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El error de la aspirina

Cómo confundimos el alivio con la curación del alma

SentiPensante Radical · 2025-10-07 13:13 · 0 claps · 2.8 min read
#psicologia #condicionamento
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El error de la aspirina

Cómo confundimos el alivio con la curación del alma

Si alguien va al médico con una fuerte jaqueca y, después de tomar una aspirina, el dolor desaparece, el médico no concluye que el problema era una “deficiencia de aspirina”. Sabe que el analgésico solo calmó un síntoma.

Y, sin embargo, cuando sentimos angustia, vacío o confusión, hacemos justo eso: buscamos la aspirina emocional, y cuando funciona, creemos haber hallado la causa.

“Me faltaba amor”, decimos. “Me faltaba propósito, serotonina, compañia, éxito, calma”.

Pero tal vez el dolor no venía de la falta de algo, sino del modo en que estábamos huyendo de nosotros mismos.

Aspirinas para el alma

Vivimos rodeados de calmantes simbólicos. Algunos legales y recetados; otros más sutiles: productividad, espiritualidad exprés, sexo, redes sociales, comida, viajes.

La industria del bienestar ofrece alivio inmediato, como si la angustia humana fuese un defecto técnico que puede corregirse con el método correcto. Pero lo que buscamos no es curación: es silencio.

Silencio del síntoma, del desasosiego, del pensamiento que incomoda.

Byung-Chul Han escribió que “el sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se está realizando”. Y no hay frase que describa mejor nuestra época: trabajamos para sentirnos vivos, consumimos para olvidar el cansancio y meditamos para poder seguir rindiendo.

La aspirina se volvió estilo de vida encajado dentro de la paradoja del individualismo, queremos pero no queremos.

El alivio como trampa

Nos hemos acostumbrado a creer que estar bien es el estado natural del ser humano. Todo lo que se salga de ahí — la duda, el dolor, la pérdida de sentido — lo tratamos como una avería que hay que reparar.

Pero ¿y si no lo fuera?

Kierkegaard llamó a la angustia “el vértigo de la libertad”: la sensación que nos produce asomarnos al abismo de poder elegir quiénes somos. Es incómoda, sí, pero también es la condición misma de la conciencia.

Lo que hacemos, en cambio, es taparla. La química y la distracción logran lo que el pensamiento teme: que el malestar desaparezca sin que aprendamos nada de él.

Así convertimos el alivio en ideología: la obligación de sentirnos bien, de estar siempre plenos, de sonreír aunque estemos vacíos. Y cuando el alma protesta, la medicamos.

El sentido como medicina

Viktor Frankl, que conoció el dolor más extremo, escribió: “El sufrimiento deja de ser sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido.

No se trata de hacer apología del dolor; más bien, de escucharlo. El sufrimiento tiene voz. Es parte de esta experiencia de ser humanos dotados de lo que se ha llamado conciencia autorreflexiva: esa capacidad intrínseca — aunque poco ejercitada — de autoobservarnos.

Cuando el cuerpo duele, busca equilibrio. Cuando el alma duele, busca sentido. Pero nos aterra que musite siquiera un susurro, no vaya a ser que se vuelva un grito tan ensordecedor que nos perdamos en él. Acto seguido: un chute de anestesia.

Quizás el malestar no sea señal de enfermedad, sino un recordatorio de que aún sentimos. De que hay algo en nosotros que no se resigna a vivir en automático, aunque duela.

Aprender a no huir

Tal vez lo que necesitamos no es otra aspirina, sino un poco más de silencio real. De ese que no evita el dolor, sino que lo acompaña.

Mirar de frente la incomodidad sin el reflejo de apagarla. Preguntarnos qué parte de nosotros nos está hablando desde esa tristeza, ese cansancio, ese vacío.

No se trata de rechazar los remedios — la ciencia, la terapia, el amor — sino de no convertirlos en dogma. Porque si eliminamos el síntoma demasiado pronto, eliminamos también el mensaje.

Quizás la tarea no sea curar el alma, sino aprender a convivir con ella sin tanto miedo.

A fin de cuentas, como escribió Camus:

“En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible.”

Pero para encontrarlo, hay que dejar que el invierno hable.

Nota de referencias

  • Søren Kierkegaard, El concepto de la angustia (1844).
  • Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido (1946).
  • Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010).
  • Albert Camus, El mito de Sísifo (1942).

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