de éste. Mientras una de las cuentas dedicadas al abuso de monos ha sido premiada con la “Insignia de Creador”, que se supone ser un distintivo de “calidad, originalidad e integridad”. Y para mantenerlo, deberán publicar al menos un nuevo Reel cada semana. De modo que la empresa incentiva el tipo de contenido que debería sancionar.
Afortunadamente, muchos países están adelantando medidas legales en pro de la seguridad digital, incluyendo la responsabilidad de las plataformas en materia de crueldad animal. “Este no es solo un problema de moderación de contenido. Es una falla ética, social y tecnológica. En varias regiones del mundo el maltrato animal ya es un problema estructural, permitir que este tipo de contenido se normalice en redes solo empeora la situación” (World Animal Protection, 2025).
Por su parte, la Coalición continúa colaborando con estas plataformas. Y, a la vez, insta a los usuarios a reportar todo contenido que use animales silvestres como entretenimiento, incluida su tenencia como mascotas, y a evitar interactuar con dichas publicaciones. Ese es el único “reto viral” en el que debemos participar.
Conclusión
Hemos visto cómo la diversificación del mercado de mascotas ha propiciado la inclusión de cada vez más especies silvestres, que, a diferencia de los perros y los gatos, que evolucionaron con nosotros durante miles de años, no están adaptados para vivir fuera de sus hábitats naturales.
El sufrimiento de estos individuos va acompañado de la disminución de sus poblaciones salvajes, la profunda afectación de los ecosistemas de los que forman parte, la propagación de enfermedades zoonóticas, y un sinnúmero de incidentes domésticos.
La aparición de mascotas silvestres en las redes sociales contribuye a la normalización de su presencia en el entorno humano. Y mientras aumentan las ganancias de los creadores de contenido y las plataformas, también lo hace la comercialización legal e ilegal de estos animales.
El círculo vicioso de oferta y demanda de mascotas silvestres que se impulsa a través de la red, es una clara representación de lo que sucede en nuestra cotidianidad: sin percatarnos, cada pequeño acto de consumo provoca un impacto ambiental global.
Del mismo modo, cada acción consciente puede generar una mejora radical: recordando que los animales no son accesorios ni sujetos de entretenimiento, y dejando de dar “likes”, todo puede llegar a cambiar.
Infórmate más e involúcrate a través de:
https://www.worldanimalprotection.cr
https://www.endwildlifetraffickingonline.org
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