Por qué el Barça debería ser una Sociedad Anónima
De todos los momentos trágicos imputables a los Presidentes del FC Barcelona a lo largo de su historia, ninguno como la declaración de…
Por qué el Barça debería ser una Sociedad Anónima
De todos los momentos trágicos imputables a los Presidentes del FC Barcelona a lo largo de su historia, ninguno como la declaración de Josep María Bartomeu ante el juez Pablo Ruz en la Audiencia Nacional en febrero de 2015:
“El club evidentemente sí tiene una responsabilidad del caso Neymar y de los dos delitos fiscales, no como el ex presidente Rosell y yo que somos exonerados porque no la tenemos”.
Y así ocurrió. Bartomeu no fue condenado, el club asumió la responsabilidad como persona jurídica reconociendo dos delitos fiscales relacionados con la estructura de pagos del fichaje y pagando más de 5 millones de euros tras llegar a un acuerdo con la Fiscalía. El club.
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Meses más tarde Bartomeu obtuvo veinticinco mil votos de socios para ganar las elecciones aupado en el eslógan triplete y tridente e inició un mandato de 6 años que culminó con su dimisión en octubre del 2020, tras disparar el gasto y la deuda hasta límites fronterizos con la viabilidad del club (“El momento más peligroso del fútbol es del éxito”, dijo una vez Cramer Carsten, director de ventas y marketing del Borussia Dortmund).

(Foto de Juan Medina, Reuters)
Joan Laporta, que se presentó y perdió en aquellas elecciones de 2015, recuperó el gobierno del club en la siguiente convocatoria a las urnas, en marzo del 2021, con una lona gigante en un edificio de Madrid cercano al estadio Santiago Bernabéu proclamando las “ganas de volver a veros”; fue un éxito rotundo y movilizó a socios con una mezcla de estimulante nostalgia y del estilo desacomplejado marca de la casa. En su nueva legislatura recién concluida Laporta tomó decisiones de todo tipo: imprescindibles, necesarias, discutibles. Depreciación masiva de jugadores para aglutinar todas las pérdidas en su primer cierre contable, venta de activos como los derechos de TV o la unidad de iniciativas digitales, impulso de la división de merchandising y marketing y, por supuesto, el arranque del proyecto del Nou Camp Nou financiado a través de Goldman Sachs mediante un fondo de titulización con un pasivo de 1.516 millones de euros de crédito, y que no se cuantifica en la deuda ordinaria del club.
Y ahora…¡elecciones!
Este próximo domingo el Barça afronta unas nuevas elecciones y, una vez más, el debate gira sobre asuntos recurrentes: la herencia recibida (ya se acumulan varias), la participación de los socios, los estilos de los candidatos presidenciables y sus correspondientes carencias y veladas acusaciones cruzadas, Messi, La Masía y en general aspectos deportivos tratados de manera superficial. En realidad, casi todo tiene cabida, salvo una cosa: cuestionar el modelo de propiedad del club, aquel que en sus estatutos viene definido como “una asociación deportiva propiedad de sus socios” quienes, en teoría, la ejercen a través de asambleas o referéndums. Esto no parece estar en discusión, pese a que también es utilizado con frecuencia como elemento disuasorio.
En abril de 2023 unos tres mil socios recibieron una encuesta encargada por la Junta Directiva. La pregunta era la siguiente:
‘Actualmente, el Barça es propiedad al 100% de los socios y socias y las decisiones importantes deben aprobarse en una asamblea general o en un referéndum en el que todos y todas tienen voz; según su opinión, ¿qué modelo preferiría para el FCB?’
Las respuestas disponibles permitían elegir entre seguir igual, convertirse en una Sociedad Anónima Deportiva (SAD) o apostar por un modelo mixto en el que al menos el 51% de las acciones siguieran en manos de los socios. Los resultados no se hicieron públicos, solo la conclusión en el Observatori Blaugrana 2022/23 de que ‘la mayoría de la masa social quiere seguir con el modelo de propiedad 100% de los socios”, pero sin detallar el desglose de la encuesta ni números exactos e insistiendo en que no había intención de cambiar el modelo de propiedad. No existen precedentes concretos sobre un planteamiento directo del club a sus socios salvo en aquel momento, muy condicionado por la pandemia y por la gestión cercana a la administración desleal de Bartomeu.
