Suscríbete, primo: de la barra del Café Gijón al buffet libre digital
No sé si fue primero el huevo, la gallina o la suscripción, pero lo cierto es que hoy en día para ver una serie, leer un ensayo, escuchar…
Suscríbete, primo: de la barra del Café Gijón al buffet libre digital
No sé si fue primero el huevo, la gallina o la suscripción, pero lo cierto es que hoy en día para ver una serie, leer un ensayo, escuchar un disco o, con suerte, descargarte un PDF sin marca de agua, necesitas pasar por caja. Eso sí, digital y recurrente, como el recibo de la luz. El siglo XXI, amigos, es un club privado donde el portero se llama Paywall y la contraseña es tu número de tarjeta. Y yo, Ciriaco Viralondo, que he visto más recibos que capítulos de “Cuéntame”, vengo a contaros cómo hemos pasado del “pase usted, caballero” al “suscríbase para continuar leyendo”.
Porque esto de las suscripciones, aunque suene a modernidad líquida, tiene más solera de la que parece. Allá por los años 20, cuando la cultura española era cosa de tertulias y humo de puro, el Café Gijón era el Netflix del momento. Allí, si querías enterarte de lo que se cocía, tenías que consumir: un café, una copa, un puro, o al menos un chato de vino, que tampoco somos marqueses. El acceso a la cultura era presencial y, ojo, selectivo: si no tenías para pagar la consumición, te quedabas en la puerta, escuchando los ecos de la conversación, como ahora hacemos con los trailers de las plataformas.
Hoy, la cosa es igual, pero sin camarero de bigote ni mármol en las mesas. El menú cultural se ha convertido en un buffet digital, pero para cada plato hay que sacar ficha: Netflix para la serie, Disney+ para la nostalgia, HBO para la pose, Filmin para el gafapasta, Crunchyroll para el otaku y, si te queda suelto, Apple TV+ para sentirte moderno. Y si quieres leer prensa, otro tanto: suscríbete aquí, allí y acullá. Lo de “compra un periódico y léelo en el banco del parque” es ya arqueología urbana.
Eso sí, para pagar todas las suscripciones, hace falta más cartera que ilusión. Estamos tan pelaos que, si la economía fuera una serie, la nuestra estaría en la sección de “drama social” y sin renovar para segunda temporada. No es de extrañar que la mitad de España comparta cuentas con más familiares que el grupo de WhatsApp de Nochebuena.
El problema no es solo el precio (que también: suma todas las cuotas y te sale la hipoteca de un piso en Chamberí), sino la fragmentación. Cada plataforma guarda su tesoro como el dragón Smaug: “¿Quieres ver esta serie? Aquí no es, chaval, suscríbete al otro lado”. Y así, de suscripción en suscripción, uno acaba con más cuentas que contraseñas y menos tiempo que ganas. La cultura, que antes era plaza pública, se ha convertido en una feria de casetas, donde cada una cobra entrada y te da una pulserita de colores.
Pero ojo, que esto tiene su aquel. En los años 20, si lograbas colarte en la tertulia buena, podías presumir durante semanas: “Ayer estuve con Valle-Inclán, que me contó una de las suyas”. Ahora, el prestigio es decir “yo tengo todas las plataformas”, aunque luego no veas nada y te pases el día eligiendo. El capital simbólico ha cambiado de manos, pero la lógica es la misma: pertenecer, aunque sea pagando.
Y no faltan los pícaros digitales, descendientes directos del Buscón, que comparten suscripciones, hacen cuentas familiares con desconocidos o buscan refugio en los clásicos de la picaresca online: ese arte ancestral de buscar “ver nosequé peli gratis castellano online hd” y acabar en Internet Archive viendo una copia grabada con móvil y subtítulos en checheno. Eso sí, a veces el susto no es por el malware, sino por el catálogo: hay películas ahí que solo las han visto el que las subió y el forense digital. Y hablando de sustos, el día que te llega el cobro de todas las suscripciones juntas, te planteas si no sería mejor que te lo descontaran directamente del seguro de decesos. Así, por lo menos, cuando te mueras, tus herederos se ahorran el trámite.
En este toma y daca, la cultura de la suscripción ha convertido el acceso en un juego de exclusividades y micro-pagos, donde la abundancia es solo aparente y la libertad, un espejismo con recibo mensual. Quizá algún día volvamos al Café Gijón, aunque sea en versión holograma, y paguemos solo por escuchar la conversación. De momento, nos queda el consuelo de saber que, aunque todo parezca nuevo, seguimos siendo los mismos: buscando el atajo, la tertulia y la contraseña del WiFi.

Y aquí me tienen, deambulando entre plataformas como un lobo estepario del streaming, más underdog que influencer, con la dignidad justa para no mendigar cuentas, pero la picardía suficiente para aprovechar el mes gratis. Porque, al final, la cultura — como la buena conversación — vale más por el ingenio que por la cuota. Y si no, que me den de baja.
Ciriaco Viralondo para ‘El Gabinete Viralondo’,
junio de 2025
메타데이터
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