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El Sonido del Silencio

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

El Lector Asiduo · 2018-11-13 19:59 · 2 claps · 2.8 min read
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El Sonido del Silencio

Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos.

Silencio

¿Cuantas veces al día escuchamos silencio?¿Cuántas veces al día aliviamos nuestros oídos de su tedioso trabajo? Caminamos escuchando Spotify, viajamos en bus escuchando Podcasts y YouTube hace las delicias de nuestros principales sentidos pero ¿Estamos escuchando algo?¿O solo oyendo ruido?

Hace unas semanas, pude disfrutar de un retiro de silencio. 48 horas donde me retiraba del mundo y regalaba a mis compañeros mi silencio. Un tiempo de meditación y reflexión en soledad con Dios y mi guía espiritual, a quien dirigí mis únicas palabras en formas de confidencias. El lugar era inmejorable, una abadía benedictina donde el tiempo parecía pararse. El aura de paz e intemporalidad eran exquisitos. Son en estos lugares donde hombres han decidido retirarse de nuestras mundanales penas para dedicarse a una vida de trabajo y oración (ora et labora), en forma de la regla benedictina.

Desde lo más profundo te invoco, Señor. ¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria

Junto con estos hermanos, pude ponerme en comunión con Dios vía el más antiguo de los cánticos cristianos, el canto gregoriano. Laudes, Tercias, Completas… todas y cada una de las horas donde esta comunidad de oración se reunían fueron momentos en el que consagrarse a Dios. Ese lujo que tenemos los cristianos, el sentirnos parte de la más antigua de las comunidades, es un gozo para alma y espíritu que no se puede explicar; una vez más las palabras fallan a la voluntad.

Y es que la clave del éxito fue justo eso, un Silencio evocador. Un Silencio que nos abría los oídos a una verdad de amor, que nos recuerda la limpieza del mensaje de vida. En la condición humana siempre hemos vivido rodeados de silencio. Caía la noche y este envolvía nuestro tiempo hasta un nuevo amanecer. Es, y aquí conjeturo, esa necesidad de vida que nuestra era no deja de evocar que nos hace llenar nuestra mente de ruido (And the people bowed and prayed / to the neon god they made), cuando la verdad en forma de vida murió por nosotros hace 2000 años. No es sino, una vez más, falta de fe. Bienaventurado aquel que encuentra silencio en este valle de ruido, pues el heredara la palabra.

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

Es en estos tiempos donde libro y libreta hacen de mejores compañeros. Como lector asiduo, valga la redundancia, no me sobra de lo primero y siempre me faltará de lo segundo, pero es en el silencio cuando la palabra escrita toma más valor. Donde ese argumento de la autoridad que es un libro cobra más sentido. Cuando renuncias a la palabra hablada, la escrita y su atemporalidad ganan en valor, pues esta no se la lleva el viento. La palabra escrita, y especialmente en tiempos de la escolástica, era selectiva y con esta se puede dar razón a las palabras de Chesterton:

“La tradición es la democracia de los muertos, no puede haber una vida política sana si no se reconoce la herencia que hemos recibido de nuestros antepasados”

A este tiempo de retiro me lleve dos preguntas muy concretas, preguntas que dejaba a los pies del altar, esperando que germinaran respuestas en tierra fértil. Una vez más, el hombre presupone y Dios dispone: me fui las respuestas que necesitaba, no las que quería; pero Dios, como buen pescador de hombres, nos provee de una caña antes que darnos el pescado. A esto se le añadían las precisas palabras de mi guía espiritual:

“Make a decision neither at your highest or your lowest, but when you are more stable”

La noche se cierne sobre la abadía, y en la regla benedictina se despide al día con las oraciones de Completas: en ella se pide perdón por los pecados, se evoca al descanso del siervo y se despide de la mejor de las maneras:

Salve, Regina, Mater misericordiae. Vita, dulcedo et spes nostra, salve.

Ad te clamamus exsules filii Hevae. Ad te suspiramus gementes et flentes in hac lacrimarum valle.

Eia, ergo, advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte; et Iesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium ostende.

O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.

Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix. Ut digni efficiamur promissionibus Christi. Amen.


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