Laporta y Font no son iguales, pero en 2026 la pregunta debería ser si el FC Barcelona quiere seguir gobernándose de la manera actual mientras compite, invierte, se endeuda y se financia como lo que es, una empresa multinacional del entretenimiento valorada en en 5.000 millones de euros, según la revista Forbes y al mismo tiempo cargada con la deuda más gruesa del fútbol mundial. Mantener este modelo ya no puede ser una cuestión romántica o de orgullo nacional, es un riesgo sistémico para la institución. Para estas elecciones hay más de 114.000 socios con derecho a voto, sobre un total que supera los 142.000. Y, sin embargo, el peso económico directo de la condición de socio es pequeño en el conjunto del negocio del club: las cuotas y abonos representaron alrededor del 3,2% del total de ingresos en 2025.
Esto no es un juicio moral; es una radiografía. El Barça es “de los socios”, sí… pero el Barça crece y se paga sobre todo con derechos de televisión, patrocinio, explotación comercial y decisiones financieras complejas. Y ahí el socio vota cada cierto tiempo y en número mínimo, y no dispone de instrumentos reales de control continuado. La vinculación del socio como propietario del club, tan sólida aparentemente, se desvanece si se deja de pagar la cuota de los 200 euros anuales que se gira al banco cada mes de diciembre.
¿Resultado? Perpetuar un sistema perfecto para fabricar presidentes, y mediocre para fabricar gobernanza. Las elecciones, en realidad, son el incentivo más peligroso del modelo actual. No son neutrales. Empujan a prometer el fichaje que ilusiona, las propuestas contables mágicas que solucionarán la economía, nuevos relatos dentro del mismo marco pero siempre sin el debate estructural: ¿qué forma jurídica minimiza el daño cuando el marketing electoral se come la gestión?
Una SAD es esto
En España, el traje natural para un club profesional es la Sociedad Anónima Deportiva (SAD), regulada por la Ley del Deporte y el Real Decreto específico. Es, básicamente, reconocer lo obvio: que un club que factura como empresa debe poder captar capital, rendir cuentas con estándares empresariales y separar la emoción del gobierno corporativo.
Convertirse en SAD permitiría, al menos sobre el papel, aspectos que hoy están muy restringidos:
- Capital propio de verdad (no solo deuda): ampliar capital, incorporar socios financieros minoritarios, diseñar instrumentos híbridos.
- Órganos de control más exigentes: consejo, comités, auditorías y responsabilidades fiduciarias más claras. El debate sobre transparencia suele aparecer en campaña como promesa, pero la diferencia real es institucional: en un marco societario, la información financiera periódica y la rendición de cuentas se ordenan con procedimientos y obligaciones internas típicas del gobierno corporativo. No es una panacea (también hay SAD opacas), pero permite exigir transparencia con un lenguaje más operativo: reporting, auditoría, cumplimiento, gobierno del dato económico.
- Continuidad: estrategias a 10–15 años que no dependan de la siguiente campaña.
En definitiva, un marco que facilite la inversión sin comprometer la gobernanza a golpe de urgencia. No es garantía de buena gestión, pero sí proporciona un panel de herramientas más amplio.
Negación pero sin excesivos argumentos
Rápidamente nos enfrentamos en este punto a legítimos contraargumentos sentimentales: “Si somos una SAD, vendrá un magnate y adiós Barça”, por escribirlo de manera suave y no recurrir a la habitual y despectiva frase sobre potenciales dueños asiáticos. Pero es una trampa plantearlo así, como si solo existieran dos opciones: pureza de sangre o jeque manchado de petróleo.
