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Almaguer: cruces de tiempo

Serpientes

Julián González in vocES en Español · 2026-04-11 20:09 · 51 claps · 8.3 min read
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Almaguer: cruces de tiempo

Serpientes

El espinazo de América del Sur, la cordillera de los Andes, cruza siete de los doce países del subcontinente y se abre como un látigo de tres ramales en cuanto llega a Colombia: la cordillera Occidental, la Central y la Oriental; tres nombres desangelados para lo que bien pudo llamarse Brazo Marino (la Occidental), Entrerríos (la Central) y Libertad de las Llanuras (la Oriental).

Una geógrafa inspirada habría preferido nombres de serpientes para cada una de ellas. La Verrugosa del Pacífico para la cordillera Occidental: la Lachesis acrochorda es la víbora más grande de Suramérica. Oscura, larga y robusta como la selva húmeda del Chocó biogeográfico que la cordillera resguarda. La Rabo de Ají Andina para la cordillera Central: la Micrurus mipartitus es una serpiente coral muy estilizada y de veneno potente, con los colores vivos y el carácter volcánico de esta cordillera cargada de cultivos de café verdirrojos, cerros helados y pozos azulados. Y para la Oriental, la Anaconda verde (Eunectes murinus), la enorme serpiente que reina en los humedales. Evoca la extensión inmensa, larga y orgullosa de este ramal que bordea las sabanas inundables de la Orinoquía y los Llanos.

En Almaguer, un vistoso municipio situado al suroriente de Popayán (capital del departamento del Cauca), de la Central o Rabo de Ají se desprende la cordillera Oriental (la Anaconda o Libertad de las Llanuras).[1].

Un vistazo de 360 grados te ofrece un conmovedor paisaje de enormes montañas verdeazuladas arremolinándose como olas. Aquí una diosa quechua tiñó de verdes cientos de hilos gigantes hasta forjar un arrume de lianas donde resguardar a sus herederos y herederas de tierra y barro. Ellos sabrían que, al trepar hasta aquí y alzar la vista alrededor, apreciarían la eternidad y entenderían que las aguas de arriba (el cielo) y las aguas de abajo (los ríos) son la misma transparencia, hecha para calmar la sed de las bocas y del espíritu. No hay cielo ni infierno: hay un horizonte infinito en el que ambos, arriba y abajo, se funden para forjar el futuro y el destino de la humanidad entera. Es el Nudo de Almaguer. Otro alucinoscopio colombiano.

Y esta trenza de montañas es la fábrica de agua dulce más importante del país. Y de agua estamos hechos todos.

Somos nuestros fluidos.

Arañando el cielo azul y helado, a 3.200 metros de altura, y tras una bocanada de aire fresco, es inevitable pensar en lo que fue todo esto hace tres mil o cuatro mil años, mucho antes de que la Conquista Española diezmara las poblaciones indígenas.[2]

¿Cómo es posible que la humanidad sea al mismo tiempo la historia de sus proezas y la estela de sus miserias? ¿Cómo es posible que la misma especie que se multiplica en número condene a pueblos y culturas enteras a la extinción? Quinientos años atrás, en nombre de la Cristiandad y la Cruz, desaparecieron entre 50 y 60 millones de indígenas (entre el 90 % y el 95 % de la población nativa) del continente americano. Entre el siglo XV y el siglo XIX, casi 13 millones de africanos fueron esclavizados. Dos millones murieron durante las travesías trasatlánticas.

Pero no aprendemos.

Abril de 2026 será recordado en el futuro como la primera vez en lo que va del siglo XXI en que un hombre estúpido y poderoso amenazó con borrar del mapa todo rastro de una de las civilizaciones milenarias de la Tierra: la persa. Un hombre que se precia de leer poco y de ignorarlo todo dijo que acabaría con Irán de un plumazo. Arrasaría con los hijos e hijas de Sherezade (o Shahrazad) como quien sepulta bajo las sábanas un mal sueño, ignorando que quien sueña es la pesadilla. Trump encarna la demencia de la pureza, la locura de los filtradores, el horror de los que una y otra vez han fantaseado con el apartheid.

En estas cosas pensaba mientras miraba la trenza de serpientes verdes que, imponentes, reposaban bajo el cielo blanquiazul de Almaguer.

Almaguer (Cauca) en medio de la trenza de montañas. Viernes 3 de abril de 2026. Fotografía: Julián González.

Almaguer (Cauca) en medio de la trenza de montañas. Viernes 3 de abril de 2026. Fotografía: Julián González.

Imagen creada con Manus IA.

Imagen creada con Manus IA.

En agosto de este año el municipio cumplirá 475 años de fundación hispana, pero se sabe que en la región había pueblos de origen quechua o chibcha asentados: yanaconas y, quizás, quillacingas. En 1558 se reportó la presencia de 9.144 indígenas que tributaban en la región.