La identidad del socio no es solo la “propiedad”, y menos aún si se circunscribe a la de un asiento en el estadio: es pertenencia, memoria y poder simbólico. El miedo a una SAD no es irracional: muchos aficionados asocian SAD con mercantilización y ésta con la pérdida de la esencia del club que en muchas ocasiones heredaron de sus padres y abuelos. Pero la identidad del socio puede blindarse si se entiende como un conjunto de derechos irrenunciables: voto sobre elementos nucleares (escudo, colores, sede, nombre, cantera y patrimonio crítico), acceso justo y transparente al estadio, y un modelo que reconozca la contribución histórica del club al País. El objetivo no sería convertir al socio en accionista individual, sino convertir a la comunidad de socios en el accionista estructural dominante, asegurando que el capital sea herramienta y no dueño.
El fútbol europeo lleva años demostrando que hay modelos híbridos funcionales: sociedades mercantiles con control mayoritario de los socios. El FC Bayern München, por ejemplo, mantiene el 75% en manos del club de miembros (asociación e.V., funciona como matriz y control, más de 400.000 socios) y reparte el 25% entre socios estratégicos a través de una sociedad mercantil que gestiona el negocio del fútbol profesional; la Bundesliga además ha defendido reglas para asegurar mayoría de voto en manos de ese club de miembros (la famosa lógica del 50+1). No se trata de copiar/pegar, pero sí de evidenciar que sociedad e identidad no son incompatibles.
La clave es el diseño, híbrido y realista para un caso como el del Barça:
- Escisión del ámbito del fútbol profesional, creando una sociedad que concentre: primer equipo, explotación comercial, derechos y activos.
- La entidad de socios como accionista mayoritario (+51%): ese club de miembros (o una fundación o vehículo estatutario similar controlado por socios) mantiene la mayoría de voto. Esto garantiza que el control último siga siendo social, no financiero.
- Capital minoritario con límites y reglas, permitiendo la entrada de socios estratégicos o minoritarios pero con límites de concentración accionarial, transparencia del beneficiario final, derechos económicos acotados y sin control político, incluso una acción fundacional para proteger decisiones identitarias.
- Estatutos con líneas rojas: someter a referéndum de mayorías ⅔ aspectos como un cambio de escudo, nombre, colores, traslado de sede, venta de activos críticos, modificación de cantera o de estructura deportiva básica.
- Gobierno corporativo reforzado: consejo con perfiles independientes, comités (auditoría, riesgos, retribuciones), políticas de conflictos de interés, publicación periódica de información.
En el fútbol moderno, la volatilidad (deportiva y financiera) es altísima. La respuesta no puede ser vivir en un modo campaña permanente. La SAD facilita una gobernanza más institucionalizada que reduce, o debería, la dependencia del carisma presidencial.
El presidencialismo en los grandes clubes tiende a personalizar el riesgo: si el proyecto depende demasiado de una figura, la institución se vuelve vulnerable. ¿Laporta ha salvado al Barça? Sí, seguramente. Y no una sino dos veces. Pero en un club que mueve decisiones multimillonarias, tanto en dinero como en afectos, el marco debería proteger a la institución de los errores de una sola persona y proteger al socio de tener que elegir entre la fe o el miedo.
En estos días en la campaña se habla de abonos, accesos y grada, se habla del vínculo social. Bien. Pero si el Barça quiere reforzar el papel del socio, necesita instituciones que hagan ese vínculo operativo, no solo emotivo. La pregunta no es si el Barça debe dejar de ser “més que un club”. La pregunta es si el Barça puede seguir siendo “més que un club” con un marco que, en un mercado de fútbol industrializado y ultracapitalista, deja demasiadas decisiones estratégicas a merced del ciclo electoral y de la improvisación.
Convertirse en SAD o, dicho de otro modo, societarizar el ámbito profesional con control mayoritario del socio, no es vender el club: es blindarlo. El debate no debería ser “SAD sí o no” como un mero eslogan, sino cuestionar si queremos un Barça democrático solo en apariencia pero frágil, o protegido y gobernable. Lo primero nos ha traído hasta aquí, lo segundo requiere audacia y valentía.
Y si el 15 de marzo se vota el futuro, lo más honesto sería votar también el modelo.
Daniel Cana Moya, soci núm 54.959 FC Barcelona.
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