Hallazgos funerarios y petroglifos confirman el poblamiento indígena de este magnífico complejo montañoso.

Y durante las noches del 2 y 3 de abril, Almaguer me ilustró y me regaló una lección agridulce: la estela de sangre y muerte de la especie humana se salda en las culturas con toda clase de mezclas, hibridaciones y persistencias. Los muertos se enquistan en el cuerpo y en los actos de los sobrevivientes, y ningún pueblo, ninguna nación, ningún vencedor consigue arrasar con todo. El legado de los vencidos jamás se extingue completamente. Espejea en los vivos, en sus gestos, acciones y palabras. Basta con mirar sus rostros, observar las artes y técnicas con que amasan arepas y tallan maderas. Al apreciar las calles que reptan y al escuchar las voces que parlotean, hay un habla antigua que persiste. Al notar el estilo de las marchas y los pasos, hay un cuerpo milenario que se encarama en los pasos vacilantes de la niña de tres años. Al apreciar las luces y colores de dos noches de procesiones de Semana Santa, entiendes que aquí, allá y más allá, la cruz católica se hizo amalgama, y el rito cristiano negoció y transó, y sigue negociando, con impulsos y fuerzas que el Vaticano no controla ni domina. Y como no puede controlarlos, el gobierno de la Iglesia católica terminó cediendo y haciéndose más o menos ecuménico, más poroso, más flexible, menos sectario, aunque cada tanto tiempo surja un Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) con ganas de purificarlo todo y volver a la ortodoxia, a la misa en latín y a unos ritos que algún papa conservador instauró doscientos o mil años atrás.

Esas noches en Almaguer, viendo las procesiones de Jueves y Viernes Santo, entendí que hasta un rito reglado y minuciosamente programado como este es inevitablemente pagano y mestizo, está trenzado y anudado a un largo pasado indígena, indivisible y persistente, como el arremolinado paisaje de montañas de Almaguer en el que cielo y suelo se funden hasta hacerse indistinguibles en el lejano horizonte. En las procesiones, el legado de millones de muertos está vivo entre las sombras, en los cuerpos, en las andas, en las fachadas de las casas y en los adoquines de las calles, en la oscuridad que acentúa el resplandor de las velas. En el ritmo de los rezos y el coro de voces. En las risas apagadas de quienes, a pesar de la solemnidad del rito, se coquetean y recuerdan que apenas anoche estuvieron batiéndose a besos en la cama o en la esquina.

Allí, en todas partes, están las huellas del mundo indígena que desprecia Paloma Valencia, la candidata de derechas en las elecciones de 2026.

Y está, por supuesto, en Rocío, la amada.

Postales de la persistencia

Almaguer, abril 2 y 3 de 2026. Procesión de Jueves y Viernes Santo. Fotografías: Julián González.

Almaguer, abril 2 y 3 de 2026. Procesión de Jueves y Viernes Santo. Fotografías: Julián González.

Interior Iglesia de Nuestra Señora de los Milagros, Almaguer (Cauca), viernes 3 de abril de 2026. Fotografía: Julián González

Interior Iglesia de Nuestra Señora de los Milagros, Almaguer (Cauca), viernes 3 de abril de 2026. Fotografía: Julián González

Rocío, la amada. Almaguer, 2 de abril de 2026. Fotografía: Julián González.

Rocío, la amada. Almaguer, 2 de abril de 2026. Fotografía: Julián González.

Crucificción. Cerro Belén, Almaguer (Cauca), viernes 3 de abril de 2026. Fotografía: Julián González.

Crucificción. Cerro Belén, Almaguer (Cauca), viernes 3 de abril de 2026. Fotografía: Julián González.

El sábado 4 de abril, de regreso a Popayán, hicimos una parada ritual para echarle un vistazo final a las serpientes, esos monumentos naturales a la persistencia telúrica de los pueblos indígenas del macizo colombiano.

No hay derrota que dure para siempre.

El horizonte de la persistencia. Sábado 4 de abril de 2026. Fotografía: Julián González

El horizonte de la persistencia. Sábado 4 de abril de 2026. Fotografía: Julián González

[1] En el Nudo de los Pastos, la cordillera de los Andes se bifurca en la Central y la Occidental. Desde allí derivan La Verrugosa del Pacífico y la Rabo de Ají de los Andes, o, si prefieren, la cordillera Brazo Marino y la Entrerríos.

[2] Algunas estimaciones indican que hacia 1500 la población indígena en lo que hoy corresponde a Colombia era de seis millones de personas. Cincuenta años después del comienzo de la Conquista Española, había descendido a 600 mil. Medio siglo bastó para que nueve de cada diez indígenas murieran por la violencia, la esclavitud o las epidemias trasatlánticas. Solo en 2023, medio milenio después, la población indígena en Colombia alcanzó de nuevo la cifra prehispánica: seis millones de personas.


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